Tabla de Contenido

La Lengua de puerto Rico

La lengua de nuestro pueblo

La lucha por la lengua

Puerto Rico:frontera linguística

La confución

Historia, cultura y lengua

El Dr. Manuel Alvarez Nazario

El contacto cultural con los Esatdos Unidos.

¿Erosión o enrequecimiento?

El futuro de la lengua en Puerto Rico

Usos pronominales

Usos verbales

Rasgos fonéticos

Indegenismos y africanismos

Anglicismos

Presente y futuro de la lengua en Puerto Rico

Notas sobre la lengua en Puerto Rico

1. Usos y abusos de al lengua

2. Sobre la poesía

3. Confusión de la confusiones

4. El cultivo de la lengua

5. La punta de la lengua

6. Lengua e identidad




II. LA LENGUA DE PUERTO RICO



La lengua de nuestro pueblo



No se ponía el sol en el Imperio español; tampoco sobre su lengua, nuestra lengua, que, como un río caudaloso, fue arrastrando consigo árboles, flores, frutas, aves de todos los plumajes, nombres de sitios que habían permanecido ignorados, lugares que habían estado escondidos a los ojos y oídos del mundo por milenios.
Nadie hizo con tanta geografía tantas cosas en tan poco tiempo. Donde quiera que había un río se le adornó la boca con una ciudad. Donde quiera que había un valle acogedor se levantó un pueblo; y para desafiar climas ardientes se coronaron los altos montes de torres de iglesias y torreones de palacios y fortalezas: La Paz, Bogotá, Caracas, Ciudad de México, San José, Asunción.
Algunas se bautizaron con nombres de santos, y casi se agotaba el santoral. Bajando desde el norte hallamos San Francisco, Los Ángeles, San Diego, Sacramento, Santa Cruz, Corpus Christi, Santo Domingo, San Juan, y por la preferencia por el santo de la Reconquista, Santiago de Lima, Santiago de Chile, Santiago de Cuba, Santiago de los Caballeros.
A otras se les guardó su nombre indígena, México, Caracas, Bogotá. En otras se dejó el nombre a la imaginación: Montevideo, Valparaíso. Los nombres de provincias y ciudades españolas se multiplicaron por todo el continente: Guadalajara, Trujillo, Nueva Granada, Valencia, Córdoba, Castilla de Oro.
Esa manera de bautizar fue general y aquí en nuestro propio distrito podemos observar el mismo patrón: Mayagüez, del taíno; Sabana Grande y Cabo Rojo, que obedecieron a la geografía; San Sebastián, San Juan y San Germán que también se apellidó la Nueva Salamanca. Y es así como desde el comienzo y palabra por palabra nos identificamos con una geografía enorme, con una historia increíble, con una lengua inmortal.
El lenguaje nos es tan natural como la respiración. Sentimos su falta cuando se enrarece o se contamina.
Aquella frase de Luis Muñoz Marín en su "Discurso de Agapito", seguirá resonando en los oídos de futuras generaciones como resuenan todavía en los nuestros tantas palabras patricias del siglo XIX: "La lengua es la respiración del espíritu."
La historia nos hace la cultura y la cultura y la lengua caminan siempre cogidas de la mano. La corrupción de la una trae consigo inevitablemente la corrupción de la otra, por contagio.
Sólo un ejemplo quiero darles, que nos queda muy cerca: las Antillas Mayores. Cuando Inglaterra se lanza sobre América para destruir el Imperio Español, invadió Cuba y allí permaneció durante un año. Tomó a Puerto Rico pero tuvo que salir pronto hostigada por las enfermedades y las milicias. Pero conquistó Jamaica, y se quedó en Jamaica.
Resultado: existen marcadas similaridades entre Cuba y Puerto Rico, similaridades culturales, lingüísticas y raciales, lo que llevó a Muñoz Marín, con su precisión para encapsular una idea en pocas palabras, a decir: "El cubano es un puertorriqueño alegre. El puertorriqueño es un cubano triste." Y a nuestra Lola a decir "Cuba y Puerto Rico son, de un pájaro las dos alas..."
En cambio tenemos muy poco en común con Jamaica. Racialmente, Jamaica es un pueblo negro. Culturalmente, es una mezcla de costumbres inglesas y africanas. Lingüísticamente, habla un inglés desvencijado. Históricamente, está desconectada de la historia y la cultura hispánica del continente. Para cualquier país de nuestra América, los nombres de Bolívar, San Martín, Juárez, Hostos, Martí, se sienten como cosa propia. Y lo mismo podemos decir de los intelectuales. Desde Sor Juana Inés de la Cruz hasta Neruda pasando por Darío; desde Güiraldes y Gallegos a García Márquez y Vargas Llosa, hay un mundo literario y artístico del cual formamos parte.
Traigo esto a colación porque guarda estrecha relación con los dos choques culturales que han afectado a Puerto Rico y que han servido para determinar lo que éramos ayer, lo que somos hoy, lo que podamos llegar a ser mañana.
El primer choque es el de la cultura y la raza española con la cultura y la raza indígena. Esta cultura no tenía con qué resistir. Físicamente era una raza endeble. Aquí no había qué comer. De los 250 productos que se producen en América, doscientos los trajeron los españoles. Y culturalmente vivían en la edad de piedra. La cultura indígena se disolvió en la cultura hispánica. En una generación el indio ya usaba pantalón y zapatos. Habían aceptado el nuevo Dios que traía un evangelio de amor. Y en poco tiempo aquí sólo se hablaba español.
Quedan de aquella cultura los nombres de sitios y lugares: los nombres de algunos utensilios, el güiro, la maraca, el tigüero; los nombres de los árboles y frutos autóctonos: MAMEY, GUAMÁ, GUAYABA, GUANÁBANA; CAOBA, CEIBA, GUAYACÁN; y YUCA, MALANGA, YAUTÍA.
En una lengua como el español, que recoge como 100,000 voces en el diccionario, y tiene un número tres o cuatro veces mayor sin recoger, la presencia de unos cuantos centenares de voces indígenas es muestra palpable de que fue imperceptible el influjo cultural del vencido sobre el vencedor.
Es otra la historia del choque cultural del 98. Aquí había una civilización más rezagada que la del invasor. Pero había una cultura más recia y una lengua más resistente. Por eso casi un siglo después, la cultura y la lengua han resistido.
Pero, como decía, la historia nos hace la cultura. Y en estos ochenta y cuatro años se han producido intrusiones que, para bien y para mal, nos han marcado con el sello inconfundible de la metrópoli: en la arquitectura; en el derecho por influencia del derecho común inglés; en el juego político tan superficialmente democratizado que hasta hemos copiado las carnavalescas asambleas para la nominación de candidatos; en la vida social, en la que vemos deshilachándose el entretejido de la vida familiar que ha sido uno de los secretos de la solidaridad del grupo; y en la lengua, que está sufriendo la intrusión demasiado rápida del anglicismo, que empezó forzadamente en la escuela y ha continuado en los negocios y en las últimas décadas en la industria.
El anglicismo puede ser enriquecedor cuando viene a llenar un vacío, a suplir una deficiencia expresiva. Pero es contaminante cuando es innecesario y viene a sustituir una palabra adecuada. Es contaminante y peligroso, porque una excesiva proliferación de palabras extrañas nos aparta de la lengua general.
Esa lengua hay que guardarla. Si se pierde, se pierde con ella la cultura, el vínculo que nos une a una gran historia, a una de las grandes culturas que ha producido la humanidad, y a un posible futuro de grandeza. Si se desfigura la lengua, si se convierte en dialecto, pasaremos de isla geográfica a islote culturalmente deshabitado, y este pueblo se convertiría en mero material etnográfico, masa amorfa, peonada y factoría.
Afirma Álvarez Nazario que a lo largo del siglo XVI arriban a nuestras playas alrededor de un 40% de andaluces, 16% de extremeños, 13% de leoneses, 24% de castellanos.(1) Este transplante de españoles explica el meridionalismo dialectal hispánico que dominaría desde el siglo XVI la naciente sociedad puertorriqueña. A ese influjo se sumará más tarde la inmigración canaria, ya moldeada su lengua por la influencia andaluza.
El castellano, a su vez, estaba matizado de regionalismos y dialectalismos mozárabes, andalucismos, aragonesismos y catalanismos, y términos portugueses y marineros. La conquista de América es un crisol de lenguas peninsulares que aquí se va a engrosar con indigenismos.
Después de los primeros tres siglos, desde la Cédula de Gracias de 1815 que permite la libre entrada de extranjeros, y de las inmigraciones motivadas por las guerras de la Independencia, Puerto Rico recibe la influencia de venezolanismos, dominicanismos, y de galicismos que se formaron por el contacto con los numerosos corsos que inmigraron en Puerto Rico.
No es pues de extrañar que si vamos a Madrid nos sorprenda, como se sorprenden los castellanos, de que se llamen las mismas cosas de diferente manera. Y lo mismo si vamos a Caracas o a México o a Lima. Cada pueblo ha ido forjando su lengua de acuerdo con el predominio de las diferentes variantes del español peninsular que hablaban los primitivos colonos y según se sobreimponían esas lenguas sobre diferentes sustratos indígenas. Pero lo importante es que a pesar de esa diversidad la lengua española ha mantenido una unidad sorprendente: las convergencias eran, y son, más copiosas que las divergencias. Otras lenguas de fonética y ortografía difícil se descomponen rápidamente en dialectos. La sencillez fonética del español ha impedido ese desastre. Y esa es una de las glorias de nuestra cultura.
Y en esta lengua ¿qué es lo nuestro? Lo autóctono, lo que queda de la lengua primigenia, muy poco: nombres de algunos ríos, algunos sitios, algunos pueblos; el río Guanajibo, Cupey Bajo, Cayey, Guayama, Mayagüez. Los nombres de árboles y plantas: CAOBA, GUAYACÁN, HÚCAR, Y YAGRUMO, TABONUCO, AUSUBO, MAMEY, GUANÁBANA, GUAMÁ, YAUTÍA, YUCA, HICACO. De animales, como HICOTEA, IGUANA, JUTÍA. Los nombres de cosas y utensilios: BOHÍO, BATEY, CONUCO, HAMACA, y algunas derivadas de la ordenación social como CACIQUE, BOHIQUE.
La hinchazón de un pseudonacionalismo particularista llevó a creer que podían surgir en América tantas lenguas nacionales como naciones, idea pequeña que alimentó el entusiasmo de sus adeptos y llenó de inquietud a sus opositores. Tal separatismo lingüístico haría tanto daño a la cultura continental como antes nos hizo a todos el desmembramiento de la unidad política.
Mal le puede servir a su nación quien por buscarle la cuestionable gloria de forjar una lengua propia la repliega sobre sí misma como un caracol y acaba por aislarla de su mundo.
La aspiración estaba condenada al fracaso y hoy tiene menos partidarios que el esperanto. Seguirán naciendo y muriendo palabras todos los días, pero la lengua misma desarrolla una alergia contra lo que es contrario a su naturaleza, a su constitución, a su manera de ser y conducirse.
Esa similaridad de nuestro pueblo con el mundo hispánico se nos va imponiendo gradualmente sin darnos cuenta.
Podemos empezar por los nombres de las calles. En multitud de pueblos en el enorme territorio que ocupamos en España y las dos Américas, no será extraño encontrar otra calle de la Luna, otra calle del Sol, y del Comercio y luego, unas calles o sectores con nombres de santos, como aquí San Sebastián, o nombres más descriptivos como El Bosque. Pero no en todas partes hallaremos una calle del Río, y menos una Cuesta del Viento.
En algún momento deben surgir de estos lares los cuentistas, los novelistas que traten estos lugares, estos nombres, con la fruición que encontramos en tantos grandes escritores españoles, como Azorín, Unamuno, Valle -Inclán. Los nombres de nuestros barrios, por ejemplo, tienen un sabor a trópico, a autoctonía americana, que invita a poetizar: El Guamá, Cotuí, Maresúa, Rosario Alto, Rosario Peñón.
Con amor tienen que haberse escogido los nombres de las fincas y las haciendas, que también son una invitación a romantizar. La Encarnación, La Constancia, Belvedere, Eureka, La Montalva, Filial Amor, el Coto...
Cuando volvemos la vista hacia el pasado esos nombres se nos amontonan, y se repasan en la memoria como si fuesen viejos retratos que llevamos en nuestro afecto como en un álbum.
En mis largos años fuera de mi tierra encontré mucha gente de muchas tierras, y el argentino me hablaba de su pampa con acento de tango, y el venezolano de su llano ardiente como un joropo; yo les hablaba de mi bajura cálida como una plena o de mi altura, melancólica como una décima.
Quien quiera escribir de San Germán tiene que empezar por llenarse los ojos de paisaje y los oídos de palabras. Cada palabra, como dice Herder, es un poema.



1 Álvarez Nazario, "Andalucismo del español sembrado en Puerto Rico", Boletín de la Academia de la Lengua Española, Vol. V2, p. 35.



La lucha por la lengua



Las gentes de nuestra lengua que sólo nos han conocido durante largos años por referencias y que nos visitan por primera vez se sorprenden cuando llegan a Puerto Rico de dos maneras, dependiendo de las ideas preconcebidas que ya se habían formado sobre nosotros.
Unos se sorprenden por lo que creen excesivo influjo del inglés, del cual apenas nos damos cuenta, como no nos damos cuenta de cómo se le acentúan las arrugas a la mujer que se mira al espejo todos los días durante muchos años; y otros se sorprenden, habiendo llegado con la idea de que este pueblo ha sido totalmente absorbido, de lo que consideran un fenómeno extraño de resistencia cultural y lingüística. Así lo entiende, por ejemplo, don Samuel Gili Gaya cuando en su libro La lengua materna afirma que "en general, los puertorriqueños se atienen bien a la tradición del idioma;" añadiendo que, "no ocurre lo mismo entre personas poco instruidas de numerosos países hispánicos, entre ellos España, si bien se registran en todas partes preferencias locales y personales."
La sorpresa de aquellos que nos visitan por primera vez es explicable porque las dos características apuntadas coexisten simultáneamente en Puerto Rico. No nos damos cuenta de los daños que va sufriendo la lengua, no solamente por la intrusión demasiado rápida del anglicismo y del calco, muchas veces innecesarios, sino por lo que es peor, las transformaciones graduales y para nosotros imperceptibles que se van produciendo en la sintaxis. Pero por otra parte yo creo que ningún grupo social que haya sufrido los intentos de penetración consciente, los esfuerzos de transculturación preconcebida y dirigida que ha sufrido Puerto Rico, haya podido demostrar mayor resistencia y una voluntad más firme de defender esos dos derechos, tan inalienables como el derecho a la libertad y el derecho a la vida, que son el derecho a la identidad y el derecho a la continuidad.
El drama sordo y soterrado que ha vivido Puerto Rico durante los últimos 70 años de su historia ameritaría por sí sólo un libro bien documentado. Pero a veces sobre un detalle puede construirse toda una explicación como puede un científico que encuentra un hueso en el desierto construir sobre él el esqueleto de un dinosaurio. Tal vez puede servir de explicación a algunos de los lexicógrafos y académicos que por primera vez nos visitan y también a muchos jóvenes puertorriqueños para los cuales 70 años es un lapso prolongadísimo de tiempo esto que voy a decirles y que pueden leer en el libro de Pedro A. Cebollero titulado La política lingüístico-escolar de Puerto Rico, publicado hace más de 20 años.
Cuando se produce en Puerto Rico el cambio político de 1898, que unos aquí llaman cambio de soberanía y otros llaman la invasión, Puerto Rico (a pesar de que su desarrollo como pueblo con conciencia de sí mismo es un producto del siglo XIX) ya había dado a las letras nombres como Alejandro Tapia, Alejandrina Benítez, Lola Tió, Gautier Benítez, José Gualberto Padilla, Baldorioty de Castro, Ramón Emeterio Betances, Salvador Brau, Manuel Zeno Gandía, Luis Muñoz Rivera, Eugenio María de Hostos y otros tantos más.
Pues bien, pisándole los talones a las tropas expedicionarias llegaron un día los señores Eaton y Clark con la misión de organizar un nuevo sistema de instrucción pública. El primer Comisionado de Instrucción fue Victor S. Clark, nombrado por el Presidente de los Estados Unidos del cual ha recibido la orden de iniciar un proceso asimilativo. El Dr. Clark está convencido de que los puertorriqueños no poseen una conciencia nacional ni conocen adecuadamente el español. Estas circunstancias, cree, hacen recomendable educarle directamente en inglés.
Este fue el hombre que echó los cimientos de la nueva estructura educativa. Y luego de él llegó Martin Brumbaugh. Y Brumbaugh, como otros que le siguieron, trató de implantar en la escuela pública de Puerto Rico la enseñanza de todas las materias en el idioma inglés desde los primeros grados. ¿Con quiénes se cuenta para hacerlo? Con algunos maestros importados y con unos centenares de puertorriqueños improvisados en maestros en cursillos especiales para ese fin.
Y dice Martin Brumbaugh, quien ya por lo menos había entendido que era necesario conservar el español primero y adquirir el inglés después, lo siguiente en su informe al Presidente en 1904: "Los supervisores y maestros de inglés eran ex-soldados, ex-carreteros, ex-empacadores y otras personas de ocupaciones similares." Y añade: "Ninguno de ellos sabía español y algunos sabían poco inglés."
Desde ese primer animal que les he citado, nuestra pedagogía ofrece un largo catálogo de personas que habrían estado mejor colocadas en un catálogo de zoología. Naturalmente, esto provoca en la isla una resistencia implacable, muestra de la cual puede hallarse en los escritos de todos los que tuvieron un átomo de conciencia histórica en Puerto Rico.
Fue el Comisionado Dr. José Padín el primero que, en la década del 30, protestó y trató de transformar el sistema. Y así continúa este proceso hasta 1950. Y yo, que he visto muchos momentos dramáticos de la historia de Puerto Rico, puedo decirles que el momento de mayor emoción colectiva que he presenciado fue el día que don Mariano Villaronga -recién confirmado como Secretario de Instrucción por el primer gobernador electo por los puertorriqueños, don Luis Muñoz Marín- dijo en una asamblea numerosísima de la Asociación de Maestros estas palabras: "Desde este momento el vernáculo es el idioma de la enseñanza en Puerto Rico."
Los maestros, los que tuvieron que sufrir durante tantos años la lucha titánica de enseñar en lengua que no era la propia, a niños que no entendían la lengua intrusa, se levantaron sobre sus asientos, se abrazaron, rugieron, lloraron... En este cuadro creo que echamos un poco de luz sobre esas dos sorpresas de que hablaba al principio: el porqué de ciertas transformaciones lingüísticas que tienden a apartarnos de la lengua general y el porqué de esa resistencia que todavía mantiene nuestra lengua atada, y quiero creer que indisolublemente, a ese caudal de historia, de emoción y de cultura que es esta lengua española, instrumento de unión, de comunión, de comunicación con dos continentes y con 20 pueblos y que es, además, una de las grandes lenguas, una de las grandes avenidas para entrar con pie firme en la cultura universal.
Como resultado de esa política proseguida en el país durante 50 años, y que por desgracia, y con una inconciencia cultural suicida, se prosigue aún en muchas de las escuelas privadas, una parte considerable de los puertorriqueños hablamos un español que más parece una lengua adquirida, sin la espontaneidad, la fluidez y los matices propios de otras regiones de nuestra habla que no han sufrido esas lamentables interferencias lingüísticas.
He creído oportuno ofrecerles este cuadro indispensable para entender algunos de los problemas de la lengua en Puerto Rico. Pero me consta que los problemas de la lengua no son exclusivamente nuestros. En unos pueblos existen los problemas que genera la concentración en las grandes ciudades de grandes núcleos de población, que traen consigo vocablos y modismos de sus provincias y de países extranjeros. En otros pueblos existen numerosas poblaciones indígenas que aún no han podido incorporarse plenamente al caudal tumultuoso de la lengua general. Y en todas partes existe el problema del anglicismo, del calco y del neologismo que penetran, a veces con demasiada rapidez, la lengua común.
Existen frente a esos problemas criterios encontrados: liberales y conservadores, puristas y anarquistas. Si no existieran esos conflictos no habría razón importante ni para las Academias ni para los Congresos de Lexicografía. Pero la preocupación básica, fundamental, estoy seguro, es el propósito de contribuir a impedir la dispersión de este gran instrumento expresivo, la desfiguración, la dialectalización, la transformación en unas décadas o en unas generaciones de una gran lengua en un número de dialectos inservibles para los altos fines del futuro.
Pero estoy seguro también de que no nos asusta el cambio puesto que todos sabemos que los cambios son inevitables en la lengua y que las lenguas cambian más cuanto más viajan; y esta lengua española viene desde muy lejos en el tiempo y se ha extendido demasiado en el espacio.
Pero a pesar de ello, desde que se convierte en lengua de cultura en los siglos XII y XIII con el Cantar de Mio Cid, y con Las Siete Partidas de Alfonso el Sabio, hasta el día de hoy, es la que menos ha cambiado de las cinco grandes lenguas occidentales y tenemos la sensación de que seguimos hablando la misma lengua que hablaban los autores anónimos del Romancero. También la geografía le imprimió su sello. Se extendió por toda la Península, por el norte del Africa, por el sur de Italia, y después del Descubrimiento, por casi todas las islas del Atlántico y del Pacífico, por Norteamérica y Sudamérica desde Oregón hasta Chile, y desde la Luisiana, que entonces llegaba a la frontera del Canadá y desde las dos Floridas, hasta la Patagonia. Y en esa trayectoria, que convierte la historia en epopeya, se incorpora la lengua miles de vocablos indígenas, miles de acepciones nuevas.
No podemos tenerle miedo al cambio porque es inevitable y porque además es enriquecedor. A lo que sí debemos temerle, con un temor profundo, es a la dispersión, a la desnaturalización, porque entonces en vez de llegar a tener una lengua más rica, más amplia, más apta para la comunicación y la creación tendremos nuevamente muchas lenguas más pobres, más raquíticas y menos aptas para las grandes empresas de la historia.
Dio el español por un milagro de la Historia en la fonética más clara y más sencilla entre las grandes lenguas de la cultura occidental. Tal vez por eso resultara tan fácil convertir las mil lenguas que encuentran los españoles en América en una sola. Y tal vez por eso sea tan difícil desarraigarla de alguna tierra donde echó raíces.
Muy poco sufre la lengua española con la incorporación de miles de vocablos árabes. La estructura interna del español se mantiene incólume. Y en cambio la incorporación de tantas nuevas voces en siete siglos de lucha y de convivencia le dio a la lengua mayor movilidad y mayor carácter.
Y no solamente absorbimos muchos vocablos árabes en la lengua sino que los trasladamos a otras lenguas extranjeras. Y para designar al que dirige o manda tenemos además de 'caudillo', del latín; 'adalid', del árabe; 'cacique', del indio; 'jefe', del francés; y 'líder', del inglés. Son incontables también en la lengua las palabras de origen indígena que se incorporan en toda América a la lengua española, muchas de las cuales han sido acogidas en el Diccionario de la Lengua. Hay también miles de palabras de origen español o de invención hispánica con las que muchos de nuestros pueblos designan frutos, árboles y animales inexistentes en la geografía y en la lengua de los conquistadores y que era necesario nombrar. Miles de esos vocablos también han sido acogidos en el Diccionario de la Lengua.
Nosotros los puertorriqueños nos hemos sentido acomplejados con razón cuando abrimos el Diccionario y encontramos que hay profusión de voces de casi todos los países americanos y en cambio hasta 1914 solamente había ocho o diez voces puertorriqueñas y algunas adicionales en la edición de 1936. Hoy, por iniciativa de algunos de los miembros de la Academia Puertorriqueña de la Lengua, ya han sido aceptadas casi 300 voces adicionales de Puerto Rico y esperamos que se incorpore un mayor número de voces autóctonas nuestras al Diccionario que se va ampliando rápidamente al ir acogiendo más voces del mundo hispanoparlante. Hay razones importantes para que estas palabras nuestras, muchas de ellas de gran valor expresivo, muchas de ellas hermosas y enriquecedoras de nuestra lengua general, no hayan sido acogidas por el Diccionario de la Lengua. Y la explicación es ésta: en Puerto Rico no existía una Academia de la Lengua que pudiese comunicarse a tiempo con los organismos rectores del idioma.
Todo pueblo no sólo tiene derecho a seguir creando y recreando su lengua y recreándose en sus creaciones, sino que ha de hacerlo porque lo mandan las leyes internas, imperiosas del idioma a las cuales no podemos sustraernos. Pero a decir verdad, esas palabras, muchas de las cuales contribuirán a enriquecer el caudal ya inmensamente rico de la lengua general, no son tan numerosas como algunos han supuesto. Una parte considerable de las voces del magnífico Vocabulario de Puerto Rico de don Augusto Malaret, que realizó solo el trabajo de una academia en largos años de vigilia, son palabras que también se dicen en Cuba, en Santo Domingo, en Venezuela, en Méjico, en Chile, en Argentina. Y cuando Rubén del Rosario publicó hace pocos años su Vocabulario puertorriqueño después de más de 30 años de estudios e investigaciones, nos encontramos con unas mil palabras de las cuales, si extraemos los toponímicos, las palabras que sólo tienen, para diferenciarse como puertorriqueñas, el defecto de que están mal pronunciadas y mal escritas, y si extraemos también las palabras que, a pesar de su intención de recoger sólo voces autóctonas, se dicen también en diversos países de América, nos encontramos con que en ese vocabulario apenas hay 200 ó 300 palabras que pueden considerarse auténticamente nuestras. Y de esas palabras, algunas son de extraordinario valor expresivo, aparte del valor sentimental y de la carga semántica que tienen para nosotros, y otras son palabras deleznables que surgen en el lenguaje adolescente cada nueva generación y en una generación han desaparecido de la lengua.
No sé cuántas de esas palabras puedan ir a parar definitivamente al Diccionario General de la Lengua o cuántas ameriten ser recogidas en catálogos de provincianismos o americanismos. Pero cualquier escritor nuestro dejará de tener acento propio si en su obra no pululan algunas de esas palabras tan cargadas para nosotros de significado: unas de origen indígena, otras de origen africano, y otras buenos neologismos de invención anónima pero que están en nuestra lengua para quedarse. Les voy a recordar nada más que algunas de esas palabras de origen negroide, muchas de las cuales tal vez se repitan en los pueblos limítrofes, pero que para nosotros están cargadas de sentido: BEMBE, JURUTUNGO, QUIMBOMBÓ, CHAMALUCO, MAFAFO, MALANGO, BOMBA, BAMBULÉ, MARIANDÁ, GUATEQUE, BACHATA, TITINGÓ, MOFONGO, GUNGULÉN, BONGÓ, MARIMBÓ, CHANGO, GUACHINANGO. No veo ni siquiera cómo puede escribirse un tratado de política puertorriqueña si nos faltan las palabras BURUNDANGA, ÑOCO, ÑEÑEÑÉ ÑÉNGUERE y ÑANGOTAO.
Y sin palabras como éstas que les voy a recordar, difícilmente pueda nadie escribir una décima de sabor criollo: MAVÍ, BILÍ, PITORRO, CUCHIFRITO, ALCAPURRIA, SORULLO, GANDINGA, MONDONGO, ASOPAO, TEMBLEQUE, BIENMESABE, CORAZÓN, PIÑA, CAIMITO, MANGÓ, GUAMÁ, MAMEY, GUINEO, GUANÁBANA, AUSUBO, ACEITILLO, TABONUCO, GUAYACÁN, YAGRUMO, HIGUEY, CANEY, BATEY, CATEY, CANAGUEY, COCUYO, CUCUBANO, PITIRRE, GUARAGUAO.
Y, amigos míos, sin Arecibo, sin Humacao, sin Guánica, sin Caguas, sin Canóvanas, sin Guayama, sin Guanajibo, sin Mayagüez, sin esos nombres no habría Borinquen ni habría Boriquén.
Me decía en una ocasión mi estimado amigo, el novelista Enrique Laguerre, que "el que no puede nombrar no puede escribir". Hay que nombrar las cosas. Así las incorporamos a nuestro ser. Hay que nombrar las ideas abstractas, hay que nombrar los estados de ánimo, hay que nombrar los sentimientos y las pasiones y las emociones. Y por ello tengo el ánimo abierto a recoger, de donde quiera que me llegue, una palabra más propia, más expresiva, más precisa, más noble, más poética que las existentes e incorporarla a mi lengua sin vacilación, a mi caudal expresivo, que por más que quiera, a lo largo de mi vida, sólo podrá adueñarse de una parte de ese caudal enormemente rico que es la lengua española.
Y finalmente sobre el anglicismo sólo quiero decir dos palabras. Tampoco le temo al anglicismo. La lengua española es tan fuerte, tan absorbente, que seguirá recogiendo de todas las lenguas con las que venga en contacto, todo cuanto pueda enriquecerla como lo hizo antes y como lo seguirá haciendo en el futuro. Algunas de esas palabras que nos llegan del inglés han sido aceptadas por la Academia Española. Y otras muchas lo serán en el futuro. Y digan lo que quieran los puristas o los conservadores no hay mejores palabras en nuestra lengua para decir CONTROL, AGENDA, PIQUETE, COMPLEJO, ESTÁNDAR, RÉCORD, RANGO, REPORTERO, RÁQUET, RADAR, LÍDER, MÍTÍN, PARQUEO, CHEQUEO, CORPORACIÓN. Algunas de estas palabras han sido admitidas, otras no. Pero estas palabras no dañan la lengua, la enriquecen. El peligro no está en la incorporación gradual de anglicismos necesarios. Está en el uso de la acepción inglesa de palabras españolas como, por ejemplo, 'contemplar', que en español es mirar con atención, para decir proyectar o planear; o 'animosidad', que en español es ánimo, para decir lo que en inglés resulta ser mala voluntad o antipatía; o 'fatalidad' para decir 'fatality', lo que en inglés quiere decir muerto. Cualquier día nos oiremos diciendo 'casualidad' para decir 'casualty', que en inglés quiere decir herido. El peligro está en el uso abusivo del gerundio en relación con el verbo ser, tan ajeno al genio de la lengua española. El peligro está en el uso indiscriminado del pronombre 'yo'. El peligro está en la intrusión demasiado rápida de vocablos ingleses y en que esa intrusión se produzca en algunos países y en otros no, porque aparta a unos y otros de la lengua general. Y el peligro está también en la incorporación de formas sintácticas ajenas totalmente al genio del idioma. De cualquier manera hay que evitar que acabemos hablando inglés con palabras españolas. O español con palabras inglesas. Ni espanglish ni inglañol: o acabaremos convertidos en ameriqueños o portorricanos.
Hace pocos días decía una distinguida personalidad por televisión: "Vamos a llamar la sesión terminada", traduciendo "Let's call the meeting to an end". Hace pocos días me decía una secretaria cuando procuré por teléfono a un amigo, que el señor no estaba, que él "me llamaría pa'trás". Y me decía otro buen amigo que había que escribir algo que tuviera un buen "responso". A lo que no pude menos que contestarle "Gory, Gory".
Hace algún tiempo ese gran escritor que fue Alfonso Reyes escribió estas palabras angustiadas: "Nuestra lengua se pudre por los extremos". Se pudre allá en las Filipinas, donde tuvo éxito lo que intentó y no se logró en Puerto Rico y allí ya no se habla bien ni el inglés, ni el español, ni el tagalo. Se pudre en los muelles de Buenos Aires donde el lunfardo ha pasado profusamente a la lengua argentina centenares de vocablos irreconocibles para el resto de América. Sólo un ejemplo les voy a dar de un poeta festivo que se firma Yacaré:


Cayó una gabionada de chirusas,
Algunas papas, otras bien fuleras,
Dando dique con pilchas domingueras
A unos cuantos pangrullos contemusas.


Se pudre en la frontera nuevo-mejicana donde, como dice H. L. Mencken en su obra The American Language, dos nuevo-mejicanos se saludan con esta joya de la burundanga lingüística: "¡Hola, amigo! ¿Cómo le how do you dea?" "Voy very welldiando, gracias".
La lengua se pudre en Puerto Rico donde la mayor parte de los memorandos oficiales interdepartamentales son magnífico ejemplo de cómo no debe escribirse el español. Se pudre en Brooklyn y en el Bronx y en Harlem donde ya los muchachos no juegan en el patio, juegan en la yarda, y la señora compra en la marqueta, y los jóvenes se reúnen en la corna, y las muchachas se solean en la rufa, y la familia va a Macy's a comprar la furnitura. La lengua se pudre en el bar, en la mesa de bridge, en el get-together, en el production line, en el conference room, donde técnicos sin lengua hacen alarde de una lengua profesional hermética tomada del inglés que les aniquila la expresión ágil y precisa tan necesaria para la creación y la comunicación. Y se pudre en el descuido de la calle o de la torpeza o de la ignorancia o hasta en la complacencia de los filólogos que se dejan atropellar por las supuestas leyes filológicas inexorables a las que otorgan autoridad irrevocable, olvidándose de que el porvenir de la lengua será lo que los hispano-parlantes querramos que sea y que es posible influir deliberadamente en el porvenir de cualquier idioma.



Puerto Rico: frontera lingüística



Tenía que ser un año bisiesto, y precisamente un 29 de febrero, para que yo me aventurase a aceptar la invitación para dictar una conferencia en la Universidad de Puerto Rico.
Pero una invitación amable e insistente como la que me hiciera el Profesor Casares, Director de la Escuela de Traductores, no debe rechazarse. Y aquí está pues a merced de ustedes, un escritor metido a conferenciante.
He escrito muchas veces sobre muchas cosas. Algunas veces me he sentido satisfecho de lo que he escrito. He hablado pocas veces de pocas cosas. Nunca me he sentido satisfecho de lo que he dicho. Pero como ante las cosas que están sucediendo en Puerto Rico el delito de callar es más grave que el delito de hablar mal; y como las avenidas para la expresión del pensamiento están bastante obstruidas, he tomado la decisión de que donde quiera que se presente una oportunidad de hablar he de aprovecharla. Hoy se me ofreció la oportunidad de hablar sobre la lengua y he de usarlas -la oportunidad y la lengua- aun a riesgo de que la lengua salga más estropeada que antes, y que la oportunidad me lleve a decir cosas inoportunas.
Y sin más circunloquios permítaseme entrar de lleno en el tema que nos ocupa esta tarde: la frontera lingüística. El tema tiene tantas ramificaciones que no es posible tratarlo con amplitud en una tarde a menos que nos quedemos en las ramas. Pero por alguna de esas ramas pretendo llegar a las raíces.
Empecemos por el principio. Y si en el principio fue el Verbo, la palabra, que es la razón, es razón de ser. Millones o miles de años, según si empezamos en la historia natural o en la historia sagrada, tardó el hombre en definirse a sí mismo como animal racional. Y los griegos, dotados como nadie, antes o después, para la invención, son los primeros que así entienden al hombre y así lo definen. En su lengua, pensamiento y palabra -logos- tienen originalmente una misma significación.
A veces pienso con angustia lo que habría sido este planeta si el hombre, dotado de razón, no hubiese podido desarrollar una lengua para expresar su pensamiento. Llevaríamos retratada en el rostro la angustia del orangután, que a veces, cuando nos mira en un parque zoológico, nos produce la sensación de que entiende, de que quisiera hablar, pero encerrado en su mutismo sólo puede hacer lo que en el hombre serían movimientos de desesperación.
Pues bien, todo creador de lengua -el poeta, el escritor, el traductor- con frecuencia imita, sin saberlo, la alteración del orangután. Me hablaba en una ocasión Gabriela Mistral de la lucha del hombre con la expresión. El mundo está ahí afuera esperando que lo nombren para cobrar vida. Pero hay también un mundo interior más difícil de designar. Y cuando escribimos, si tenemos un hondo sentido de la lengua, sabemos que la palabra que buscamos, existe, aunque de momento no la encontremos; o sabemos que existe una palabra mejor, más justa para decir lo que queremos decir. Y entonces el escritor se levanta, se pasea, fuma, se mesa los cabellos, suda y siente a veces que lo domina una angustiosa sensación de cansancio. Cuando al fin aparece la palabra buscada, el giro de lenguaje tan elusivo, la imagen retórica propicia, el escritor siente la placidez de la mujer que acaba de dar a luz; así de íntima es la relación que existe entre creación y procreación. Quien no ha sentido esa angustia de no poder expresar lo que quiere no sabe lo que es escribir.
Hay sin embargo quienes opinan que en el principio fue el gesto. Pero el gesto, a pesar de la riqueza expresiva que posee, era demasiado limitado. Y hubo que acompañarlo del sonido.
Apenas comenzamos a leer el Libro Sagrado nos encontramos con estos versículos:
19. Formados pues de la tierra todos los animales del campo y todas las
aves del cielo, los hizo Yahvé Dios desfilar ante el hombre para ver cómo los
llamaba, y para que el nombre de todos los seres vivientes fuese aquel que les
pusiera el hombre.
20. Así, pues, el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, y
a las aves del cielo, y a todas las bestias del campo...
(Génesis, cap. 2)

De entonces acá el hombre ha creado unos cuatro o cinco mil idiomas. Están vivas en este momento alrededor de dos mil quinientas lenguas. Y de esas lenguas, las primeras cuatro por el número de sus hablantes son el chino, el inglés, el ruso y el español. Ocupaba el español el cuarto lugar en 1953. Hoy, 20 años después, puede que esté en tercer lugar. Para fines de siglo sólo será superada por el chino, y será, por el número de sus hablantes, la primera lengua del mundo occidental. Poseer tan extraordinario instrumento de comunicación tiene que ser a un tiempo motivo de orgullo y de preocupación.
A la llegada de los españoles se hablaban en América más de mil lenguas. El hombre no podía entenderse con su hermano más allá del primer río o de la primera montaña; muchas de esas lenguas en estado primitivo apenas servían para los meros menesteres del diario existir; carecían de las palabras de la abstracción imprescindibles para filosofar.
Haber dotado a casi dos continentes de ese medio casi increíble de comunicación no es sólo un milagro sin parangón en la historia del mundo, sino el regalo mayor que tenemos que agradecer a España.
Si permitimos que esa gran lengua se fragmente, como se fragmentó antes la unidad política, acabaremos tan rezagados en la cultura como hemos venido a estar en el poder político y en el poder económico.
Claro que las lenguas cambian de muchas maneras diversas. Entre otras, cambian porque hay leyes internas que llevan a producir alteraciones fonéticas y significativas: la f que se convierte en h; la s que se aspira; la confusión de ciertos sonidos que llevan al lleísmo o al yeísmo; el seseo o ceceo; la aféresis, el apócope; pero lo que importa es que esos cambios se produzcan tan paulatinamente que no se pierda el sentimento de que seguimos hablando la misma lengua.
Aunque nos topemos en el Romancero o en el Quijote con formas verbales extrañas o con palabras hoy irreconocibles, tenemos la sensación de que seguimos hablando la misma lengua, de que la continuidad lingüística no se ha perdido. Aunque algún día tenga que morirse, un lenguaje se tiene para siempre.
Por esta gran lengua española nos sabemos parte de una historia mayor, de una cultura mayor, de un destino mayor. La historia se hizo. La cultura está haciéndose. El destino es la incógnita. Ese es nuestro drama. Y hay drama cuando no sabemos lo que va a ocurrir. Un destino puede realizarse, o puede frustrarse. Los que contribuyan en alguna forma a la dispersión, a la fragmentación de su lengua, están contribuyendo a la frustración de ese destino. Son culpables de un delito mayor contra la propia historia. El destino es la historia de mañana. Si es menor de lo que pudo haber sido lo que se deja atrás, más que una historia sería un asunto lamentable.
La resistencia en Puerto Rico a la desnaturalización de su lengua ha sido recia. No sería exagerado decir que ha sido heroica; que hay tanto heroísmo en el sacrificio lento y callado como en la sangre que se derrama con escándalo.
En la bien documentada tesis recién publicada por Aida Negrón de Montilla se puede ver con claridad meridiana el intento, o más bien atentado, que se quiso perpetrar en Puerto Rico para convertir todo un pueblo en mero material etnográfico. Para ello lo primero había de ser desvalorizar sus valores y suplantarles la lengua.
Por un lado se agigantaban los hechos históricos de los Estados Unidos y por otro se soslayaba o se desacreditaba lo nuestro. Los peregrinos aparecen ante nuestros ojos de niño como una legión de beatíficos colonizadores, con su babero blanco y su moral impoluta, que rezan todos los días al acostarse, al levantarse y antes de las comidas, y comen pavo con los indios en la misma mesa en una enternecedora fiesta de confraternidad.
Y mientras tanto, les puedo asegurar que la mayor parte de los alumnos que salían de nuestras escuelas lo único que sabían de su propia historia está comprimido en esta cápsula, que, repetida año por año, acabó por destruir en miles de jóvenes el orgullo de un pasado de incomparable grandeza: "Los españoles vinieron a buscar oro. Fueron crueles con los indios. Cuando se acabó el oro y habían exterminado a los indios, se dedicaron a la trata de esclavos." Y del heroísmo de la colonización de dos continentes... nada. Y de las Leyes de Indias, nada. Y de los misioneros, nada. Y de la Pax Hispanica, nada.
Se magnificaban las figuras ilustres de la historia americana, y se disminuían las nuestras. Se celebraron con bombos y platillos, y desfiles y fiestas las efemérides de los Estados Unidos. Y tal parecía que los puertorriqueños no teníamos nada que celebrar. La palabra clave de Puerto Rico ha sido la palabra resistencia y así se definen ya nuestros linderos. Desde ese momento en que se inicia la resistencia, la patria es la frontera. Se ha querido disminuir esa realidad llamándola de otras maneras. El eslabón de dos culturas. El puente de las Américas. Y ahora se quiere prestigiar con un Centro Norte Sur que tendrá todas las características del ombligo. Está bien situado pero no sirve para nada. Pero la frontera está aquí y la única manera de enfrentársele es entendiéndola.
Desde aquel momento empieza a funcionar en Puerto Rico lo que años más tarde ha venido a llamarse los reflejos condicionados de Pavlov. El premio al plegadizo, al que aprendió a adaptarse, al que se doblegó a servir de instrumento. Nunca en este país hubiesen llegado a ocupar posiciones de prestigio y de poder las mediocridades con título que tuvieron a su cargo la educación de nuestras juventudes y la dirección de nuestros quehaceres colectivos. Por el contrario, la gente de pensamiento claro y actitud levantada fue o perseguida o arrumbada. Por mucho tiempo se produjo una selección a la inversa. Las funestas consecuencias están a la vista.



La confusión


Un gran vate puertorriqueño -y vate es el que vaticina- Luis Palés Matos, nos dejó en verso para que no se olviden, las palabras "Puerto Rico, burundanga". Y en burundanga se ha convertido esta frontera: dos culturas, dos historias, dos lealtades, dos himnos, dos banderas. Celebramos el 4 de julio la independencia de Estados Unidos y el 25, el día de nuestra Constitución; que da la casualidad de que es también el día de Santiago, Patrón de España, y el día de la Invasión.
Celebramos un día de Lincoln para conmemorar la abolición de la esclavitud en Estados Unidos, donde no se ha abolido todavía, y un día de la Abolición para conmemorar la abolición de la esclavitud en Puerto Rico que ya estaba casi abolida antes de decretarse. Un día para Washington y otro para Muñoz Rivera. Según la nomenclatura de Ferré, uno es el padre de la nación y otro el padre de la patria. Un día de Christmas y un Día de Reyes. Un día de Thanksgiving para celebrar que los indios se conformaran con comer pavo en vez de comerse a los peregrinos y un día de la Raza que ahora se llama de Colón para que lo puedan usufructuar los ítalo-americanos. Un Memorial Day para rezarle a los muertos en inglés y un Día de los Muertos para rezarle a los muertos en español. Y un April Fool's Day que debía ser el Día del Asimilismo. Y un Día de los Inocentes que debe ser el Día de Nuestra Ingenuidad Nacional.
Decididamente en Puerto Rico lo único que está bien definido es la confusión. Y parte considerable de ese confusionismo nos viene en la lengua. Nadie se ha opuesto seriamente entre nosotros a la enseñanza del inglés. Poseer dos o más lenguas es abrir nuevas perspectivas a la cultura. Pero la enseñanza en inglés que duró en la escuela pública hasta el 1950, y que aún se perpetra en las escuelas privadas cada vez más numerosas, sólo ha servido para dificultar el aprendizaje, para hacer superficial la enseñanza, para limitar el conocimiento, para entorpecer la expresión, para oscurecer el pensamiento. No es fácil encontrar hombres de ideas claras. Con una lengua empobrecida sólo podemos producir ideas escuálidas.
El español por siglos ha sido un idioma fronterizo. Pero algo había en el nervio de esa lengua extraordinaria que asimiló todo cuanto encontró a su paso sin que sufriera cambios fundamentales. La estructura interna del español está prácticamente intacta desde que cuaja entre los siglos X y XV de nuestra Era.
Del godo sólo recibe el español nombres propios y términos guerreros.
Del griego las palabras de la filosofía y de la ciencia. Del latín no sólo la lengua del derecho y de la relación social: deriva del latín más del ochenta por ciento de las voces españolas.
Del francés absorbe algunas palabras en la Edad Media y más tarde, en los siglos XVIII y XIX por la inevitable influencia de la Ilustración, de las guerras napoleónicas, de la Revolución Francesa; de la literatura francesa que entra en un período de apogeo, por el flujo periódico de emigrantes políticos españoles que se refugian en Francia durante el azaroso siglo XlX español y por el espíritu receptivo de escritores e intelectuales que fueron tildados de afrancesados.
Se estima que hay en español unos cinco mil vocablos árabes. Este hecho le ha prestado cierto rasgo diferencial frente a las otras lenguas romances, pero son tan parte de la lengua como los vocablos que con anterioridad se tenían por castizos.
Hoy es el turno del inglés. Y ya son numerosas las voces inglesas que invaden los idiomas nacionales europeos -principalmente el alemán, el italiano, el español y el francés- y que están provocando en todas partes sentimientos de alarma y movimientos de resistencia. La alarma es mayor y más violenta en Francia. El francés empieza a perder su hegemonía que fue indisputable hasta después de la Primera Guerra Mundial.
Pero hay una gran diferencia en la actitud frente a la lengua inglesa de esos países, en los cuales la incorporación vertiginosa de anglicismos se produce por un accidente natural de la comunicación libre y de la fuerza expansiva del capital americano, y lo que sucede en nuestro ámbito.
La influencia del cine y la infinidad de procesos e instrumentos nuevos hace inevitable esa intrusión de vocablos. Por suerte, muchos de esos vocablos, aunque proceden del inglés, están acuñados con raíces griegas o latinas y pueden pasar sin dificultad a cualquier lengua romance. El anglicismo en ese caso es enriquecedor.
Otros son fácilmente traducibles a un término equivalente. Y también aumentan el caudal de la lengua receptora sin mengua de su limpieza de sangre. Otros pueden adaptarse, aprovechando la gran riqueza de sufijos y desinencias de las lenguas romances, con lo cual quedan asimilados sin violencia. A otros en ocasiones se les da un nombre nuevo en la lengua receptora por analogía.
Otros, no admiten esta clase de incorporación y se quedan flotando eternamente como anglicismos. No obtienen nunca carta de ciudadanía. Pueden ser útiles. A veces son imprescindibles. Pero todo calco que se aparta de las tendencias naturales de un idioma lo desfigura. Como el arsénico, por gotas, reconstituye. Por cucharadas, envenena.
Decíamos que hay gran diferencia entre la interdependencia de cualquiera de los grandes idiomas nacionales y lo que sucede en Puerto Rico. Aquí la frontera, que ha sido frontera de choque, se está convirtiendo en colonia lingüística.
Parte de la penetración lingüística en Puerto Rico es espontánea, como en todas partes. Pero la anglificación aquí ha sido principalmente inducida. Ha obedecido a una política preconcebida para propiciar la asimilación. Y la agravan la escuela privada, la incuria oficial, y la emigración masiva de ida y vuelta que incluye, desde el estudiante hasta el obrero, todas las capas de nuestra sociedad.
Fuimos por un tiempo frontera con el indio. Pero fue muy poco lo que quedó en nuestra lengua de esa confrontación. A diferencia de Méjico y Perú, que pudieron oponer al conquistador una cultura bastante desarrollada, los indios puertorriqueños, que según estudios antropológicos serios no eran más de quince o veinte mil, apenas contribuyen con algunos vocablos que aún quedan y que al poner a nuestra lengua su acento autóctono tienen para nosotros una explicable carga emocional. La mayor parte de esos vocablos se incorporan a la lengua sin chocar con nuestra fonética.
Fuimos más tarde frontera con el negro. La frontera la teníamos en la propia casa. Y al paso del tiempo, y a pesar de la diversa procedencia de los cargamentos humanos que desembarcaron en nuestras playas, ha sido mucho mayor el volumen de afronegrismos que se incorporan al caudal de nuestra lengua, y que le suman una rica veta rítmica. Algunos vinieron del carabalí, del bantú, del yoruba, del kikongo. No importa. Todo esto es hoy, ya, español. Algunas de esas voces han sido aceptadas. Otras lo serán. Pero la aceptación no da carta de ciudadanía. Y las palabras de buen cuño, fáciles de encajar en nuestra fonética, si no reciben la bendición académica, reciben o recibirán la de los poetas que son los pontífices máximos de la literatura. De darle alcurnia poética a las palabras del pueblo, a las palabras marginadas, se encargó Federico García Lorca en España. Y entre nosotros, Llorens, y después, Luis Palés Matos.
Y para que ustedes mismos decidan si caben o no caben en la lengua,
si deben o no tener cabida en el diccionario, oigan estas que transcribo:



gandul, gandinga, ganga,
gamba, gancho, gañán,
bomba, chumbo, bombarda,
pompa, pómulo, pan,
ten con ten, ñaque, honda.
pontífice, pontón,
tanto tonto sonámbulo,
tunda, tanda, bombón.


Esta última "estrofa" está formada con palabras de la última edición del Diccionario de la Real Academia Española.
Cada confrontación ha ido, pues, dejando en nuestra lengua su marca y su perfil. Pero ahora estamos en otra frontera. Y a pesar de nuestra resistencia tenaz de casi un siglo empezamos a tener motivos para inquietarnos. Porque aunque sabemos que la incorporación de nuevas voces enriquece, una inundación puede destruir una lengua.
En su sustanciosa, aunque breve obra Nuestra lengua materna, publicada por el Instituto de Cultura, afirma Samuel Gili Gaya que "la América Hispana tiene hoy más que nunca una sensibilidad muy despierta para la lengua común; el deseo de usarla en sus formas más nobles rebasa el círculo de los escritores y gramáticos profesionales..." Observa también que está agudizada en Puerto Rico la actitud defensiva, fundada en el supuesto de que hablamos un español averiado, lo cual puede ser saludable pero puede también crearnos un sentimiento de inferioridad que debe combatirse.
Totalmente de acuerdo. Cada parcela de la grande y noble lengua española seguirá inevitablemente creciendo y recreándose. Cada lengua tiene su lógica interna, su hondo y misterioso sentido. Nombrar nuevas cosas tiene la alegría de un bautizo. Hallar nuevas acepciones a viejos o a nuevos vocablos le da a la lengua un reverdecer de primavera. Las lenguas muertas, a pesar de su grandeza y de sus proezas -el griego, el latín- ya no pueden seguirse recreando: seguirán cumpliendo en el día de hoy su función creadora como almacén, o como cantera, desde donde las lenguas vivas seguirán rebuscando raíces para nombrar los nuevos descubrimientos, para encontrarle más hondos significados al habla, para propiciar el desarrollo de nuestro instrumento expresivo.
Sin embargo, no hay que confundir crecimiento y degradación. Cualquier palabra no adquiere derecho de existencia por el sólo hecho de haber nacido. Pero no es la Academia la que confiere la justificación de un vocablo. No se puede legislar sobre el derecho a la vida de las palabras que surgen. Es el cuerpo social mismo el que se ocupa de aplicar la pena de muerte a la palabra soez, contrahecha, que desfigura el habla; que la degenera o la degrada.
La mayor parte de las palabras nuevas nacen muertas o están condenadas a una vida efímera. La comunidad lingüística se encarga de aislarlas hasta que se acaban. En cambio, las que nacen llenas de gracia y vitalidad, aunque no sean hermosas, que en la lengua como en la vida tiene que haber de todo, no sólo permanecen sino que se extienden hasta los confines del mundo de nuestra cultura y nuestra lengua.
"La lingüística" -dice Gili Gaya- "ha pasado de ciencia natural a ciencia cultural y permite afirmar que el porvenir de las lenguas está en gran parte sujeto a la voluntad de los hombres cultos." Cita, para demostrarlo, cómo en Chile la literatura y la escuela han barrido el "voseo" entre la gente culta. Y si buscamos entre nosotros veremos como aquí, a pesar de sus limitaciones, nuestra escuela ha barrido prácticamente arcaísmos y pintoresquismos que denunciaban en el hablante su iliteracia o su aislamiento. ¿Quién dice ya 'asina', 'mesmo', 'trujo'? Y me atrevo a asegurar también que esa r velar que nos afea la lengua, y es uno de los pocos rasgos fonéticos que nos separan de la lengua general del mundo hispánico, puede corregirse en menos de una generación si se pone empeño en ello. Propongo pues una declaración de "guerra a la r". Y que se prohíba el armisticio hasta su rendición total.
Pero donde se da el problema grave, y creo que el profesor Gili Gaya ha sido más condescendiente que justo al valorarlo, es en la anglificación del español de Puerto Rico.
Estamos en una frontera y una frontera es siempre un sitio lleno de peligros. Junto al inmigrante de buena fe, al turista inofensivo, al viajante de negocios, entran el indeseable, el contrabandista, el traficante en drogas: la hez de la tierra.
En esta frontera lingüística, los aduaneros hace tiempo que se están haciendo de la vista gorda. Y yo les digo que hay palabras a las que hay que revocar el pasaporte. O que si se cuelan hay que deportarlas. Con una actitud de indiferencia ante el peligro no se podrá combatir el coloniaje lingüístico. El "a mí plin" no puede ser estandarte de nadie. Pero algunos van más lejos. Algunos creen que aquí no pasa nada y caen en una actitud fatalista de no intervención. Y otros con su asimilismo, parecen sentirse eufóricos con cada palabra nuestra que se repliega ante un anglicismo; con cada forma sintáctica que se desfigura. Algo les dice, intuitivamente, que en la lengua está la resistencia. Por eso quisieron suplantarla.
Pero algo nos dice la biología que debía ser dictado de conducta. Entenderlo nos evitaría pugnas suicidas.
El hombre tiene dos piernas y dos manos. Dos ojos y dos oídos. Dos riñones y dos pulmones. Algunos órganos no son imprescindibles. Algunos pueden seguir viviendo sin estómago. El corazón, ya lo hemos visto, puede transplantarse. Pero no tenemos más que un cerebro. Y en una boca no cabe más que una lengua. Y no admite transplantes.
No es capricho que lo más duro en el cuerpo humano sean los dientes. Defienden la lengua. Y no hay angustia mayor que la del hombre que sabe que quieren arrancársela. Hoy, más que ayer, la defenderemos con uñas y dientes.
Dice el francés Georges Weill en su obra La Europa del siglo XlX y la idea de nacionalidad:
En el siglo XIX había lenguas ilustradas por un pasado glorioso, por una gran literatura escrita que no cesaba de producir obras nuevas; y otras lenguas, habladas únicamente por personas de las clases bajas, que no tenían ya monumentos escritos. Lenguas descompuestas en dialectos o en jergas campesinas. Lenguas nobles y lenguas siervas: estas últimas eran el testimonio de las nacionalidades vencidas.
Si el español de Puerto Rico ha de convertirse en una lengua sierva, o si podemos impedirlo, dependerá de que nos dispongamos deliberadamente a influir en su destino.
La frontera de nuestra lengua no está en los muelles o en los aeropuertos; es una frontera difusa. Está en todas partes. Está en la mesa de bridge, en el beauty parlor, en el tribunal de justicia, en el conference room del banco o del bufete; en la cátedra de medicina y de ingeniería; en las oficinas públicas; en las fábricas y negocios; en las escuelas, en las universidades; en las calles de Nueva York, de Boston, de Chicago, de Pennsylvania; en los campos de remolacha o de tomates adonde van por miles nuestros braceros.
No he de detenerme en la enumeración prolija de voces o giros o formas sintácticas que pululan ya en nuestra lengua. Pero sólo he de señalar algunas frases que he oído últimamente. No las oí de boca de incultos. Las he oído a personas que ocuparon u ocupan los cargos más altos en el gobierno y en los negocios de Puerto Rico.

1. No sé si "me hago claro".
2. Estoy "contemplando" la idea.
3. "No tengo la mente hecha."
4. Hay que "soportar" al Director
de Turismo.

Estoy seguro de que ustedes pueden multiplicar estos ejemplos por centenares. Las enfermeras tiene que "llenar" la hoja clínica del enfermo en inglés. Los banqueros rinden sus informes en inglés. En el beauty parlor y la boutique casi todo se designa en inglés. Y los obreros del taller y de la fábrica nombran procesos y utensilios en inglés. Nadie se ocupó de traducírselos. Y es fama que los médicos y los ingenieros son los mayores asesinos del habla en Puerto Rico.
La amenaza está ahí. Nuestros temores no son miedos neuróticos. Son miedos reales. A donde quiera que las otras lenguas de América, el inglés, el francés o el holandés, entraron en contacto con otros idiomas no tardó en crearse un patois, un créole, un papiamento. Solo el español fue capaz de incorporarse todo cuanto halló a su paso. ¿Pero cuánto tiempo se puede resistir? Sin una decidida y enérgica política pública y un despertar de la conciencia colectiva, acabaremos hablando en pocas generaciones una lengua bastarda que nos apartará de la lengua común, de la lengua desde la cual podemos afirmarnos definitivamente.
Sorprende que viviendo como vivimos en una frontera no se le haya dado antes mayor importancia a la traducción: la traducción que es a un tiempo arte y profesión.
Cada cual en este país ha ido aprendiendo a lo largo de sus años de estudio y de trabajo el inglés de su campo de acción. Pero muy pocos entre nosotros nos hemos dedicado con vocación al estudio del inglés, o de otras lenguas, abarcadoramente y con profundidad. Ese descuido tiene su origen en un mal inicial; en el empobrecimiento gradual del vernáculo en la escuela del bilingüismo. Sin amor y dominio de la propia lengua ¿quién puede dominar una lengua ajena?
Los que pasamos por esa fragua del bilingüismo sabemos que nos enseñaron geografía, geometría, biología y ciencias, en inglés, maestros que apenas sabían inglés. Yo tuve una maestra que decía "feets flats on the floar". Era imposible que con tal sistema se enriqueciese el vernáculo. Era fatigoso el estudio. Y era lento. Cualquier alumno de la misma edad en otro país libre de semejante camisa de fuerza adquirió en menos tiempo mayores conocimientos. Pero sobre todo no salió de las aulas con la vacilación, con el tartamudeo, con la dificultad expresiva que nos proporcionaba, con el diploma, la escuela puertorriqueña.
Por otra parte, centenares de estudiantes eran enviados a los Estados Unidos, por cuatro, por ocho, por once y por quince años, en la edad más apta para la formación intelectual. La interferencia lingüística arrumbó a muchos. Otros, que pudieron hacer una carrera brillante, hicieron una carrera mediocre. Y regresaron a su tierra con un español puramente familiar; la lengua de la casa. Y con un inglés limitado, restringido con frecuencia al lenguaje técnico de su profesión.
Y para colmo, hay miles de padres que cifran sus aspiraciones culturales en que sus hijos hablen inglés sin acento. No es para que disfruten en su lengua original a Shakespeare o a Shelley o a Byron. Es para que puedan pedir con corrección mil quintales de papas o una estiba de bacalao.
Tendrá que trabajar una Escuela de Traductores sobre ese substrato. Pero como decía mi amiga Clara Lair, gran poeta, en cierta ocasión: "Calma. ¡Cosas peores me han hecho a mí los hombres y las he dicho en verso!"
Después de lo que hemos apuntado es evidente la imperiosa necesidad de una Escuela de Traductores, y de que esa escuela sea dotada con cuanto requiera para obtener un vertiginoso desarrollo.
No me es posible, sin salirme del tema, entrar en consideraciones sobre los criterios que en mi opinión, deben informarla. En lo que es característico de la traducción hay múltiples criterios encontrados y no reclamo títulos especiales para señalar pautas.
¿Deben traducirse las palabras o las ideas? ¿Debe reflejar la traducción el estilo del autor o el del traductor? ¿Debe reflejar la época en que se escribió o la época en que se traduce? ¿Puede o no puede el traductor omitir o añadir? ¿Debe el verso traducirse en verso o en prosa?
Mathew Arnold dice que hay que sacrificar la exactitud al efecto estético. En posición opuesta el Profesor F. W. Newman exige la exactitud verbal. "Traducción es traducción y no una composición original."
En esto, como en los criterios sobre la lengua -si hay que atender solamente al pueblo o al uso de los hombres cultos- tropezaremos siempre ideas encontradas. Es posible además que, como filósofo, el Profesor Casares esté pensando también en la creación de profesionales para la traducción de las lenguas antiguas, tan importantes para el mejor entendimiento de las lenguas de hoy. Pero yo he estado pensando principalmente en esta escuela como un centro para estudiar las dos lenguas principales que aquí se encuentran, y que con un sano criterio pueden enriquecerse recíprocamente, y dejadas de la mano pueden aniquilarse.
Traducir no es labor mecánica. Es obra de creación. Ortega y Gasset afirma que es un quehacer utópico. Pero nos consuela oírle decir después que todo cuanto el hombre hace también es utópico.
Lo que desde luego podemos afirmar es que es arte difícil. Podemos afirmar que hay escritores fáciles de traducir y escritores casi imposibles de traducir, pero cumple una indispensable función: la transmisión de la cultura del pasado al presente, y la fertilización de las culturas nacionales contemporáneas al facilitar el flujo y reflujo de las ideas de una nación a otra.
La traducción es un violento ejercicio mental, y como el ejercicio físico que presta a los músculos fuerza, rapidez y elasticidad, los ejercicios de traducción fortalecen y agilizan la propia lengua, forzada a excederse por buscar la palabra o la imagen más exactas para trasportarlas de una lengua a otra, sin que en el proceso se pierda su significado por insuficiencia o por exceso.
Es ya un lugar común que casi no existen los sinónimos. Menos ha de esperarse la sinonimia al tener que buscar en otra lengua, a veces más rica, otras veces más pobre, la equivalencia de significado.
Vale sin embargo notar que esta dificultad aneja a la traducción no está en las inexactitudes de matices significativos, sino que cala más hondo. Va más allá de lo inexplicable. La carga semántica de las palabras no tiene casi nunca traducción. Y hay que conformarse con ello como hay que conformarse con lo inexorable. El perfeccionismo, que es la enfermedad del ideal de perfección, está reñido con la traducción como el purismo, que es la enfermedad de la pureza, está reñido con la creación literaria. La preocupación por la meticulosidad, por el respeto casi supersticioso a las normas de la corrección, produce casi siempre una literatura engolada y relamida destinada al nicho que reservan las bibliotecas a las momias de la literatura. El perfeccionismo puede llevar al traductor a la esterilidad.
No han de empequeñecer, sin embargo, tales dificultades la importancia de la traducción. Las lenguas tienen muchas maneras de enriquecerse. La traducción es una de ellas. He tenido en ocasiones que traducir del inglés al español y viceversa. El hacerlo me ha provocado dos sentimentos contradictorios. En ocasiones me he sentido eufórico por la riqueza expresiva de mi propia lengua. En otras, achicado por su pobreza para expresar con precisión lo que el inglés puede decirnos con la agilidad que le presta su morfología, su monosilabismo, propio de pueblos que llegaron tarde a la cultura y a la historia.
Desde luego lo más difícil de traducir es la poesía. Los metros, la cadencia rítmica, la rima, las imágenes metafóricas, la carga semántica de los vocablos que recoge un poema, sólo en contadas ocasiones puede traducirse con visos de similaridad. Y como persona que en ocasiones ha cultivado el humor, puedo asegurarles que lo mismo puede decirse de la traducción del humorismo tal vez por sus afinidades con la poesía. "Todo humor es barroco," como dice Jorge Luis Borges. "Dilapida sus materiales."
Los juegos de palabras a los que el humor es tan propenso; los contrastes, las elipsis, los retruécanos, las ambivalencias fonéticas, aliteraciones, paronomasias, las repeticiones deliberadas que tienen un nombre feísimo, políptoton, la sinécdoque, el hipérbaton; las figuras gramaticales y retóricas, la antítesis o la antífrasis, que el humor suele emplear, son de muy difícil traducción. Cervantes, Quevedo, Larra, están salpicados de esos agudos juegos que son inseparables de su gracia. Pero se han traducido.
Otra dificultad está en los eufemismos. Un "paseíto", en España, quería decir fusilamiento. En Rusia un "lavado cerebral" es adoctrinamiento con tortura. Confesión voluntaria, inculpación bajo amenaza irresistible. "Relocalización", deportación en masa. Law and order, en Estados Unidos, es mando y macana. En Puerto Rico, "enviado de Dios" es millonario en puesto público; y "Estado jíbaro", estado emocional sin posibles consecuencias políticas.
Desde que empecé a escribir me acucia el problema del bilingüismo. Lo sufrí en mi propia carne. Y una y otra vez le he restallado el látigo. Hace veinte años en mi columna "A fuego lento" acuñé la palabra espanglish con el propósito de "acabar con el bilingüismo en nombre del bilingüismo". Para mi consternación, hace menos de un año la New School of Social Research ofrece un curso de Espanglish con texto ad hoc. Acuñé entonces el vocablo inglañol. Ambos sirven para designar las dos caras de la moneda falsa del bilingüismo: son las dos caras del mismo barbarismo.
Muchos años más tarde se acuñó en Francia término similar. Y hace unos días recibí varios artículos sobre el tema, de Jacques Cellard y de Michel Legris, publicados en Le Monde, de París. El de Cellard se titula, "Franglais ou Frenglish?" Como puede verse en todas partes cunde la similar preocupación.
Hoy le quiero dejar a la Escuela de Traductores otro neologismo recién nacido e inédito. El "smog", que viene de smoke y fog, ¿por qué no llamarlo "nieblumo"?
Espero que alguien le pueda dar buen uso. Y espero también que esta Escuela pueda servir para ayudar a disipar la contaminación del bilingüismo que cierne sobre nuestra lengua española su nefasto nieblumo.
Las palabras conminatorias de Gabriela Mistral pueden servirle de mote: "Dadnos la disciplina frente a la confusión."




Historia, cultura y lengua




El tema a que me referiré guarda estrecha relación con nuestra solidaridad colectiva y siento profunda preocupación por lo que pueda influir para destruir esa solidaridad, imprescindible para la preservación del grupo, la multitud de corrientes y de ideas que confluyen sobre nosotros en el día de hoy. Lo que me interesaría es poder aclarar con mis palabras de hoy algunas de las tergiversaciones y verdades a medias que impiden un buen entendimiento de nuestra realidad. Sin un consenso sobre algunos puntos clave acabaremos siendo un pueblo roto, inservible para la historia.


Cuba ñáñigo y bachata,
Haití, vodú y calabaza,
Puerto Rico, ¡burundanga!



Se complementa el luminoso atisbo poético de nuestra realidad con uno de los tirabuzones de mi libro Fracatán de tirabuzones:

En Puerto Rico lo único que está bien definido es la confusión.

¿A qué se debe esa confusión? ¿Será posible salir de ella? Todo laberinto tiene salida. Lo importante es encontrarla. Y no aspiro a otra cosa que a tratar de aclarar una serie de ideas que nos han traído al desastre de nuestro rompimiento con nosotros mismos en el momento actual.
A veces siento la dolorosa impresión de que ya hay aquí dos pueblos diferentes sobre un mismo territorio. Y no hay que olvidar lo que dice Stendhal en su obra Sobre el amor, "las diferencias engendran odio."
Si los puertorriqueños que todavía mayoritariamente hablamos buen español y nos preocupa su desfiguración, no podemos hallar en la comprensión de nuestra historia, en la identidad cultural, en la preservación de nuestra lengua, unas ideas para juntarnos más valiosas que las diferencias que nos separan estamos caminando por nuestra historia sobre una cuerda floja al borde de un precipicio.
Puerto Rico es una nación. El hecho de que pueda en el día de mañana optar por la llamada soberanía plena, que nadie posee en el día de hoy; o por la soberanía compartida, en el estado federado, que nos borraría en poco tiempo el sentimiento nacional; o por un régimen autonómico, que sería una soberanía asociada a la que puede llegarse por la fuerza de las circunstancias, no borra la realidad de que Puerto Rico existe como nación, y su realidad está montada sobre cuatro puntales que están siendo amenazados seriamente por los avatares de la política: historia, cultura, lengua y raza.
Me sentiré profundamente frustrado si en una reunión de hombres inteligentes y que andan comprometidos en una de las supremas misiones del hombre, la búsqueda de la verdad, no pudiese contribuir a disipar algunos de los conceptos falsos que son fuente de nuestra confusión, y de la ruptura de nuestra solidaridad.
Desde el cambio de soberanía, o dicho de otra manera, desde la Invasión de 1898, la política imperial americana creyó que sería fácil absorber a Puerto Rico. Al comparar su creciente poderío con nuestra pobreza en el momento del cambio confundieron la cultura con la riqueza. Y estimaron mal. Existía en Puerto Rico una civilización en decadencia. Pero tropezaron con una cultura de siglos, más recia que la que traían como bagaje junto con sus pertrechos de guerra. Y se creó un aparato político colonial que reducía a los puertorriqueños a la condición de siervos. Primero, una dictadura militar de casi dos años. Detrás del general Miles, Davis, Henry y Brooks. Y en 1900, la Ley Foraker, que ponía todo el poder efectivo a la disposición del Presidente de Estados Unidos: el gobernador, los cinco miembros más importantes del gabinete: Justicia, Hacienda, Salud, Auditoría e Instrucción, y los jueces del Supremo.
Fuimos tratados como "botín de guerra." Y despojados de toda iniciativa para defender nuestros intereses, y sin ciudadanía internacionalmente válida, cada puertorriqueño vino a ser, como lo definió el Dr. Julio Henna en Washington, "un Mr. Nadie de Ninguna Parte."
No pudimos proteger nuestro café y la mayor riqueza del país, que estaba en la montaña, se vino al suelo. No pudimos evitar el canje de la moneda macuquina al 40% de su valor. No pudimos proteger los ingenios y las mejores tierras pasaron a manos de las cuatro grandes corporaciones que controlaron la vida del país por cuarenta años - Guánica, Aguirre, Fajardo e Eastern Sugar.
Fueron incorporados a las posiciones gentes mediocres sin más valor que su capacidad para satisfacer los planes de la metrópoli. Funcionó bien la teoría de los reflejos condicionados que Pavlov comprobó después. Y Puerto Rico tardó medio siglo en llegar finalmente a elaborar y establecer su propia Constitución, que nos devuelve los resortes necesarios para poner nuestras propias iniciativas en ejecución.
i no hubiesen existido aquí una historia, una cultura milenaria, una lengua de extraordinaria reciedumbre, y una raza, que para el criterio hispánico no es biología, es comunidad de pensamiento y solidaridad ante el destino, Puerto Rico habría pasado a ser una factoría. Pero ochenta años después, Puerto Rico sigue siendo una patria.
La raza es para nosotros lo contrario que para el alemán o el anglosajón. La raza es sentimiento de participación común. En Puerto Rico no hay negros, hay puertorriqueños. Hay una tendencia a la uniformidad, a que las diferencias no constituyan separación tajante. Y eso se produce por el mestizaje. Los prejuicios raciales existen pero sin virulencia.
Tuvimos, pues, y tenemos todavía, amplios motivos para poner un colectivo grito en el cielo. Si estuvimos divididos ayer, y ese divisionismo sigue ahondándose hasta la posibilidad del estallido ¿a qué se debe? ¿Cuáles son las causas?
Se debe a la perpetuación de conceptos falsos sobre la propia historia y la propia cultura. Esos conceptos falsos tienen diverso origen, empezando por la difusión por Inglaterra, Francia, Holanda, y el pueblo judío, expulsado de España en 1492, de la leyenda negra.
Se agrava con las guerras de la Independencia de Hispanoamérica que degrada el tipo de organización política anterior con toda la violencia y la parcialidad de los espíritus exacerbados por la guerra.
En Puerto Rico, desde 1898, esa presentación prejuiciada adquiere sello oficial con la nueva política imperial que Estados Unidos ensaya en Puerto Rico y que incluía: la penetración económica, la sobreimposición del Derecho Común sobre el Derecho Civil vigente; el agarrotamiento de la iniciativa política de los puertorriqueños y la sistemática utilización de la escuela pública como instrumento de asimilación.
Este ha sido a lo largo de los primeros 50 años el instrumento más eficaz de nuestro divisionismo actual y descansó sobre dos atentados contra la solidaridad nacional: la tergiversación de la historia y la suplantación de la lengua. Este prolongado tratamiento, este lavado cerebral, ha conseguido crear dos Puerto Rico diferentes sobre un mismo territorio.
Mi propósito, al lanzar una ojeada a vuelo de pájaro sobre algunos puntos de nuestro tema, es contribuir a despejar conceptos prejuiciados que nos sirven de obstáculo para acercarnos a nuestra realidad y para entenderla. Es preciso hacer una reevaluación del descubrimiento, la conquista y la colonización.
En nuestras escuelas no se volvió a estudiar la historia de España que había sido fundamentalmente nuestra historia hasta 1898. De pasada, a lo largo de mis años de estudiante en las escuelas de mi país, oí muchas veces una frase, que como una consigna, se fue grabando en la conciencia de miles de niños puertorriqueños: "Los españoles exterminaron a los indios y se llevaron el oro." Equivalía esta encanallada afirmación a decirnos que nuestros antepasados se distinguieron por su crueldad y su codicia. Ciertamente no era la manera de despertar en el puertorriqueño otra cosa que un deleznable sentimiento de aversión por su pasado.
En cambio, se nos pintó con colores de cromo la historia de los Estados Unidos estableciendo comparaciones lesivas a todo lo que había sido nuestro patrimonio. Los puritanos y los cuáqueros nos aparecían con un aire de santidad digno de la beatificación. Pero nada se nos dijo del exterminio de las naciones indias en el norte, ni de las 37 guerras de exterminio, la última de las cuales se libró en 1890.(1) Tampoco se nos dijo nada sobre el bárbaro régimen de la esclavitud americana en contraste con la humanitaria esclavitud de las colonias españolas. El esclavo era más libre en el Puerto Rico anterior a la Abolición que el negro americano hoy, 115 años después de la Guerra Civil.
Podría citar centenares de ejemplos. Ofrezco estos como muestra de la contumaz tergiversación de la historia de la que se nos hizo víctimas. Para poder asimilar a un pueblo lo primero que hay que hacer es vaciarlo del orgullo de sí. Ese vacío puede entonces llenarse con cualquier cosa.
Pero simultáneamente se hizo el intento de suplantarnos la lengua. El informe del Comisionado Clark al Presidente McKinley en 1900 es la más clara manifestación del propósito que informa el sistema escolar de Puerto Rico y que todavía, a fines de la década del 20, el Comisionado Huyke conceptuaba que tenía que servir como "agencia de americanización".(2)
El informe de Víctor S. Clark dice así:

Entre las multitudes puertorriqueñas no parece existir devoción por su idioma ni por ningún ideal nacional comparable con la devoción que mueve a los franceses, por ejemplo, en el Canadá o en las provincias del Rin. Otra consideración importante que no debe pasarse por alto es que la mayor parte del pueblo de esta Isla no habla un español puro. El idioma es un patois casi incomprensible para un nativo de Barcelona o de Madrid. No posee literatura alguna y tiene muy poco valor como instrumento intelectual. Existe la posibilidad de que sea casi tan fácil educar a este pueblo para que en lugar de su patois adopte el inglés, como sería educarlo para que adopte como suya la elegante lengua de Castilla.

Ante estas dos intrusiones en nuestra historia y nuestra lengua es responsabilidad del intelectual puertorriqueño reevaluar nuestro pasado y justipreciar nuestros valores. Pero una cosa debe quedar claramente establecida; si Puerto Rico ha podido resistir, y sigue defendiendo su identidad, casi un siglo después del cambio de soberanía, tenemos que convenir en que este pueblo tenía tras de sí una gran historia, una cultura recia, una lengua excepcional. Si la historia se borra, si la cultura se derrumba, si la lengua se corrompe, Puerto Rico terminará de pueblo en muchedumbre y nada dejará, ni al mundo hispánico del que somos parte inseparable, ni al mundo anglosajón que pretendió absorbernos.
Lo primero que hay que pulverizar es una frase que repiten, como cotorras, escritores y profesores, sin darle un segundo pensamiento: nuestros supuestos 500 años de colonia. No hay 500 años de colonia.
Las colonias españolas no fueron colonias en el sentido moderno que se le da a la palabra. Al extender sus dominios el Reino de España se convirtió en el Imperio. Se establecieron organizaciones políticas análogas a las de la Península: municipios, villas y ciudades, capitanías, audiencias, virreinatos. Y en todas partes, iglesias, conventos, hospitales, escuelas, seminarios y universidades.
Había en América más de mil lenguas en 123 grupos lingüísticos que han sido debidamente inventariados.(3) Y donde el hombre no se entendía con la tribu vecina, hoy se entiende con cerca de trescientos millones de almas en tres continentes.
1 The National Purpose. New York: Holt, Rinehart & Winston, l980; artículo de Walter Lippmann, p. 129.
2 Aida Negrón de Montilla, La americanización de Puerto Rico y el sistema de educación pública, 1900-1930. [Río Piedras]: Editorial Universitaria, Universidad de Puerto Rico, 1977.
3 Martín Alonso, Ciencia del lenguaje y arte de estilo. Madrid: Aguilar, 1975, p. 165.



El Dr. Manuel Álvarez Nazario



El distinguido autor que agrega hoy un nuevo libro, Orígenes y desarrollo de la lengua española en Puerto Rico, a la larga lista de publicaciones a su haber, el Dr. Manuel Álvarez Nazario, tiene una notable hoja de servicios a nuestra cultura y nuestra lengua.
Su carrera en el campo de la filología es vertiginosa. Obtiene su grado de Bachillerato en la Universidad de Puerto Rico en 1948. En 1950 su grado de maestría. En 1954 su Doctorado en Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid.
De 1949 a 1955 fue instructor de español en el Recinto Universitario de Mayagüez; de 1955 a 1957, catedrático auxiliar; de 1957 a 1960, catedrático asociado; y desde 1960, catedrático. Fue el primer director del Departamento de Estudios Hispánicos de Mayagüez, cargo en que sirvió durante diez largos y fructíferos años.
Pero aunque ha sido prolongada y valiosa su labor docente, su mayor contribución a nuestra cultura hay que ir a buscarla en su copiosa obra lingüística y filológica.
Además de numerosos artículos en periódicos y revistas, el Dr. Álvarez Nazario ha publicado varias obras fundamentales para el estudio del español en Puerto Rico:

El arcaísmo vulgar en el español de Puerto Rico
El elemento afronegroide en el español de Puerto Rico
La herencia lingüística de Canarias en Puerto Rico: Estudio histórico dialectal
El influjo indígena en el español de Puerto Rico
Orígenes y desarrollo del español en Puerto Rico durante los siglos XVI y XVII

A los dos premios obtenidos del Instituto de Literatura de Puerto Rico hay que sumar el premio Augusto Malaret, de la Real Academia Española de Madrid, por su obra La herencia lingüística de Canarias en Puerto Rico, y el que merecidamente recibe hoy. El Dr. Álvarez Nazario leyó su discurso de ingreso a la Academia Puertorriqueña en 1978 sobre el tema "El andalucismo resembrado en el español de Puerto Rico en el siglo XVI".
Como puede verse sus dos pasiones intelectuales han sido la lengua y Puerto Rico. Con su formación filológica podía haber bifurcado su vocación investigadora a otros campos del mundo hispanoparlante, pero el Dr. Álvarez Nazario prefirió bucear en la procedencia, en los orígenes del español en su variante puertorriqueña.
Importa mucho ese saber para un pueblo que vive en una frontera política, cultural y lingüística, con todos los peligros que esa delicada posición supone en el devenir histórico, que si en la lengua tradicional significa el acaecer, para la Filosofía es lo que puede llegar a ser.
Y ese devenir es para nosotros una incógnita. ¿Puede preservarse la historia y la cultura, y con ellas, la lengua, nuestra máxima señal de identidad?
No sin el conocimiento de lo que somos. Y el hombre es lo que él habla, porque es lo que piensa, y no pueden divorciarse pensamiento, lengua y destino.
No si junto al conocimiento de lo que somos no podemos mantener en alto el orgullo de ser lo que somos y la voluntad decidida de ser más.
No si no podemos percatarnos, como enunció Parménides, que "ninguna cosa puede ser y no ser al mismo tiempo", principio básico sobre el que se levantan todas las especulaciones sobre el elusivo concepto de la identidad.
Y puesto que tan esencial es la lengua a la definición de la identidad y de la personalidad, tanto de un hombre como de un pueblo, bien vale que mayor número de hablantes conozcan los orígenes de su idioma y sus entronques históricos con otras lenguas derivadas del latín, descompuesto en tan ricos y variados dialectos que al paso de los siglos habían de convertirse en los idiomas nacionales de cuatro de los seis grandes pueblos europeos creadores de arte y de cultura: Italia, Francia, España y Portugal.
Julio César subyuga las Galias en veinte años, pero la conquista de España costó a Roma dos siglos. Sin embargo, la romanización fue rápida y completa. Y como dice Menéndez y Pelayo en la Historia de los heterodoxos españoles, "España debe su primer elemento de unidad en la lengua, en el arte, en el derecho, al latinismo, al romanismo".
Y eso se debió particularmente a la escuela romana organizada por Sertorio que se vale de la gramática y de la retórica para arrancar al hombre de Iberia de la barbarie e incorporarlo a la civilización.
Claro que para hablar y hacerse entender no se necesita la gramática. Para Chomsky, la gramática está ínsita en cada individuo. Pero, como la música que se aprende de oído, no es suficiente para dar en las grandes composiciones.
La obra de Álvarez Nazario no es una gramática. Es un valioso instrumento para despertar el interés en la propia lengua, ilustrar al estudioso en reglas fundamentales del buen decir y del buen escribir, explicar errores y vicios de dicción y disipar dudas que en tantos hablantes inducen el tartamudeo y la vacilación.
Mucho pueden aprender en este libro los que poco saben, y todos servirse de él para refrescar lo aprendido y para ver junto y bien ordenado lo que fue, lo que es, lo que puede llegar a ser este extraordinario instrumento de comunicación y de creación que es la grande y noble lengua española
Elogio merece la ordenación del material objeto de esta obra que con tanta claridad presenta sus materiales y comparte plenamente los criterios interpretativos esbozados sobre el estado actual y el futuro de la lengua.
Subraya un hecho que a muchos preocupa y no merece tal preocupación: la entonación diferente que cobra el español según pasa de país a país, o de región en región en el enorme mundo hispano-hablante. La entonación no es obstáculo a la comprensión. Es la misma letra con distinta música.
Menos grave me parece la pronunciación que aspira la s final de sílaba ("loj muchachoj"), la h aspirada por la j velar propia de Castilla ("hamón", en vez de 'jamón'), el seseo ("sapato" en vez de 'zapato') y el yeísmo ("cabayo" en vez de 'caballo', que en la Argentina se convierte en "cabasho"), la pronunciación de la r alveolar (vibrante) (española) que convive con la r asibilada (r inglesa) y con la r velar (r francesa), la pérdida de la d intervocálica (como en "colorao") que es fenómeno generalizado; la pronunciación de la v que confunde la labiodental de 'vocal', con la bilabial de 'burro'; la pronunciación de la x que se pronuncia como gs cuando está entre vocales, como en 'examen'; o como s o h aspirada cuando está entre consonantes como en 'extraño' ("estraño", "ehtraño"); y la x que se escribe todavía a la antigua como en México. En Méjico la x viaja de incógnito; y el intercambio de r por la l al final de palabra, peligrosamente difundido en Puerto Rico (el "dolol", el "honol", el "amol").
Se pregunta Álvarez Nazario, en vista de la extensión horizontal y vertical de la r velar en Puerto Rico, si será posible contrarrestarla con la r alveolar. Si el Dr. Álvarez se lo pregunta yo no me atrevo a contestarlo. Me limito a opinar que creo que se puede y que estoy seguro de que debe hacerse. No es difícil luchar contra tendencias fonéticas desarboladas.
El Dr. Álvarez contesta su propia pregunta cuando dice: "Corresponde a la conciencia culta del país determinar lo que ha de hacerse para desterrar en lo futuro su empleo isleño."
Poco o nada hay que temer a esas variantes fonéticas que, o son generales y se producen paralelamente en todo el ámbito de la cultura hispánica, o son de amplia difusión en extensas regiones, como por ejemplo, en la cuenca del Caribe.
Pero sí hay razón para preocuparnos por aquellos cambios que mejor pueden llamarse vicios, como la r velar y el intercambio de l y r a final de sílaba, que no sólo afean la expresión sino que nos apartan del caudal de la lengua general.
Los indigenismos, como bien apunta el Dr. Álvarez Nazario, son muy pocos para ser problema. Apenas hay 500 voces de origen taíno y son en su mayor parte nombres de lugares, de ríos, y de frutos, plantas y árboles, y muy pocas persisten en el habla usual,
Lo africano carga más peso en la configuración racial y física del puertorriqueño, pero los africanismos no pasan de cien y apenas hay treinta vocablos de uso familiar.
Y en cuanto al anglicismo, un estudio de Rubén del Rosario, terminado hace casi treinta años, apuntaba sólo unos 150 anglicismos léxicos, pero de entonces acá ha pasado mucha agua bajo el puente y Álvarez Nazario señala la tendencia al aumento no sólo del vocabulario sino de los calcos y del abuso de la voz pasiva, que le dan al español hablado un tinte de lengua aprendida que le resta fluidez y espontaneidad.
Hemos de agradecer a Manuel Álvarez Nazario esta valiosa contribución al estudio de la lengua española en Puerto Rico que no puede desgajarse del tronco común sin que nuestra lengua se convierta en una rama seca y sin savia.
Y al felicitarlo por esta valiosa contribución a nuestro acervo cultural, extiendo también mi felicitación a su esposa Josefina Rivera de Álvarez, que le ha servido de inspiración y ayuda y quien también ha enriquecido nuestra bibliografía con su abarcador Diccionario de la Literatura Puertorriqueña.



El contacto cultural con los Estados Unidos.
¿Erosión o enriquecimiento?



Todos nos hemos hecho en algún momento varias preguntas que merecen contestación: ¿qué somos? ¿cómo y por qué hemos venido a ser lo que somos? ¿qué queremos llegar a ser? ¿qué podemos llegar a ser?
Nadie entre nosotros ha ahondado profundamente en estos temas. Tenemos informaciones bastante fidedignas y hasta minuciosas. Pero las interpretaciones han sido demasiado fragmentarias, podríamos decir, angulares.
Las interpretaciones de hoy oscurecen más de lo que aclaran.
No tengo la pretensión de haber encontrado respuestas definitivas. Aspiro, solamente, a promover la inquietud general ante la confusión presente y ante la incógnita del futuro.
Se nos pregunta si la relación con los Estados Unidos ha producido enriquecimiento o erosión en nuestra identidad. Los extremistas, y una vez más se chocan, dirán lo uno o lo otro. La verdad me obliga a ser ecléctico. Ha producido ambas cosas.
Lo que debe preocuparnos es si en fin de cuentas y pasado el tiempo el puertorriqueño se habrá convertido en un híbrido estéril; si la lengua termina en un papiamento que sería el cementerio de las dos grandes lenguas de América; si desembocaremos en una sociosis que nos incapacite para toda acción fecunda, o si podremos conservar con la cultura y la lengua, la identidad, y con ella la continuidad histórica.
Mi respuesta es que se puede. Pero que existe el grave peligro de convertirnos en cualquier otra cosa, que es casi lo mismo que cualquier cosa. Y esa es la peor cosa que le puede suceder a cualquiera.
"La lengua y la cultura se hacen a la par, accionando y reaccionando la una sobre la otra," dice Unamuno.(1) Un cambio en la historia producirá inexorablemente alteraciones culturales. Sin embargo, la magnitud de esos cambios dependerá de la fortaleza de la cultura del grupo sujeto a las nuevas influencias.
En el caso concreto de Puerto Rico los Estados Unidos, que emprendían sin mucha experiencia todavía su nueva carrera imperial, se equivocaron con Puerto Rico. Aquí existía un pueblo con una recia cultura de raíces milenarias; una de las grandes lenguas de la cultura occidental; y éramos también parte de una historia cuyos orígenes hay que ir a buscarlos en Palestina, en Grecia y en Roma. Aquí había un Derecho de origen romano que se venía forjando en lengua romance desde el Fuero Juzgo, y Las Siete Partidas, de Alfonso el Sabio. Aquí había unas instituciones tan civilizadas como las de cualquier pueblo de la Europa cristiana: la Iglesia, el Municipio, las Audiencias. Y había unas maneras de pensar, de hablar y de ser que prestaban al grupo social la cohesión y las características que asociamos con la nacionalidad.
Y en el siglo XIX también se habían difundido las ideas de la Revolución Americana y sobre todo de la Revolución Francesa y la historia de la lucha por afirmar a Puerto Rico como entidad histórica y culturalmente diferenciada de la metrópoli y por imponer el pensamiento liberal que se extendía por todo el mundo moderno.
Porque existe ya una nacionalidad en el momento de la transición los intentos de asimilarnos y absorbernos no tardaron en chocar contra ese muro que está demostrando ser tan resistente como las murallas del Morro y San Cristóbal.
Sin esas murallas hubiésemos caído en manos francesas como Haití, holandesas como Curazao, o inglesas como Jamaica. Y en tal caso Puerto Rico habría sido otra Jamaica.
Pues bien, sin esa cultura, esa lengua y esa tradición histórica, la población podía haber corrido la suerte del Hawaii. En Hawaii ya no hay hawayanos. O la suerte que le cupo a la lengua española en Filipinas. La lengua española fue suplantada. Y hoy los filipinos no hablan español, ni buen inglés, ni buen tagalo. En Puerto Rico la población no sólo resistió sino que adquirió un ritmo de crecimiento mayor. La lengua resistió a pesar de los violentos intentos de suplantación que conformaron la política escolar de los primeros cincuenta años.
Pero la cultura tradicional se va escindiendo. Las instituciones se han cuarteado. Y lo que la escuela no pudo hacer con la lengua ha logrado hacerlo parcialmente con el concepto que mantenemos sobre nuestra historia. Y allí, donde las gentes pierden el orgullo de su pasado se pierde la ambición del futuro. Se vive al día. A lo que salga.
Con esa voltereta violenta de la historia que dimos en el 98 es natural que nos preocupemos por lo que hemos perdido y lo comparemos con lo que hemos ganado. Y me aventuro a decir que hemos ganado en la cantidad y hemos perdido en la calidad de la vida.
La iliteracia casi ha desaparecido. Pero en el proceso nos empobrecieron la lengua y nos tergiversaron la historia. Hay mucha gente que sabe muchas cosas. Pero muchas cosas se saben mal. Y lo que nos importa para los fines de este intercambio de ideas es que las ideas más difundidas sobre el proceso de la colonización y de nuestra formación están más influidas por la leyenda negra que por una razonable interpretación de los hechos. "La destrucción de las Indias, de Las Casas," dice Menéndez Pidal, "acusa como destructora de esas razas a la única nación que se preocupó de conservarlas"(2) Y sin embargo, que ese libelo se pudiese publicar en el siglo XVI y que se impusieran las ideas de Las Casas sobre las de Sepúlveda en la polémica de Valladolid, en 1550-5l, es la demostración más convincente de la preocupación por las causas justas o injustas de la Conquista que está presente en todo el proceso de la colonización.
La degradación de la colonización por la escuela ha sido el más eficaz instrumento de asimilación. Ha roto en miles de puertorriqueños todo espíritu de resistencia.
Estas interpretaciones prefabricadas han ido minando nuestro sentido de identidad y nuestro espíritu de continuidad. ¿Para qué proyectarnos desde el pasado, si el pasado es deleznable? El cercenamiento de las raíces crea un vacío que es preciso llenar, la naturaleza aborrece el vacío, y por esa brecha entra fácilmente cualquier idea. Por ella viene precipitándose la asimilación.
Algo similar ocurre con las instituciones. La homogeneidad religiosa es otro de los elementos que coadyuvan a la cohesión del grupo. Baste citar por el momento a Irlanda y a Polonia. Y esa homogeneidad se resquebraja con la proliferación de sectas protestantes, algunas de carácter primitivo, que vienen, detrás de la bandera, a recristianar a un pueblo que ya era cristiano desde antes de haber surgido ninguna de esas sectas.
Contribuye a afirmar el concepto de la libertad religiosa la presencia de múltiples sectas, y esto puede considerarse un enriquecimiento. Pero es uno que ocurre a costa de rencores y divisionismos del grupo. Y esto puede considerarse una erosión.
Algo similar podemos decir de las instituciones jurídicas. El derecho también crece como la lengua a la par que la cultura. Y nuestro Derecho Civil ha sufrido extravagantes intrusiones del Derecho Común anglosajón. Ha ganado movilidad en lo procesal que es adjetivo. Ha perdido en lo sustantivo. A quien quiera conocer a fondo el problema lo refiero a la obra de José Trías Monge, Historia constitucional de Puerto Rico. Por otra parte, hemos ganado el juicio por jurado, el derecho a la fianza que ahora se quiere echar por la borda, la presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario. Y hemos redactado una Constitución propia y ya se habría ampliado el círculo jurisdiccional sobre nuestros propios asuntos de no haber sido por el sabotaje del asimilismo, y en parte, independentismo. Algo se perdió y algo se ha ganado. Y en el juego político no conozco a ningún pueblo que gane siempre.
Algo similar podemos decir de la economía. En los últimos treinta años Puerto Rico ha pasado de sociedad agrícola a sociedad industrial, de país rezagado a país en pleno desarrollo. La transformación ha sido vertiginosa. Tres o cuatro índices de progreso bastan para que sirvan de punto de referencia.
Pasar de un presupuesto de 14 millones a uno de 2,400 millones; reducir la iliteracia de 35 a l0%; aumentar la expectativa de vida de 48 a 74 años; los estudiantes universitarios de 5,000 a más de 120,000; los automóviles de 27,000 a más de un millón y el ingreso per cápita de $120 a $2,700 son jalones de progreso difícilmente igualables. Y eso ha sido posible por tres razones principales: el mercado común con Estados Unidos, la estabilidad, tan precaria hoy en tantos países libres y soberanos, y las ayudas federales.
Pero también estos desarrollos nos han traído excesiva dependencia del capital extranjero, el ritmo acelerado de la vida social, la exageración de la ambición adquisitiva, y otros males que algunos estiman como secuela del industrialismo, como son el resquebrajamiento de la unidad familiar (un divorcio por cada dos matrimonios), la curva en ascenso del crimen con casi quinientos asesinatos anuales y 87,000 delitos graves, la persistencia del alcoholismo (el tercer país en consumo de bebidas del mundo después de Rusia y de Polonia) y la proliferación de la narcomanía que nos llegó vía Nueva York y nos la trae la mafia en la alforja.
Es falso que estos males sean consecuencia inevitable del progreso económico. En Inglaterra, uno de los primeros países industriales, con 60 millones de habitantes, se produjeron 130 asesinatos en un año. Si tuviesen un índice de sangre similar al nuestro habrían tenido diez mil asesinatos en un año y eso es casi otra batalla de Normandía.
Algo mucho más grave está ocurriendo. Estamos sufriendo una lúdica profanación de valores que creíamos firmemente establecidos. Y yo me pregunto ¿no será la degradación del sentimiento nacional una de las causas de esta hecatombe?
Sin ideales que sean más importantes que la vida el hombre pierde el ánimo, y se lanza a satisfacer primero las apetencias y los apetitos. Se afloja su sentido del honor, se atrofia su vocación de servicio, coloca el tener sobre el ser.
En Israel no hay droga. En Japón no hay droga. Un profundo sentimiento de solidaridad y la noción de que la continuidad histórica del grupo depende del esfuerzo y la dedicación de todos, pone en cada hombre un sentido de la importancia de su misión suficiente para llenarle la vida.
El sentimiento nacional es biológicamente útil y moralmente necesario y ese sentimiento ha sufrido lamentable erosión. Y a los que la escuela, o la emigración, o la política asimilista les mató ese sentimiento nacional propio, se les creó un vacío que está siendo reemplazado por un nacionalismo ajeno. Y ese es uno de los problemas grandes. Ya empezábamos a sentir que Puerto Rico está habitado por dos pueblos que empiezan a ser diferentes. La admiración por el "American way of life," por los símbolos, por las grandes figuras nacionales de Estados Unidos, por sus instituciones y hasta por su lengua les ha ido llenando gradualmente el vacío del espíritu del que se fue desalojando lo propio. Por eso la violencia y el rencor que ha cobrado nuestra política. Y ese es el clima de la guerra civil.
Pero por otro lado hay que anotar que el sentimiento nacional es otro elemento de nuestra identidad. El triunfo puertorriqueño en el boxeo, en el baseball, en el tennis, en el basket ball, en un festival de la canción, en un concurso de belleza, en un conflicto armado, en una manifestación de cultura, despierta en todos los puertorriqueños hondo sentimiento de orgullo y una explicable emoción. Nos produce una sensación de fuerza que nos hace olvidar nuestra pequeñez territorial, y nos pone a vibrar juntos por un motivo común. Nos produce un sentimiento de cohesión, de unidad.
Confluye con el concepto de identidad todo lo que nos une por encima de lo faccioso, de lo divisionario.
Y la importancia de la lengua en la preservación del espíritu nacional no puede ignorarse. Por eso quisieron cortárnosla. Pero ha resistido porque es la más recia de las lenguas europeas de cultura. Pero la pregunta que nos hacemos es inquietante. ¿Hasta cuándo puede resistir? No hemos de tongonear una preocupación enfermiza por la incorporación normal de anglicismos en nuestra lengua. Es un fenómeno universal. El que inventa bautiza y no hay que poner en duda la capacidad inventiva que han demostrado los norteamericanos en los últimos ciento cincuenta años.
Puerto Rico es una frontera. Colindamos con Nueva York por la línea aérea. Con Washington por la línea telefónica. Y por otras mil lindes: en la mesa de bridge, en el beauty parlor, en el laundry, en el Post-Office de Old San Juan, en the Office of the Mayor, en la Technical School, en el repair shop, en Agapito's bar, en el campo de golf. Ya la telefónica se volvió a llamar P.R. Telephone. Parece que si se llama en inglés comunica mejor.
Lo único permanente en la historia es el cambio, y por lo tanto, historia es el estudio del cambio en la humanidad.
Pero dice Carlos Rama en su Teoría de la historia que "no habría historia si todo estuviese perpetuamente cambiando. La historia es cambio en relación con algo que permanece constante." Ese factor constante en nuestra historia es la cultura en cuanto la interpretamos como conjunto de valores morales y filosóficos que rige nuestra vida. Esos valores se incorporan a nuestro ser imperceptiblemente, como la lengua, y a través de la lengua: ambas, lengua y cultura se desarrollan a la par, como dice Unamuno.
No se necesita un método filosófico o una preceptiva moral para poder vivir de acuerdo con esos valores, como no es necesario conocer la gramática para hablar con corrección. Cada hombre, como ha dicho Chomsky, tiene la gramática de su lengua dentro de sí. Y la expresión más poética y más precisa nos la ofrece Max Scheler cuando dice "la cultura es el saber del cual no hace falta acordarse."
Nadie piensa al hablar si tiene que usar el pluscuamperfecto, ni al actuar, en las normas o en los mandamientos. Si vive dentro de una cultura sabe cómo comportarse. Pero vivir dentro de una cultura es también saber a qué atenerse.
Y el gran peligro de la frontera es la celeridad de los cambios demasiado acelerados y abruptos en la cultura y en la lengua; que llega el momento en que nadie sabe a qué atenerse, ni sabe decir con propiedad lo que tiene que decir para hacerse entender. La moral pasa a ser algo circunstancial. La lengua corre el peligro de desfigurarse. El bilingüismo crea siempre cierto grado de vacilación. Y ya hoy tenemos en nuestro medio miles de conciudadanos que hablan español con acento, o con formas sintácticas ajenas, dando la impresión de que hablan una lengua aprendida.
En la frontera que es Puerto Rico hay doble motivo de sobresalto. Porque aquí, no sólo se producen los intercambios y las influencias normales en toda frontera; aquí se produjo el intento de suplantarnos la lengua y de cortarnos las raíces históricas. El resultado, después de 83 años, que es casi un siglo, es el choque que se va exacerbando entre dos maneras diferentes de ser y hasta de hablar y de pensar. La asimilación está creando aquí dos pueblos que pueden llegar a ser tan diferentes entre sí como los irlandeses católicos y los irlandeses protestantes; como los libaneses cristianos y los libaneses islámicos. Y nadando entre ambos, como entre dos aguas, están los realengos, buscando acomodo. Y no se me entienda mal; acomodo espiritual.
He tenido la oportunidad de escuchar durante los últimos cuatro años a algunas de las personas que ocupan puestos clave en los organismos de educación y de cultura. Y cuatro de ellos me han cantado la misma serenata con el mismo ritornello: la necesidad de preparar al pueblo para el cambio. Cuando se tiene orgullo por la propia cultura y la propia lengua no se piensa en cambiar. Se piensa en preservar lo que se posee. Los cambios son inevitables, pero debe cambiarse de acuerdo con lo que uno es. El árbol cambia. A veces produce buena flor o buen fruto y otras veces se nos niega, depende del clima, o del cultivo. Pero no hay que esperar que el guayacán produzca cocos o arbolitos de Navidad.
Los cambios en que algunos están pensando se parecen demasiado a un transplante que puede ser fatal. El cambio por sí mismo no puede ser un ideal.
Nuestro drama es que giramos económica y políticamente en la órbita norteamericana. Giramos histórica y culturalmente en la órbita hispanoamericana. No son órbitas concéntricas. Y de ahí nos viene la confusión y el peligro de estallar en el vacío, como decía Gabriela Mistral.
"Yo soy yo y mi circunstancia" dejó dicho Ortega en una de sus admirables cláusulas. Y nosotros no hemos inventado nuestra circunstancia. Y hay que enfrentársela tratando de salvar el yo. Por eso si el yo no importa, si los valores históricos no valen, si la lengua es intercambiable, el yo puede convertirse en un yoyo que baile con cualquier cordón.
Tenemos que preocuparnos de que el conflicto prolongado y de tan difícil solución no nos cree un indiferentismo que como las fijaciones neuróticas, acabe por fijarse como parte de nuestro carácter, y por ende, de nuestra identidad. Dice la psicóloga americana Karen Horney que "un impulso a la independencia genera un sentimiento de angustia si al mismo tiempo pone en peligro unas relaciones necesarias para los fines de seguridad." No puede hallarse un diagnóstico más aplicable a la realidad puertorriqueña.
Las personalidades recias que se resisten a adaptarse a su realidad generalmente acaban neuróticas. Y ese es nuestro caso. Una cultura recia y una lengua enérgica se resisten a dejarse absorber. Y la personalidad colectiva se está quebrando. Estamos cayendo en una sociosis que no se resuelve sin un entendimiento racional de nuestra circunstancia, de nuestra realidad.


Resumiendo las consideraciones anteriores, las formas de erosión y de
enriquecimiento mencionadas se distribuyen como sigue.


I. EROSIÓN:

La emigración, por las dificultades y los escollos raciales y
culturales, es el grupo de nivel más pobre en la sociedad americana.

La reducción de nuestros emigrantes a los ghettos de las grandes
ciudades nos devuelve miles de delincuentes y narcómanos.

La proliferación de la criminalidad: robos y asesinatos han
adquirido proporciones monstruosas.

(Inglaterra, con 60 millones, 130 asesinatos)

El alcoholismo nos coloca en tercer lugar de consumo de alcohol per
cápita.

La relación política con Estados Unidos nos ha mantenido en
posición de subalternidad inexcusable.

Los intentos de asimilación nos han dividido el país en forma
peligrosa y la sociedad está más dividida que nunca.

La familia, con un 50% de divorcios, se ha roto, se está rompiendo
con deletéreos efectos sociales.

Una pésima política nos ha colocado entre un "estado" cultural y
económicamente incosteable, una "independencia" económicamente
imposible, y una "autonomía" con su soberanía recortada, en una
situación de desesperacióncolectiva que amenaza severamente
la paz.


EDUCACIÓN:

La educación en los primeros 50 años después de la Invasión fue una
empresa desnaturalizante.Pretender que un niño junte a las
dificultades normales de todo aprendizaje, la dificultad de
estudiar en lengua que no entiende, o que sólo entiende a medias, es
demorar el desarrollo de su inteligencia, entorpecerle la capacidad
expresiva, destruirle la facultad creadora.

Todos los que pasamos por ese proceso cargamos con la tara
de la vacilación, de la falta de espontaneidad del habla.

Pero a eso se juntó el descrédito de la propia historia, se le está
creando a cada hombre un vacío espiritual que lo convierte en una
marioneta. Es un lavado cerebral con anestesia. Se implantan en
cada sujeto creencias erradas.

El bilingüismo que se ensayaba no era otra cosa que el intento de
suplantación de la lengua. Y eso equivale a un intento de genocidio.
En individuos de cultura endeble ese shock cultural conduce al
aniquilamiento espiritual y en repetidas ocasiones a la autodestrucción.
(El caso de Hawaii es esclarecedor.)

La razón de estas dos manifestaciones de la política en la educación
es el propósito de producir la asimilación de los puertorriqueños
para poder incorporarlos a la nación. Pero aquí había una cultura y
una lengua. Y no pudo hacerse.


II. ENRIQUECIMIENTO:


En síntesis podemos decir que hemos podido establecer instituciones
democráticas que dieron forma viable a la vieja tradición
democrática española y al espíritu liberal que caracterizó al siglo
XIX.

Hemos disfrutado de una estabilidad política que nos ha permitido
desarrollarnos en paz.

Hemos desarrollado una economía moderna que nos coloca entre los
países en desarrollo.

Hemos aumentado la riqueza del país, en parte por nuestro esfuerzo
e imaginación. En parte por el mercado común y las ayudas
federales.

Hemos desarrollado la educación pública y los niveles de cultura
universitaria.

Tenemos un país saludable con un índice de mortalidad de 5.9 por
mil y expectativa de vida de 74 años.

Tenemos, por nuestro libre acceso a Estados Unidos, una salida
a nuestro excedente de población.




(1) Unamuno, Ensayos. Aguilar, 1945; "La cuestión del vascuence", t. I, p. 395.
(2 ) Silvio Zabala, Las instituciones jurídicas de la Conquista, Porrúa, 1971, pp. 308-9.
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El futuro de la lengua en Puerto Rico



Obedece este Congreso de Lexicografía a unas razones poderosas y claras. Sabemos que por leyes internas inexorables las lenguas cambian, y que más cambian cuanto más viajan. Y ninguna viajó tanto como la nuestra en el tiempo, y en el espacio, en la historia y en la geografía.
Pero si nuestro idioma, como dice Samuel Gili Gaya, "es de los que menos han variado a través de sus ocho siglos de historia", y mantiene a pesar de su expansión geográfica inigualada una sorprendente uniformidad, virtudes extraordinarias ha de tener para contar entre sus grandes logros "la integración de tantas razas dispares y la atenuación de las divergencias entre los varios planos o niveles sociales del habla", tan comunes en pueblos de otras lenguas.
Una de esas virtudes es la claridad y la sencillez de su sistema fonético. Se dan ciertas diferencias de pronunciación en algunas consonantes (s, c, ll, y, r), pero no hay divergencias en la pronunciación de las vocales. Las consonantes vecinas pueden alterar el timbre de la vocal, pero esas diferencias no son conscientes y carecen de intención significativa.
Esta claridad y esta sencillez fonética son sin duda parte de las razones que hicieron posible a la lengua española unificar en poco tiempo las lenguas y dialectos de los indios americanos, y abarcar con una sola lengua dos continentes en algunas generaciones.
Sin la facilidad para comunicarse que tienen hoy los pueblos, una lengua que se extiende por territorios tan extensos correría grave peligro de desintegrarse. Por suerte hay fuerzas en acción que tienden a la uniformidad lingüística -el cine, la televisión, la radio, las revistas de circulación continental o regional, la novela, la literatura, la difusión de la canción popular, la proliferación de congresos que reúnen profesionales y técnicos de todo el continente.
Pero hay también fuerzas centrífugas y corrientes disgregadoras que pueden llevar a la dispersión, a la dialectalización, a la jerga campesina.
La falta de comunicación y el aislamiento de muchas regiones, el urbanismo, las inmigraciones extranjeras a las grandes ciudades, las emigraciones copiosas de ida y vuelta, como en el caso de Puerto Rico, el indigenismo, el influjo de las lenguas africanas en el Caribe, la intrusión, demasiado rápida en ocasiones, del anglicismo, la indiscriminada circulación de ciertos lenguajes profesionales y técnicos, el repudio desde ciertas equivocadas posiciones filológicas de toda norma y autoridad, y el descuido de muchos y la incuria oficial.
Sólo un ejemplo quiero ofrecerles de uno de estos problemas.
En Puerto Rico se ha producido en los últimos 20 años un desarrollo industrial. El programa de Fomento había desarrollado hasta junio unas dos mil empresas manufactureras. Cada una de esas empresas, nuevas en el país, trae consigo una serie de máquinas, de equipos, de materiales, de procesos que el trabajador puertorriqueño oye por primera vez en inglés.
Y unos los pronuncian en inglés, bien, otros en mal inglés, otros españolizan el inglés, y otros les ponen el primer nombre que les viene en gana.
Como resultado, en un mismo tipo de fábrica se están llamando ya esos instrumentos y esos procesos de varias maneras distintas. Y lo que es peor, con vocablos distintos de los que esos mismos instrumentos y procesos tienen en lengua española o en pueblos de la América hispana que desarrollaron hace tiempo esas industrias.
Es a esa anarquía que dificulta la comunicación de este pueblo consigo mismo y con otros pueblos que hay que temer. Es uno de los caminos que llevan al papiamento.
Por pura curiosidad yo pido a cualquier interesado que haga una prueba y que nos diga en su día el resultado.
¿Cómo dicen en español, en nuestras fábricas de tejidos, los trabajadores a los siguientes términos?
Spindle, que es 'huso'; spinning, que es 'hilado'; braiding, que es 'trenzado'; knitting, que es 'calceta'; weaving, que es 'tejido'; yarn, que es 'hilaza'; thread, que es 'hilo' o 'cordel'; twine, que es 'bramante' o 'guita'.
Multipliquemos este ejemplo por cien o por doscientos y no se necesita un radar para ver el peligro. No debe haber razón para que las autoridades correspondientes no emprendan un estudio abarcador y den los pasos para uniformizar toda esta nomenclatura en armonía con la lengua general.
Y he aquí una de esas instancias en las cuales puede influir deliberadamente y eficazmente el hombre en el desarrollo y la conservación de su lengua. La abstención será un pecado mortal contra el idioma. Este es un proyecto que debe desarrollarse conjuntamente entre Instrucción, la Universidad, la Academia, Fomento y el Instituto de Cultura.
Sabemos que en todos nuestros pueblos existen los llamados problemas de la lengua y son estos suficiente razón para un Congreso de Lexicografía donde hombres de España y América podamos hablar, discutir y comunicarnos, y donde sea posible extraer, de los criterios encontrados, normas propicias al mejor desarrollo de nuestra lengua común.
Más que la historia de la lengua interesa pues, en este Congreso, el futuro de la lengua.
Pero es importante despojar al Congreso de los matices patológicos adscritos casi siempre a la palabra problema. Puesto que los cambios no sólo son inevitables sino necesarios debemos enfrentarnos a esa realidad con curiosidad y con alegría. Jugar con las palabras fue el primer juego del hombre; el más noble, el más apasionante, el más imaginativo, el más duradero.
Para los griegos, que milagrosamente vislumbraron todo cuanto el hombre había de querer saber, una misma palabra -logos- significó a un tiempo lenguaje y razón. Desde entonces sabe el hombre la íntima relación de palabra y pensamiento. Ya lo decía don Miguel de Unamuno: "No es que pensemos en palabras, es que las palabras nos piensan, piensan por nosotros". Y a eso añado que por eso quien pierde lengua, pierde razón, se enajena, y puede ir en camino de perder la razón.
Y sólo enajenados, ajenos a nosotros mismos, nos pondremos en trance de asimilación. Si eso nos ocurriera habríamos dejado de ser una patria para convertirnos en una factoría.
Uno de los problemas que acarrea, por ejemplo, el bilingüismo, es la ambivalencia de dos sistemas distintos de pensamiento, con su secuela inevitable: la vacilación, la tartamudez, la imprecisión, la falta de fluidez en el hablante; la ausencia de matices que no padecen los que no han sufrido tales interferencias lingüísticas. Y esto que afirmo puede cualquiera comprobarlo en los foros de televisión en los cuales muchos de nuestros profesionales más inteligentes, competentes y respetados en el campo de sus respectivas profesiones, pero formados en un sistema educativo bilingüe, se expresan en un lenguaje tosco y deslucido muy inferior a su nivel de inteligencia y de escolaridad. Preparación universitaria y lengua de octavo grado.
Pedro Salinas en su inagotable Aprecio y defensa del lenguaje ofrece múltiples ejemplos de la influencia benéfica de la intervención deliberada del hombre sobre su idioma.
Los hombres del Renacimiento perciben que con sus lenguas vernáculas, unidas al ser mismo de la nación, les viene el deber de mejorarlas y conferirles mayor capacidad y hermosura de expresión. Así Nebrija, Juan de Valdés, Fray Luis de León, Cervantes, Ambrosio de Morales. Francisco de Medina nos dice: "y todos encendidos en sus amores... la sacaremos del poder de los bárbaros".
Ahora bien, ¿con qué criterio se han de admitir nuevas palabras al Diccionario de la Lengua General? Esos criterios son asunto del Congreso. ¿Es acaso que una palabra, por el solo hecho de haber nacido, tiene derecho a ser bautizada o a obtener carta de ciudadanía?
¿Es que cualquier palabra, se corresponda o no con el genio de la lengua, tiene derecho a pasaporte oficial?
¿Es que puede circular con el mismo salvaconducto la palabra que hermosea la lengua que el vocablo que la afea o la aplebeya?
¿Y cómo han de escribirse esas palabras? ¿Con un criterio fonetista o con arreglo a la ortografía tradicional?
¿Y qué relación puede tener todo esto con el futuro de nuestra lengua?
Todo esto es parte del temario de este Congreso y al Congreso compete establecer sus normas. De lo que estamos seguros es de que en los últimos tiempos los organismos oficiales de la lengua, con muy buen sentido, se han liberalizado, porque han comprendido que sin mayor amplitud las Academias serán, en vez de estímulo al desarrollo del idioma, impedimento y rémora.
Pero me aventuro a decir que sobre este tema no habrá nunca criterios definitivos. Ya Juan de Valdés nos deja entrever en su Diálogo de la Lengua, escrito en 1535, los dos extremos del viaje de este péndulo.
Cuando le pregunta Marcio por qué escribe con f lo que otros escriben con p, como en 'esfera', responde: "por conformar mi escritura con la pronunciación." Y más adelante al preguntarle el mismo amigo "¿por qué escrives con e donde otros ponen a como es 'rencor' y 'rancor'?" responde también: "Porque así me suena mejor y he mirado que así escriven en Castilla los que se precian de scrivir bien." Y en otro lugar añade:

Porque el estilo que tengo me es natural y sin afetación ninguna escribo como hablo, solamente tengo cuidado de usar vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo lo más llanamente posible, porque a mi parecer en ninguna lengua está bien la afetación.

En esas palabras están, pues, los dos criterios rectores: respeto al pueblo, gran maestro de lengua, y respeto al criterio y al uso de los hombres cultos. Respeto a la libertad y respeto a la norma.
Cuatro siglos más tarde, Amado Alonso, hablando de lo mismo -tema eterno- dice: "Si las dos lenguas se separan la lengua escrita acabaría en lengua muerta, la hablada, en patois, en dialecto sin valor general."
Llaneza, naturalidad, precisión. Lengua española hecha para el amor y para el mando. Desde allá, con ella, junto a ella están las grandes empresas del futuro.
"Con la decadencia de la lengua viene siempre la decadencia espiritual de un pueblo", dice Stenzel. Y Karl Vossler advierte:

Cuando el sentimiento nacional ha sido despojado de todos los refugios el lenguaje se convierte en la fortaleza espiritual desde la que un día, cuando los tiempos sean propicios, saldrá a reconquistar su puesto. El hombre que rechaza o abandona este refugio final y punto de partida de sus sentimientos nacionales no tiene honor, es un muerto para la comunidad social en que recibió su primera experiencia del lenguaje humano.

"Hay lenguas nobles y lenguas siervas," -dice Georges Weill- "estas últimas testimonio de las nacionalidades vencidas." No será esta lengua nuestra, nunca, una lengua vencida. Y cuando llegue el día de decir la última palabra, la diremos en español.
Podemos dar a otras culturas lecciones de honradez administrativa, de organización jurídica, de tolerancia política, de igualdad entre los hombres. Por esa herencia no nos afligen los conflictos raciales que en Estados Unidos han convertido cada minoría inasimilada en cáncer incurable: la minoría indígena (600,000) hacinada en los campos de concentración que llaman reservaciones; la minoría hispanoparlante (5,000,000) del sudoeste americano; la minoría negra (25,000,000); las minorías polacas, italianas, irlandesas, judías. Por eso la homogeneidad nacional de Estados Unidos depende de la identidad lingüística y la asimilación cultural. Tienen razón en procurársela dentro de sus fronteras. No tienen razón en imponérnosla a nosotros que somos una nación más homogénea, y de más clara identidad que la mayor parte de los pueblos que se llaman soberanos.
Cuando un pueblo pierde el sentido de la dignidad de su lengua es que va en camino de perder la dignidad de su historia. Y fuera de su historia el hombre es nada: material etnográfico; barro fácil para la mano ajena.



Alteraciones del español en Puerto Rico

La lengua española es la lengua de veinte pueblos y Puerto Rico es uno de ellos. A pesar de la distancia que separa a México de Argentina, a Chile de Venezuela, a España de las Antillas, la diversidad no ha roto la unidad fundamental de ese extraordinario instrumento de comunicación y de creación.
La lengua que se habla en Puerto Rico difiere un tanto de la lengua de Castilla porque los primeros pobladores son en mayor medida de Andalucía, de Extremadura y de las Canarias, que a su vez diferían por su léxico y su fonética de la lengua castellana.
La influencia árabe era más acusada en la lengua andaluza y en los primeros pobladores se acentúa también la prominencia de términos marítimos ajenos a la lengua usual de la meseta peninsular.
El castellano, que hasta la Real Academia de Madrid prefiere llamar español, se difundió en toda nuestra América con mayor efectividad que en España, donde todavía hay regiones en las que idiomas como el catalán y el vasco y dialectos como el gallego o el bable han persistido hasta el día de hoy.
En América el castellano fue la lengua franca. Gentes de las diversas regiones de España intercambiaron sus vocablos, modismos, acepciones y entonaciones con las innumerables lenguas indígenas, y el castellano al ensanchar su léxico y su extensión geográfica se hizo lengua española.
En América se observan alteraciones fonéticas y sintácticas similares a las que se observan en la lengua original de los colonizadores. La procedencia de los colonizadores, y de los inmigrantes después, marcan la lengua de los pueblos americanos con sello perceptible.
En Puerto Rico la lengua se nutre en los primeros años de andalucismos y más tarde, como ha demostrado Álvarez Nazario, de vocablos y rasgos canarios. Y como era inevitable, de términos marítimos que no son familiares en la meseta castellana, pero guarda con la lengua de la hispanidad la unidad esencial. Como puede verse muchas de las particularidades de la lengua de Puerto Rico son peculiares en la lengua española en todas partes. Las diferencias no son tan graves que constituyan amenaza inminente de distanciarnos de la lengua hablada y escrita del continente aunque, desde luego, la lengua escrita guarda mayor afinidad.
Entre los cambios que se están produciendo podemos señalar someramente los más importantes.

Usos pronominales

Características bastante generalizadas aunque generalmente coexistentes:
- la sustitución del posesivo, 'nuestro' y 'suyo', por las expresiones perifrásicas, "de nosotros", "de ellos".
- la sustitución del posesivo, "mi casa", "mi novia", por "la casa mía", "la novia mía".
- la anteposición del pronombre, 'tú', 'usted', al verbo, como en "¿qué tú quieres?'" en vez de "¿qué quieres tú?"


Usos verbales

La pérdida de la segunda persona del pronombre personal, 'vosotros', generalizada en la lengua usual de Hispanoamérica, ha borrado todas las formas verbales que corresponden a dicho pronombre en el español de España. Nunca se oye decir en Puerto Rico "como queráis". Siempre se dirá "como ustedes quieran".
El uso de los verbos 'haber' y 'hacer', como en "había muchos" o "hacía años" tiende, en la lengua usual a concordar en número el verbo y su complemento, "habían muchos", "hacían años", aunque encuentra cierto grado de rechazo entre gente culta.


Rasgos fonéticos

Coinciden los rasgos fonéticos de la lengua en Puerto Rico con rasgos similares en Hispanoamérica.
El seseo -sielo por 'cielo', sapato por 'zapato', sien por 'cien', también común en Andalucía y Canarias, es general en la isla, pero el ceceo, bastante difundido en el sur de España, es muy poco frecuente.
El yeísmo -cabayo por caballo-, también generalizado en Hispanoamérica y en regiones de España, es general en todo Puerto Rico.
También está generalizada la h aspirada en vez de la j velar de Castilla; como en 'juego', 'justicia'. Asimismo se ha generalizado, al igual que en la región costeña del Caribe, la h aspirada en vez de s al final de sílaba, como en "loh doh", aunque la ese suele pronunciarse cuando antecede a una vocal como en "más altoh". Forzar la pronunciación de la s final en la conversación corriente se considera afectado.
La neutralización de r y l está bastante difundida, como en "comel", "dolol", "amol". Pero es estigmatizada en sectores importantes de la población, así como la l en r, como en "sordao", "arma mía", aunque esta forma no tiene tanta difusión.
También la omisión de la de intervocálica, como en "cansao", "abogao", "morao", está generalizada al igual que en todo el mundo hispánico.
Hay, sin embargo, un rasgo fonético, que aparta a Puerto Rico de la lengua general del mundo hispanohablante, la r velar que ha invadido incluso sectores de elevado nivel cultural, y que es justificado motivo de preocupación para la conciencia culta del país.


Indigenismos y africanismos

Los africanismos en la lengua puertorriqueña no pasan de cien y apenas quedan treinta que sean familiares, como ñame, mofongo, jurutungo, ñénguere, etc. Natural es, sin embargo, que sean más numerosos los indigenisnos. Pero se circunscriben principalmente a nombres de sitios, lugares, utensilios, árboles y frutas. Algunas pasaron con los conquistadores a la lengua general, como cANOA, HAMACA, SABANA, MACANA, CACIQUE, CAREY, MAÍZ. Y algunos nos llegaron, también con los colonos de regreso o por las crónicas de otras lenguas americanas como AGUACATE, CHOCOLATE, TOMATE, COYOTE, del náhuatl, o COCA y PAPA del quechua.

Anglicismos

Los anglicismos invaden hoy casi todas las lenguas cultas y muchos han encontrado asiento en el Diccionario. Sin embargo, y a pesar de la resistencia del país en defensa de la integridad de su lengua, el peligro se ha agudizado en Puerto Rico por la relación política y comercial con Estados Unidos, por la emigración de millón y medio de puertorriqueños y por la rápida industrialización del país, pero son contados los cambios sintácticos.
Está, pues, la lengua española de Puerto Rico sometida a los cambios que surgen con el tiempo por influjo de tendencias generales de la lengua, por la proliferación de anglicismos, y por la creación en toda nueva generación de nuevas palabras y nuevas acepciones que pronto caen en desuso. Pero puede afirmarse que a pesar de lo apuntado la lengua puertorriqueña mantiene su identidad con la lengua del enorme mundo hispánico y su creación literaria es casi en su totalidad en español.



Presente y futuro de la lengua en Puerto Rico



Ha sido inevitable que desde 1898, al producirse lo que algunos califican de cambio de soberanía y otros llaman la invasión, se hayan producido en Puerto Rico alteraciones culturales y lingüísticas que han afectado marcadamente el habla y la lengua de los puertorriqueños. Sin embargo, y a pesar del embate de las corrientes asimilistas, y contra las apreciaciones generalmente superficiales del turismo intelectual, o de los que sólo nos conocen de oídas, es evidente que la resistencia de Puerto Rico ha sido por muchos conceptos, digna de admiración.
Llevamos casi cien años en esta pugna. No obstante, seguimos siendo a la fecha de hoy parte inseparable del mundo hispanohablante. Y los observadores del exterior que conocen a fondo la realidad puertorriqueña han podido percatarse de la intensidad del esfuerzo. No ha sido mucha la sangre derramada. Pero han sido heroicos los sacrificios.
Es evidente que los Estados Unidos, inflamados por la fiebre imperialista de fines del XIX y llevando bajo el brazo como una biblia la teoría del "destino manifiesto", pensaron que se podía repetir en esta pequeña isla que sólo tenía entonces un millón de habitantes la lamentable historia de Hawaii, o la que pudieron culminar con éxito, años más tarde, en las Islas Filipinas. Midieron mal. No pudieron sospechar la reciedumbre de la cultura hispánica, la fortaleza de esta lengua, que había sido capaz de fundir en una sola mil lenguas y dialectos americanos, y que es hoy la segunda lengua del mundo occidental por el número de sus hablantes.
El intento de suplantarnos la lengua se ha estrellado hasta ahora. La incógnita angustiosa es: ¿hasta cuándo podemos resistir?
No debemos hablar por hablar, y no gusto de decir lo que no puedo sustanciar. El bilingüismo es, para el Diccionario, "el uso habitual de dos lenguas en una misma región". Puerto Rico no es un pueblo bilingüe. Nuestra gente culta tiene un dominio razonable de la lengua inglesa. Los centenares de miles que han vivido muchos años en Estados Unidos, dominan el inglés imprescindible pero limitado de uso cotidiano. Pero la lengua española ha resistido. Y en la Editorial Universitaria, que dirigí durante cinco años, de cada cien libros presentados no había más de dos o tres en inglés.
Pero como muestra del grosero intento de suplantación basta recordar el Informe Clark presentado al Presidente McKinley por la comisión encargada de hacer recomendaciones sobre el sistema educativo que habría de implantarse en Puerto Rico. No podía entender Mr. Clark lo que significaba para los puertorriqueños esa lengua que nos vinculaba a una historia y a una cultura que guardaban en su acervo excelencias suficientes para sobreimponerse sobre los remordimientos.
Quien les habla, como toda su generación, pasó por la tortura de tener que aprender en una lengua que casi no entendía con unos maestros que casi no la hablaban. Medio siglo más tarde, en 1946, la lengua materna volvió a ser el lenguaje de la enseñanza. Sin embargo, hay poderosas razones para temer por el futuro de la lengua.
Puerto Rico es tal vez el único país del mundo en el que casi la totalidad de su población ha vivido parte de su vida en otro país. Miles de estudiantes han hecho o han terminado sus estudios en Estados Unidos. Miles de trabajadores van y vienen anuaImente a realizar trabajos agrícolas estacionales. Y en este momento se estima que cerca de dos millones de puertorriqueños viven ya en aquel país. La magnitud de esa cifra puede calcularse si sabemos que nuestra población frisa en los tres millones y medio de habitantes.
El hombre que empujado por las circunstancias tuvo que salir de nuestra tierra a otra, de otra lengua, otra cultura, otra raza y otra historia, se encontró en situación similar a la del desterrado. No repercutía en él la vida en torno. Entendía mal y lo malentendían. Prejuicios culturales y raciales lo marginaban. La lengua, el instrumento de la comunicación, lo aislaba. Y recurrió a lo que recurren casi todas las minorías, como las manadas cuando acecha el lobo: a juntarse. Y así, el puertorriqueño fue creando islotes, prolongaciones de su isla, en Nueva York primero y en otras ciudades después. Pero con pocas excepciones vive amarrado a la nostalgia. Ha inculcado a sus hijos el amor a la tierra que dejó atrás, donde se padecía miseria pero no había que sufrir otras ignominias.
Sin darse cuenta se fue vaciando de identidad. Después de diez, de veinte años, no ha logrado sentir que pertenece al pueblo en el que se ve forzado a vivir. Es ciudadano, pero la mayoría no ejerce los derechos de ciudadanía. No se siente parte. Y no participa. Ni comparte.
Si regresa pronto no tiene problema. Pero después que pasan muchos años ya no participa de las cosas de su pueblo como antes. No ha seguido el curso de los acontecimientos que fluyen como un río y se siente marginado. Se fue con una lengua empobrecida. Y regresa con la misma lengua algo desfigurada. Ha sido una figura trágica, pero ha padecido de un dolor tranquilo, resignado. El hombre que salió se encuentra de pronto sin salida.
Pero como ésta es una emigración de ida y vuelta hoy encontramos que en el Distrito Escolar de Bayamón hay 35,000 estudiantes cuyo vernáculo es el inglés, y hay que prepararles cursos especiales.
Pero lo más grave surge como resultado del inusitado desarrollo industrial de los últimos treinta años. Más de dos mil nuevas fábricas han abierto sus puertas y la mayor parte fueron atraídas de Estados Unidos por los incentivos que estableció nuestro gobierno, con carácter de urgencia, para crear empleos a una población que ya pasa de 1,000 habitantes por milla cuadrada. Ha sido doloroso pero inevitable. Y ahí es que está el grave peligro que puede acabar por convertir la lengua española de Puerto Rico en un papiamento que nos aísle finalmente de nuestro mundo.
Hemos iniciado el estudio del vocabulario industrial, pero el gobierno actual nos ha negado los recursos para continuarlo. Los estudios realizados muestran que en la industria textil hay un 40% de anglicismos. Y que es mayor en la banca y la bolsa. Si esta tendencia continúa el futuro es desalentador. Pero las palabras usuales de la lengua están intactas. Y no ha sufrido la sintaxis daños irreparables.
Me decía en una ocasión en Madrid aquella gran americana, maestra de la lengua, que fue Gabriela Mistral, que los pueblos giran inexorablemente en su órbita cultural-histórica y si se salen de ella se pierden en el vacío.
Con ese horror al vacío vivimos los puertorriqueños de conciencia. Hemos padecido la ansiedad del hombre al que quieren arrancarle la lengua. Hemos sido una isla rodeada de angustia por todas partes. Pero hemos resistido. ¿Hasta cuándo?



Capacidad para resistir



Al recibir el Premi de les Lletres Catalanas el poeta Mariá Monent citó unas palabras de Paul Valéry que quiero hacer mías. "No hay experiencia más dura que la de estar presente cuando hacen el elogio de tu propia obra." Y también dijo que "detestaba el protagonismo público." Y en eso vuelvo a coincidir con el poeta. Coincido, porque es elegante decir que uno no merece un honor, aunque uno lo crea y en el fondo le guste.
Claro que con la violencia verbal que se viene desarrollando y de la cual he venido a ser blanco últimamente, porque antes me daban el tratamiento del silencio, ya habrá alguien que salga a preguntar "¿Por qué diantres le dedican esta Fiesta de la Lengua a ese señor?" Eso mismo me pregunto yo. Lo que ocurre es que siempre hay gente que se equivoca. Y a mí me place ser víctima de esta equivocación.
Quien escriba pensando que se puede agradar a todo el mundo padece de peligrosa alucinación. Pero a riesgo de ese repudio se alquila la casa. Para obtener el beneplácito general hay que aprender cómo escribir de nada para nada, y para tal aprendizaje estoy mayorcito.
He escrito a veces con la intención de provocar risa, sonrisa o carcajada. A veces con indignación. Cuando a ese punto llego ya el humor no fluye. Pero nunca pensé que por pasar juicio -no siempre juicioso- sobre algunos temas fundamentales de nuestra cultura, nuestra lengua y nuestra historia, había de merecerme premios u homenajes.
Pero ya que así lo han creído los dirigentes de esta Universidad, por consenso, acepto regocijado el señalado honor en reconocimiento del tiempo de mi agitada vida que he dedicado a las letras y principalmente al periodismo.
¿Y por qué, puede preguntarse, al periodismo? Alguna gente niega al periodismo la alcurnia que tiene pero nada menos que don Miguel de Unamuno, mi maestro en la Universidad de Santander, advierte que, y cito, "nuestros mejores escritores se hicieron en la prensa."(1) Aquí también. Busque cualquier estudiante de nuestra historia el año terrible del 87 y encontrará que en la Asamblea del Partido Autonomista de ese mismo año, todos los miembros del cuerpo directivo menos uno, eran periodistas.
Me honra haber dedicado parte de mi vida al periodismo. Sin esa puerta de escape tal vez se me hubiesen quedado en el sistema infinidad de temas que por ese conducto pude tratar o maltratar, según el punto de vista. De no haber encontrado ese desahogo, posiblemente hace años hubiese muerto del hígado.
En 1952 publiqué un libro titulado, A fuego lento, 100 columnas de humor y una cornisa.
De allá para acá tengo alrededor de otras 400 columnas que espero amarrar con un prólogo en cuatro o cinco tomos, con lo cual conseguiré que la gente que ahora me mira mal, me mire peor, lo cual no es pequeña gloria. Me gusta el aplauso, pero no escribo para que me aplaudan.
Y ya que a este punto llegamos quiero aprovechar este breve espacio, esta tribuna inesperada, para fijar algunas cosas que nos seguirán perturbando por largo rato, así como algunas notas marginales sobre el humor.
Empezando por el principio, veamos primero una pequeña radiografía.
Asomándonos hacia San Germán desde cualquier azotea de este Recinto podemos entender algo sobre una historia que nos vienen tergiversando desde hace tiempo. ¿Por qué está San Germán aquí, en las Lomas de Santa Marta, y no en Añasco donde estuvo primero, o en Guadianilla donde estuvo después?
Está claro. Porque a nuestros primeros pobladores no los dejaban vivir durante sesenta años, los caribes primero, y los piratas y filibusteros franceses, holandeses e ingleses después. Y se mudaron a sitio donde pudieran defenderse mejor. No era pequeño el riesgo, pero fue mayor la persistencia. Y lo que quiero es que se vea cómo, desde el primer momento de nuestra existencia, hemos vivido una existencia histórica en precario. Nunca sabíamos lo que habíamos de ser al año siguiente. Quien quiera ver lo que hubiese sido nuestro futuro que se dé una vuelta por Jamaica, por Haití, por Curazao, para obtener una idea de lo que hicieron los otros países colonizadores de Europa, Inglaterra, Francia y Holanda, con nuestro hermoso archipiélago antillano. ¿Saben cómo se dice eso en boricua? Nos hubiesen partido por el eje.
Como sucede frecuentemente, la historia tiene extrañas maneras de reproducirse. Desde el primer momento nos desarrollamos bajo el signo de la precariedad. Pero también desde el primer momento tuvimos un rasgo evidente: nuestra capacidad para resistir. Así nos encontró el final del siglo XVIII. Y el final del XIX. Y a mediados del siglo XX hubo pánico ante el temor a un ataque aéreo de la aviación francesa de Martinica, que se creía estaba en poder de los nazis. Y nos bloquearon los submarinos. Y por meses no entraba un barco, como en el siglo XVI, cuando en dos años no entró una sola nave en nuestras bahías. Y ahora tenemos el problema de las bases atómicas y el riesgo de acabar derretidos como una cabeza de fósforo. Y ante eso ¿qué hacer? Pues, lo que hicieron los primeros ciudadanos de San Germán: buscar refugio. ¿A dónde? En el estado. Y morimos con igualdad de derechos y obligaciones. O en la independencia. Y morimos con el gusto de haber saboreado la plena soberanía que ya nadie tiene, y para lo único que le sirve a los que creen tenerla es para vivir en la plenitud del sobresalto. O nos quedamos como estamos y nos morimos tranquilamente esperando el plebiscito o las predicciones de García Passalacqua.
Y lo que he querido decir con esto es que hay problemas que perviven, que se niegan a morir, y que además no podemos matarlos porque están hechos de un material que se llama geopolítica y no depende de nuestra voluntad.




Notas sobre la lengua en Puerto Rico



1. Usos y abusos de la lengua


La historia nos hace la cultura. Y la cultura y la lengua crecen juntas y caminan cogidas de la mano. Si se sueltan se pierden.
Cuando un pueblo se corrompe la corrupción empieza en la palabra y en la manera de juntarlas. Quien no guarda el decoro para hablar, si no le importa ese supremo don que distancia al hombre de la bestia, no hay razón para esperar que guarde con decoro su conducta.
"Yo soy yo y mi circunstancia", dejó dicho Ortega, pero podríamos, parafraseándolo, decir también, "yo soy yo y mi palabra". ¿Acaso no es en nuestra circunstancia la palabra lo más íntimo? "Man-making words", palabras hacedoras de hombres, es frase de Emerson. Y si las palabras pueden hacernos, ¿es acaso que no pueden deshacernos?
Nada se corrompe de golpe; es un proceso. Y así, lo que la lengua pierde no lo notan generalmente los hablantes hasta que ya es muy tarde. Se han ido acomodando gradualmente al calco, al préstamo superfluo, al descuido fonético, hasta dar en el cambio sintáctico, que es lo último en ceder porque es el nervio del idioma y lo más resistente.
En la Europa Central hay pueblos que, sometidos por generaciones a otras naciones, hablan una lengua con su propia sintaxis pero son lenguas híbridas sin potencia creadora. En eso pensaba Weill cuando escribió:

Hay lenguas nobles y lenguas siervas. Las últimas son el testimonio de las nacionalidades vencidas.

Nosotros no hemos sido derrotados en guerra y no creo que veamos el día de darnos por vencidos. El sentimiento nacional late en el fondo de nuestro ser colectivo y cada vez que la oleada asimilista arrecia, la resistencia levanta la cabeza y cierra el puño.

Lamentablemente, ochenta y cinco años son casi un siglo y algunos daños ha sufrido la lengua, pero no son irreversibles. No son pocos hoy los países que han tomado precauciones y hasta medidas enérgicas para guiar los cambios lingüísticos: Francia, España, Colombia, Venezuela. La ley francesa obliga a poner nombres franceses a las empresas como condición para obtener ayudas estatales. En Venezuela se penaliza a los locutores que maltratan el lenguaje en sus locuciones. Y en España, Lázaro Carreter pide se promulgue una ley de uso del español que entre otras cosas uniformice el lenguaje científico.
El uso innecesario del pronombre personal, indispensable en inglés, afea y entorpece la expresión tontamente. "Yo no iré porque yo no quiero" es de uso frecuente. ¿Por qué no decir "no iré porque no quiero"? Otro error que delata al que estudió en el Norte es la sustantivación del artículo: "El contrato firmado ayer fue uno que no satisfizo a nadie."
El abuso del gerundio es otra tacha: "Estoy siendo considerado para un cargo", que es un calco de la sintaxis inglesa, "I'm being considered". Decirlo así en español es una desconsideración. Y el abuso de la voz pasiva que, como decía en artículo protestando su proliferación Salvador de Madariaga, afemina la lengua.
Para nombrar el pago que una persona recibe por un trabajo, una tarea, una gestión, hay numerosas palabras en español: salario, sueldo, jornal, mesada, estipendio, remuneración, retribución, emolumento, honorarios.



2. Sobre la poesía


No creo que nadie deba ponerse a escribir versos 'netamente' puertorriqueños: la poesía es del infinito, y si buena, de la eternidad. Todos debemos ponernos a escribir, si somos poetas, poesía. Limitándonos a escribir versos puertorriqueños nos llevaría a provincializar la poesía, a dar carácter geográfico a lo que es del universo. Nada más empobrecedor que meter la creación poética en la camisa de fuerza de las latitudes. Las fronteras políticas le constreñirán el ámbito. Pegaso es un caballo alado, nacido de la mitología, padre de los centauros, corcel de las musas, encargado por Júpiter de anunciar el relámpago y conducir el carro de la Aurora. No hay que confundirlo con la jaquita baya, con el jamelgo que aquí llamamos chongo o con la yegüita del jibarito: triste ella y triste él.
Poesía, buena poesía, poesía suficiente puede darse lo mismo en el palacio que en el bohío, en la terrible estepa castellana, en la pampa sin fin, en la bajura...del trópico, en la ciudad ruidosa y tensa o en la paz del pueblito atado al campanario. Puede estar dondequiera porque es su patria el alma de los hombres. Puede hablar cualquier lengua y desde cualquier raza porque nace en la sangre que es de un solo color y si nace en la piel, que es de tantos colores, es epidérmica. Puede estar en la hoja desprendida del árbol que se aleja en el aire como diciendo adiós, en el ave que cruza y nos dice su nombre -jiú, judío, bienteveo, pitirre, guaraguao- antes de proseguir su viaje hacia el quién sabe. Está en el hilo musical del riachuelo que canta como un niño antes de hacerse río, en la nota sin fin de los coquíes que le hacen al silencio lo que hacen las estrellas a la noche. Está en la angustia del hombre, el único animal que sabe que se muere; el único que pudo con el sexo hacer el amor.
Poesía es vida y lucha, amor y muerte. Ser y saber que un día se dejará de ser. Y buscar el misterio detrás del horizonte y sentirse indefenso a pesar de su fuerza y doblegar su orgullo para hincarse ante Dios.
Un día desconocido el hombre salió del animal por la palabra y dominó su mundo palabra por palabra. Nada existió hasta que fue mentado. Y primero juntó la palabra y las cosas y después dio en el juego de juntar las palabras y encontró la poesía que está "donde las palabras se encuentran por primera vez".
El hombre aprendió a hablar con la naturaleza. Primero la imitó. Después la recreó. Las palabras con r dicen ruido; las palabras con k dicen caída; las palabras con l son de la luz que está en la estrella, el lucero y el sol. La a pregunta; con la o decimos el asombro; con la e lo que se pone en duda. Con la i la sonrisa: no se puede decir que sí sin sonreír.Y la u es la letra del susto, del temor.



3. Confusión de confusiones

El pitito, el silbido es señal de mofa en nuestra cultura. En Estados Unidos, señal de agrado. Pues tal como se demuestra en un acto artístico o político, si el cantante u orador reciben como premio un torrente de aplausos y silbidos nunca sabrá si ha contado con la aprobación del respetable. Un cantante extranjero salía de aquí con el rabo entre las piernas después de una función. Iba que no le olían ni las azucenas.
"Nunca me han tratado tan salvajemente", me dijo, cariacontecido.
"No, hombre, no. Si le estaban mostrando su aprobación. Pitan para que repitan".
"¡No me digás, che!". Y se iluminó como un anuncio de neón. "Pero si yo cancelé para quitarme de encima tan grande sufrimiento. Y ahora vos me decís que estoy equivocao. Alabao".
No sé por qué los argentinos se las arreglan para hablar en tango. ¿Que cómo en tango? Con una cancioncita especial que termina en descenso musical como un llorao. ¡Anda! Se me ha pegao.
Pero no crea nadie que bromeo. Esa no es la única confusión. Los contrasentidos, las acepciones nuevas de viejas palabras son parte del negocio. Estamos haciendo préstamos lingüísticos que después serán más difíciles de cancelar que las deudas hispanoamericanas.
Creo que la guerra frente al anglicismo está perdida. He dicho muchas veces que el que inventa, bautiza, a menos que la suegra o el abuelo se impongan con lamentación general. Pero como ha sido tan copiosa la inventiva anglosajona en los últimos ciento cincuenta años, le han puesto nombre a sus hallazgos o a sus invenciones. Con frecuencia toman las palabras nuevas del griego o del latín, y esas palabras penetran al español como si fuera su propia casa. Naturalmente. Puesto que están en su casa.
Pero paralelamente el anglo-americano acuña el término combinando palabras. Es una de las muchas riquezas de la lengua inglesa su flexibilidad: la facilidad para convertir un sustantivo en verbo, así como, puesto que es un lenguaje monosilábico, la facilidad de juntar dos palabras para hacer una nueva. Pueden ser múltiples los ejemplos: feed-back -con lo que retroalimentación no puede luchar.
No es fácil arreglárselas con siete sílabas y luchar contra dos. Al mismo tiempo, ¿cómo decir in-put y out-put ? Creo que sería conveniente traducir por una palabra española breve que pudiera rendir un efecto similar: carga y descarga. También se podría decir insumo, pero lo contrario sería exsumo, que suena a exhumación.
No hay que cargar la mano dando ejemplos que acabarían sirviéndonos de anestésico. Ni el artículo ni la conferencia deben hacer el papel de nana. La mayor ofensa que se le puede hacer a un conferenciante es un ronquido. Y a un escritor, usar su artículo para empaquetar basura.


4. Cultivo de la lengua

La lengua produce palabras como la tierra produce yerbas, pero con las yerbas crecen las plagas, que si no se extirpan cubren y ahogan la yerba buena. La caña de azúcar, por ejemplo, la reina de las gramíneas, hay que cultivarla. Si se dejan los surcos a la buena de Dios, las yerbas inútiles y las plagas absorben la savia de la tierra, se enredan en los tallos, y la caña se amatoja, como dice el jíbaro en buen español: pierde peso, pierde altura y pierde dulce. Cualquiera que pase por nuestros campos puede distinguir a ojo la diferencia entre un campo cultivado y un campo sin cultivo. La lozanía de una plantación depende de la mano del agricultor, de su amor por el campo, del orgullo de su trabajo que no tiene por qué estar divorciado de su interés. Cuando esto ocurre no sólo en la caña sino en el cultivo de cualquier producto, cuando la hojarasca y el bejuco cubren la cepa entorpeciendo su desarrollo, también dice nuestro jíbaro con su adecuada manera de decir, que la arruina el vicio, la abundancia de hojas a costa del fruto.
La lengua como el hombre crecen en la tierra. Hay que cultivarla. Hay que aterrarla, hay que extirpar la yerba mala y la plaga que la aniquila; hay que regarla y abonarla. No se puede permitir que la aniquile el vicio.
Los vicios que atacan nuestra lengua cambian en la geografía y el tiempo. En nuestra tierra esos vicios son numerosos: los extranjerismos que aquí son casi totalmente anglicismos. Y hay que distinguir los necesarios, que son inofensivos, de los innecesarios, que dejan caer sobre la lengua su peso muerto. Son los calcos los que la enredan en la maraña de la confusión; es la sobreimposición de formas sintácticas ajenas a la índole de la lengua propia la que le resta fuerza y vitalidad.
Siguiendo con el símil de la caña vuelvo a la naturaleza, que fue la primera maestra de idiomas. Al darle a la caña el cultivo oportuno, crece saludable y la maleza se muere por su cuenta. Cuando la pieza de caña se cierra, ya no hay campo para el vicio; crecerá erguida y recia, producirá el dulce de la savia que la nutre, y la guajana, que es su flor, nos dice su madurez que es cuando está lista para el corte. Sin embargo, no todos los peligros le vienen a la caña desde afuera. Algunas son propensas a enfermarse porque resultan débiles en ciertos climas. Y esos males que les vienen de adentro también son peligrosos. La Argentina tiene que sufrir de su sh, como en el cabasho; México, de su consonantismo de influencia nahuatl, ps sí; Colombia de su aspiración de la ese inicial, Jí jeñor; Puerto Rico de su neutralización de r y l, como en sordao, volvel, y de su hasta ahora irrefrenable erre velar, de origen indo-africano, que nos aparta de la lengua general.
Si hemos de propulsar la unidad de esta gran lengua, ha de pedirse a cada pueblo que cultive su parcela. Toda esta cháchara de las leyes internas de la lengua propugna la anarquía, la dispersión, la desintegración, la dialectalización. Pero la lengua no cae dentro de las ciencias naturales. Ha de considerarse que pertenece a las ciencias culturales, y no hay nada que el hombre produce que él mismo no pueda corregir si se daña o enderezar si se tuerce.


5. La punta de la lengua

Con frecuencia oímos decir "lo tengo en la punta de la lengua". Sí. En la punta de lengua, clavadas, se nos retuercen las palabras. Pero no salen. Y cuando salen no son las que creíamos poseer. Les falta la precisión, la exactitud. Resultan inadecuadas, insuficientes. Una palabra mal puesta es una palabra muerta.
La consecuencia lógica es que todos los que, educados fuera de su lengua o al margen de ella, no han tenido la preocupación de ocuparse de ella y de cultivarla, acaban hablando un idioma anodino plagado de expresiones realengas. Nos ha tocado en suerte a los puertorriqueños la agonía sin fin de la frontera.


6. Lengua e identidad

Puerto Rico es el jíbaro que trazó a pie descalzo caminos al contorno de los cerros, con precisión de corte topográfico, y hoy cruza por el mismo paisaje en carro americano o japonés sin sorprenderse.
Puerto Rico es el pescador de bronce tostado al sol y al viento, acostumbrado al silencio y al murmullo del mar, y que apenas se atrevía a cruzar el horizonte, y hoy cruza veloz con su motor de borda sin miedo a que lo coja el holandés. Puerto Rico es el cortador de caña doblado bajo la canícula y hoy surca lo que queda de aquel oleaje de guajanas en máquinas de aspecto monstruoso que hacen en un día el trabajo de cien hombres.
Puerto Rico es el café de las viejas haciendas que aromó los banquetes de las cortes de Europa, y hoy, achicados los fundos por azares del tiempo, dejó ir al hombre que lo cultivaba a los fanguitos de las viejas ciudades de la costa y de ahí otra vez a la mar y a la miseria del arrabal y el frío de ciudades ajenas.
Puerto Rico es el hombre que maneja la azada y cochea la yunta, y de pronto lo vemos en la fábrica manejando engranajes y centrales; el hombre de la jaca que ahora cruza veloz montado en los caballos de fuerza; el hombre que grita por su gallo en el ruedo y hoy es una estrella de las grandes ligas y trae los campeonatos de tenis y boxeo, sin que ya lo congele la sorpresa.
Y es la niña que pasea por la plaza del pueblo y cruza el mar y trae sobre las sienes la corona de Miss Universo.
Y es el que ensaya en el bar o en el tenducho la canción, triste siempre, del amor imposible, y llega al Metropolitan y a Hollywood o viene con un "Oscar " bajo el brazo.
Puerto Rico es aquel pueblo amodorrado al calor de la siesta "donde mi pobre gente se morirá de nada", como decía Luis Palés, y hoy se muere de sobresalto, o de tensión, o de pretensión, o de hipertensión.
Puerto Rico es el paisaje ondulante, casi femenino, que conoce todos los tonos del verde y languidece al sol como en una novela novecentista, y se puebla como por milagro de canciones de río y de cantar de pájaros. Y hoy, aunque esté cruzado de autopistas y de ruidos, es el mismo paisaje. A través del tiempo todo cambia pero algo permanece.
La historia es cambio pero en relación con algo que permanece constante, y aquí permanecen los recuerdos de una historia grande, las virtudes de una cultura recia, la solidaridad de una raza, que no es para nosotros ni sangre ni color, ni es biología, sino comunidad de pensamiento y de destino; y es una lengua hecha para el imperio y para el mundo. Sobre esas cuatro columnas, historia, cultura, lengua y raza, se levanta el sentimiento nacional que nos identifica con nosotros mismos y nos hermana con veinte pueblos y millones de hombres que no hemos visto nunca, con sus angustias del presente y con su voluntad del futuro. Diversos son como sus paisajes; diferentes por su composición racial; divergentes por sus tendencias políticas accidentales, pero entre todos, como una cadena irrompible, está nuestra lengua inmortal, nuestra máxima señal de identidad.