Tabla de Contenido

¿Existe el bilingüismo?

Acotaciones sobre bilingüismo

Consideraciones finales

Implicaciones políticas del bilingüismo

Diversas clases de bilingüismo

Notas sobre bulingüismo

1. El anglicismo

2. Bilingüismo y anglicismo

3. Problemas del bilingüismo

III. EL BILINGÜISMO




¿Existe el bilingüismo?




Para mí la respuesta es clara. Un panelista en un debate recientemente televisado aseguró muy orondo: "Yo no tengo problema, yo soy bilingual".
El bilingüismo no existe. Los que creen poder expresarse igualmente en dos idiomas sufren de un espejismo engañador; confunden la lengua con la fonética.
Es frecuente que el hijo de unos emigrantes puertorriqueños que llega a Estados Unidos a los diez o doce años, con su lengua ya bastante hecha, y a quien le siguen hablando español en su casa, pero que recibe su enseñanza en inglés hasta los dieciocho o veinte años, pueda expresarse en ambas lenguas con alguna soltura y sin que se le note un acento extranjero que lo traicione. Pero aunque no se dé cuenta una de las dos lenguas es dominante. Sólo se sentirá emocionalmente cómodo en una de ellas. Y sólo en la lengua dominante podrá hacer labor creadora de mérito. Es posible que pueda escribir cartas comerciales en cualquiera de las dos lenguas sin mucha dificultad, pero se las verá negras cuando trate de hacer literatura. Podrá versificar en ambas lenguas pero sólo en una de ellas dará en la auténtica poesía que es donde hacen eclosión los misterios del alma humana. En una lengua aprendida no se llega a esas honduras.
Enseñar una segunda lengua, o preferiblemente varias, es noble propósito educativo. Abrir caminos hacia otros mundos culturales amplía los horizontes del hombre; le permite descubrir otros mundos que le son desconocidos a la mayor parte de los mortales, pero ha de tenerse cuidado de que en el camino no se lesione la propia. La ambivalencia de dos lenguas en la formación del niño puede llevarlo a poseer dos medias lenguas que no suman una.
Cuando se aprende bien una lengua ajena, las dos lenguas, la propia y la adquirida, no se juntan. Por eso es tan peligroso cualquier método que las mezcle en tal forma que las confunda. El fenómeno es común en toda frontera, o en situaciones de tipo colonial como la que se dio en Puerto Rico hasta 1952, cuando la instrucción se liberó de las trabas de la enseñanza en inglés. El propósito de suplantarnos la lengua obligó al ensayo de innumerables métodos con desastrosos resultados. Por una parte, la retardación del aprendizaje, violándose así uno de los principios básicos de la enseñanza: aprender más en menos tiempo; y por otra parte, el empobrecimiento de las dos lenguas; la confusión del vocabulario y la alteración de la sintaxis.
Caricaturas parecen algunos ejemplos que he recogido al vuelo, pero son auténticos y más frecuentes de lo que quisiéramos admitir.
"Hay que escribir algo que tenga un buen responso", para decir que cause una buena reacción. Para decir: hemos tenido un beneficio neto de 15,000 dólares, "nos netan quince mil". O se traduce, "let's call the meeting to end", "vamos a llamar la sesión terminada".
Cuando nos topamos con palabras de un mismo origen que acaban por significar cosas diferentes en dos lenguas distintas, como es el caso de response y 'responso', no es extraño que ocurra la confusión del primer ejemplo. En el segundo ejemplo, net y 'neto' significan lo mismo. Pero el inglés que con tanta facilidad convierte un sustantivo en verbo, dice to net. El hispanohablante creyó que podía hacer lo mismo y se inventó el verbo "netar".
En el tercer ejemplo lo que tenemos es una de esas traducciones literales que tan asiduamente resultan traicioneras.
Por ese camino puede cada cual por su cuenta encontrar un fracatán de ejemplos. "Estoy reminizando". Existe en español 'reminiscencia', como en inglés. Pero no existe el verbo. Y gradualmente nos vamos acostumbrando al anglicismo que ya deja de ser asunto de broma oír a una niña preguntar ¿Mami, como se dice nice en inglés? O a una muchacha que le dice a su madre, "No, ahí no, ese es el ladies de los hombres", o a un joven que al hacer una presentación dice con la mayor naturalidad, "Señorita, permítame que le introduzca al profesor".
Me empezó a preocupar el problema desde que hace años al hacer estudios sobre la emigración me percaté del deterioro gradual de la lengua del emigrante puertorriqueño en Estados Unidos. Y puesto que una crecida proporción de toda emigración regresa a su país de origen, sabía que aquí regresarían miles de boricuas con su lengua un tanto maltrecha o totalmente perdida. Y hoy, tengo entendido que hay alrededor de 70,000 niños en las escuelas públicas cuyo vernáculo es el inglés.
Y me preocupó también cuando trabajé en Fomento al iniciarse el programa de exención contributiva, que aquellos centenares de fábricas que se levantaron casi milagrosamente en los primeros años traían sus gerentes, que se llamaban managers, sus capataces, que se llamaban foremen, sus manuales de instrucción, que se llamaban "literatura", y que posiblemente los trabajadores habían de aprender en inglés los nombres de materiales, equipos y procesos fabriles.
Y así ha sido. La Academia Puertorriqueña realizó un estudio que confirma que existe ya un proceso avanzado de descomposición.
Cometen grave error los que aseguran que aquí la lengua no sufre daños de consideración. De lo expuesto cualquiera puede deducir que corremos grave peligro de desembocar en un patois, en un créole, que hace más de treinta años bauticé con una palabra que se ha popularizado en todas partes: el espanglish. Más tarde acuñé otro vocablo que no ha tenido tanta fortuna: el inglañol. No son la misma cosa. El espanglish es la españolización del inglés, como en "lonchar", "taipear", "surfiar", "roshear". El inglañol es la anglificación del español, y ahí entran los cambios sintácticos y los calcos, como cuando decimos 'apología', que en español es un elogio y en inglés una excusa, u 'operativo' por una acción policial, o fastidiousness, que en inglés es escrupulosidad y que algunos confunden con el 'fastidio', que en español se dice de algo que nos causa disgusto, molestia o hastío. O cuando decimos mil "tropas" que en inglés puede significar mil soldados, y en español son mil contingentes de soldados. O cuando se confunde 'fatalidad' que en español es desdicha o predestinación con el fatality que se usa en inglés para decir muerte. Si podemos decir que los puertorriqueños sufrieron 2,000 "fatalidades" en Corea, alguién dirá que miles de heridos fueron miles de "casualidades" (casualties).
Un buen traductor no incurre en semejante confusión. Por eso una buena traducción no contribuye a la confusión que las malas traducciones provocan en un idioma. Y siendo esto el caso, y por el choque de casi un siglo de las dos grandes lenguas de América, debía Puerto Rico contar ya con la mejor escuela de traducción de América.
No acaban de percatarse los partidarios del inglés a rajatabla que el inglés sufre más que el español. El encuentro de estas dos lenguas, que razones ideológicas irracionales han convertido en choque que puede ser mortal, debiera enriquecerlas a ambas; la creación de una lengua híbrida, en cambio, inutiliza la creatividad, y al apartarnos de la lengua general nos incomunica con los dos mundos dentro del que discurre nuestra vida.
No hay en esta advertencia prejuicio alguno contra ninguna de las dos lenguas en las que venimos obligados a desenvolver nuestra vida en lo político y lo personal. No tengo al anglicismo el horror que estremece a puristas y conservadores. En todo idioma existen palabras de difícil o de imposible traducción. Y cuando una lengua carece de un vocablo lo que tiene que hacer es adoptarlo, y siempre que sea posible, incorporarlo de acuerdo con la índole del idioma que lo recibe.
Lo que no puede hacerse sin dolorosas consecuencias es diseñar un sistema de instrucción montado sobre las necesidades del emigrante o para complacer a los turistas. Si lo único que persigue una lengua es la comunicación, con pocas palabras basta. Nos podemos entender hasta por señas como las tribus del Oeste norteamericano. Pero historia, cultura y lengua son inseparables, y las tres se están agrietando tan rápidamente que podemos desembocar en un derrumbe. Es imperativo mandato cerrar las grietas y apuntalar las murallas antes de que sea tarde.
La escuela, que prácticamente ha desterrado el arcaísmo, puede poner coto a ese posible desastre: enseñando español en español y enseñando el inglés desde el español. El vocabulario es asunto fácil. Cualquier persona inteligente puede aprender mil palabras en cien días, y a conjugar veinte verbos. Y con eso tiene ya el instrumento para comunicarse.
La dificultad se encuentra en la manera de decir las cosas: en los decires, los giros y los refranes. Dos o tres ejemplos deben bastar.
Si le decimos a un estudiante que traduzca, "un día sí y otro no", se dará cuenta de que no puede decir "one day yes and one day not". En inglés tendrá que decir "every other day". Póngalo a traducirlo al español, y se dará cuenta de que decir "todo otro día" no es español. Pídale que traduzca "las diez menos cuarto" y se dará cuenta de que "ten minus quarter" no es inglés. Aprenderá a decir "fifteen to ten". Póngalo a devolver la frase al español y verá que "quince para las diez". no suena en su vernáculo.
¿Y cuándo es tarde? Ya mismo. Cuando una estación de radio se pasa el día dando la hora diciendo, "tres para las doce". Ni el locutor ni el oyente acaban por notarIo; hacen suya la expresión sin percatarse del daño. Cuando esa actitud de laissez faire se propaga y se difunde, ya puede ser tarde.
Pero el tiempo excesivo que se dedica al inglés se extrae del tiempo dedicado al español. Hay laboratorios de inglés pero no hay laboratorios de español. Han supuesto algunos educadores que la lengua propia se cuida sola. Y vemos salir anualmente de la "Jai" a la "Iupi", legiones de jóvenes con la sintaxis herida y la fonética maltrecha. Les enseñaron a cuidar la letra pero se olvidaron de la pronunciación. Miles, no se cuántos miles, no se enteraron de que la boca es una caja de resonancia y hablan con la boca abierta, con lo que la claridad de los sonidos vocales resulta en la indefinición de una película velada: la neutralización de r y l es un pecado cultural que en sí mismo lleva la penitencia; la r velar es un defecto que algunos, inspirados en un seudonacionalismo bobo, creen que es parte de una supuesta "lengua nacional" en formación.
Nuestra posición es que el hombre puede influir deliberadamente en el destino de su lengua; que todo cuanto contribuya a separarnos de la lengua general del mundo hispánico puede convertirnos en un islote culturalmente estéril, desierto de individuos creadores porque fueron condenados al tartamudeo.
Ha dicho Bernard Shaw que Inglaterra y Estados Unidos son dos pueblos separados por la misma lengua. Pues bien, Puerto Rico puede ser un pueblo separado de las dos Américas por dos lenguas; del inglés, por el espanglish, y del español por el inglañol. Será el camino más seguro para que cada puertorriqueño acabe por ser "un Mister nadie de ninguna parte."
Un bilingüismo que acabe por desfigurar dos grandes lenguas, más que bilingüismo debe llamarse vil-lingüismo.




Acotaciones sobre bilingüismo




Vamos a tratar juntos de un tema muchas veces maltratado, de interés fundamental para el futuro de la enseñanza y de la lengua en los pueblos que hablamos español.
Se está abusando de los esdrújulos en todo escrito que pretende ser docto, y no hay ponente o proponente que no se sienta obligado a hablar de la temática, la informática o la problemática; sobre todo de la problemática. Son tantos los problemas que nos acucian que estamos desarrollando cara de problema insoluble.
Debemos hablar de una problemática cuando nos confrontamos a una congregación de problemas. Pero aquí solamente hemos de tratar de uno de ellos. A eso dirijo concretamente estas breves palabras. No deben ser muy graves los problemas de enseñar una segunda lengua a menos que vaya envuelto en el proyecto un intento de suplantación de la lengua propia que mejor podría llamarse atentado.
Llamaríamos, con propiedad, bilingüe, a un país que hablase dos lenguas indistintamente y con la misma fluidez. (No sé si tal país existe.) Y en tal sentido Puerto Rico no puede decirse que es bilingüe aunque contemos ya con un crecido número de personas que parecen dominar el español y el inglés con la misma soltura y hablan las dos lenguas sin acento apreciable, sin que apenas se note el influjo de una sobre otra.
Pero si ahondamos un poco esto no es completamente cierto. Estos mal llamados bilingües en realidad "dominan" una sola lengua y tienen un dominio mucho más superficial de la otra.
El caudal de personas bilingües en nuestro medio nace de tres fuentes distintas. Los estudiantes que han hecho su aprendizaje desde el comienzo en escuelas que imparten la enseñanza totalmente en inglés; los emigrantes o hijos de emigrantes que se forjaron en Estados Unidos; y los estudiantes puertorriqueños que prosiguen estudios en Estados Unidos durante cuatro, siete, y a veces doce años. Pero casi invariablemente estos grupos se sienten más cómodos expresándose en lengua inglesa. Algunos de los más conocidos prefieren escribir en los periódicos o revistas en lengua inglesa que circulan en Puerto Rico.
Por lo demás la inmensa mayoría de los puertorriqueños sólo se siente a gusto en su lengua materna, y no excluyo a los miles que se han formado en nuestras universidades.
Si esta es la realidad después de ochenta años de estrecha relación política y económica con los Estados Unidos, creemos que es tiempo de arrumbar los métodos que pretenden alterar la realidad.
Puerto Rico no es un país bilingüe, ni va a ser bilingüe. Tratar de crearle tamaño problema sólo produciría daños irreparables en la enseñanza y por ende en el desarrollo de nuestra cultura.
Es importante que se celebre aquí una reunión de Ministros de Educación de los pueblos de habla española, porque aquí hay la oportunidad de ver dos caras de una política educativa: la que plantea el problema pedagógicamente y la que sobreimpone sobre el problema criterios fundamentalmente políticos.
Nuestra asociación política con los Estados Unidos, nuestro voluminoso movimiento comercial con ese país, nuestra copiosa emigración hacia los estados del Este, nos coloca en la necesidad de dar al idioma inglés una importancia que rebasa la que normalmente se daría en cualquier país al aprendizaje de una segunda lengua.
Si unimos el hecho de que la lengua inglesa es casi una lengua franca y la más difundida como segunda lengua por todo el globo, con el hecho de que casi dos millones de puertorriqueños viven y trabajan en Estados Unidos, se comprende la preocupación que se otorga en nuestro medio a su aprendizaje y a la prolongada discusión sobre los métodos más eficaces de aprenderla.
Lamentablemente, la motivación política ha provocado confrontaciones emocionales que nada añaden a la comprensión del problema y a la adopción de los métodos más eficaces para adquirir mayor conocimiento del inglés en menos tiempo.
Es imprescindible, si hemos de ser fieles a la historia, recordar que el gobierno de Estados Unidos hizo un intento serio de sustituirnos la lengua materna por el inglés. En 1947 el proyecto fue desechado después de cincuenta años de resistencia. Si se intentase nuevamente la resistencia sería hoy mayor que ayer.
En mi calidad de Director de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española me compete fijar mi posición que estoy seguro será la opinión mayoritaria de ese cuerpo.
PRIMERO. Nos oponemos al intento de crear un Puerto Rico bilingüe artificialmente.
SEGUNDO. Apoyamos la adopción de los medios pedagógicos más eficaces para generalizar el aprendizaje de una segunda lengua.
TERCERO. Aceptamos que por nuestra relación con Estados Unidos la segunda lengua a la que debe darse más importancia sea el inglés.
CUARTO. Sostenemos que la enseñanza debe impartirse en la lengua materna.
QUINTO. Apoyamos la enseñanza del inglés. Condenamos la enseñanza en inglés.
Estamos de acuerdo con los que creen que el hombre puede influir deliberadamente en el destino de su lengua. Enseñar a hablar es enseñar a pensar. Enseñar a hablar bien es enseñar a pensar bien.
Si el lenguaje es convencional, es parte del convenio que debe servir para entendernos. Alterar su sintaxis caprichosamente, cambiar el sentido de las palabras demasiado velozmente, desfigurar la pronunciación, dificulta la comunicación, aísla, traiciona su función.
Interesa a cualquier pueblo culto que su gente hable, además de la propia, una o más lenguas ajenas. Una segunda lengua es una segunda lengua, y cualquier intento de equipararla con la vernácula sólo servirá para empobrecer las dos, para desarrollar vicios de dicción insubsanables en la lengua aprendida, para disminuir la capacidad expresiva, para retardar el conocimiento, y en último término para propiciar el desarrollo de un papiamento que puede calificarse de suicidio cultural si nos damos al ensayo por voluntad propia, o de genocidio si se nos impusiera desde afuera.
Una segunda lengua es una segunda lengua y no hay que tratarla como si se quisiera que llegue a ser la primera, o que con ella se empareje hasta que pueda cada cual tener dos lenguas iguales.
Esos fenómenos no se producen colectivamente. Pueden producirse en casos aislados y en circunstancias especiales. Dos casos en América ilustran el hecho. El papiamento en Curazao. La resistencia dos veces centenaria de las provincias francesas del Canadá.
La comunicación, como dijimos antes, es parte del convenio. Pero una lengua es mucho más; es un acervo de experiencias pretéritas, el vínculo emocional del presente con el pasado y con el futuro; es la raíz de dos factores: la identidad y la continuidad.
Ha de preocupar pues a los puertorriqueños que su política educativa no esté al vaivén de experimentos que puedan conturbar emocionalmente el ser colectivo, el espíritu del pueblo. No se puede someter a un millón de niños a un experimento que puede dar óptimo resultado realizado sobre pequeños núcleos escogidos por maestros escogidos en condiciones de laboratorio. Si no se hubiesen probado y comprobado los efectos posibles de la vacuna Salk contra la poliomielitis antes de inocular a toda la población infantil, Estados Unidos se habría arriesgado a convertirse en un pueblo de paralíticos. Los efectos intelectuales y emocionales de un política errónea en materia de enseñanza de una segunda lengua puede llevar a un pueblo entero a una parálisis emocional, al tartamudeo creativo, a la vacilación expresiva, a la sociosis, que es la neurosis social, a un estado de astenia colectiva rayano en la parálisis. Lo grave de tal situación es que a diferencia de la parálisis física que puede ser inmediata y es siempre visible y dramática, la otra, la del espíritu, es gradual, no da motivo inmediato de alarma, pero es no menos perniciosa. Y sus daños son con frecuencia irreparables.
Estamos contra el bilingüismo y la enseñanza bilingüe en Puerto Rico. Disfrutamos de una homogeneidad lingüística indiscutible y esa unidad que nos vincula indisolublemente con una historia, una cultura, una lengua mayor, no puede disolverse sin poner en peligro dos derechos sagrados, el derecho a la identidad y el derecho a la continuidad.
Tratar de convertir un pueblo monolingüe en un pueblo bilingüe es crear un problema artificial de lamentables consecuencias futuras, en lo cultural y en lo político. Estoy seguro que los encargados de la misión educativa se guardarán de volver a insertar en el campo de la enseñanza el intento de suplantarnos la lengua que moldeó el sistema educativo hasta 1947, o de insistir en un bilingüismo que sólo serviría para provocar una reacción mucho más violenta que la de ayer y un recrudecimiento de la confusión que surge de tratar de someter la pedagogía a la política.
Comenzar la enseñanza de una segunda lengua antes de que se haya desarrollado la capacidad del niño para pensar lógicamente no es sólo una pérdida de tiempo, es un obstáculo al aprendizaje y una dolorosa experiencia que en incontables casos lesiona permanentemente el desarrollo de la inteligencia y de la personalidad.




Consideraciones finales



Un monje anónimo, hace ahora 1,000 años, al esforzarse por trasladar un período del latín a la lengua que ya empezaba a balbucerse en la región cantábrica, nos deja en lo que se ha llamado Glosa Emilianense el primer testimonio escrito de esa lengua que más tarde se llamó castellano y hoy preferimos llamar español.
Podemos, pues, decir que esa es la fe de bautismo de esta lengua que 250 millones de hombres podemos llamar nuestra con orgullo; de esta lengua destinada a difundirse de siglo en siglo y de mundo en mundo.
Y termino estas acotaciones con una pregunta: ¿cuántos de los nuestros se han dado cuenta de que los pueblos hispano-parlantes pesan, más que por su importancia real, por lo que se espera que pueden llegar a ser? ¿y cuántos saben que lo que se espera que podemos llegar a ser se apoya en nuestra comunidad de lengua y de cultura? Todos los que contribuyan en España y América, por falsos postulados, a la disgregación de este extraordinario instrumento de comunicación están traicionando el futuro de su gente, su historia, sus valores, su destino.
Mal se ha venido interpretando la disposición de algunos estados de los Estados Unidos a iniciar la enseñanza de la minoría hispano-parlante en lengua materna. El New York Times, que es el oráculo de la intelligentsia americana no tardó en aclarar la verdadera intención de ese experimento En síntesis, el editorial del Times "Peligro bilingüe", dice lo siguiente:


La fuerza desconcertante del separatismo en Canadá contiene una
importante lección para los Estados Unidos y su política de educación
bilingüe.
................................................................................................

No es exagerado advertir que el fomento actual de estos cantones
lingüísticos señala la posibilidad del divisionismo cultural, económico y
político.

Ciertos grupos de la comunidad hispanoparlante creen erróneamente
que la meta de la enseñanza bilingüe en Nueva York es un medio de
establecer una base de poder hispano.

Y termina diciendo el Times:

Apoyamos la enseñanza bilingüe como un medio pedagógicamente
recomendable para facilitar la adquisición completa del inglés. El
propósito de esta instrucción es crear americanos angloparlantes sin
demora. Es pertinente advertir contra el desorientado separatismo
lingüístico que podría poner en peligro "nuestro lenguaje y nuestro
gobierno".

Por abreviar no hemos traducido el editorial completo, pero ésta es su síntesis. No se puede expresar el problema en cuestión con mayor claridad. Tenemos el mismo derecho a preocuparnos de que una equivocada política escolar ponga en peligro "nuestra lengua".
Una lengua, aunque eventualmente esté destinada a morirse, se tiene para siempre. Esperamos que en el año 2977 Puerto Rico estará celebrando el segundo milenario de la lengua española, que será más amplia y más rica, pero que por un milagro de la voluntad histórica será la misma lengua.
Tenemos la ambición de que nuestro pueblo, al adquirir un sólido dominio de la lengua inglesa, pueda, desde esta encrucijada en que lo colocó el destino, servir bien a las dos grandes lenguas del Continente.
Pero un pueblo convertido en bilingüe a la fuerza, o por la fuerza de las circunstancias, es un pueblo traducido, es decir, traicionado. En el camino perdió la emoción de ambas lenguas, la poesía. La lengua que le resta será nuevo instrumento de comunicación, o dos medio instrumentos, pero no será mucho lo que pueda comunicar.
Será nuestra lengua en el año 2000 la primera del mundo occidental por el número de sus hablantes. Pero no importa tanto el número. Lo que importa es que para esa fecha tengamos algo que decir. Y desde luego que no será mucho si con estrechos criterios teóricos nos abrazamos al bilingüismo asimilista o al particularismo pseudo-nacionalista y confundimos la diversidad, que cabe dentro de la unidad, con la parcelación que continúe el proceso de disgregación y fraccionamiento.
Una lengua no se aprende por contagio. Los que hablan "de oído" generalmente reproducen con mayor o menor fidelidad lo que oyen, que es siempre un lenguaje limitado. Pero si aprenden a repetir algo en presente de indicativo no saben cómo adaptar su expresión a otros tiempos del verbo y se refugian en el gerundio.
No hay remedio. Para aprender una segunda lengua que sirva para algo más que para vender bacalao no hay sustituto para la gramática, y si no conocemos la propia mal podemos entrar en los misterios de la ajena.
Por un tiempo privó la teoría de que lo importante era estudiar literatura. Y es sin duda muy importante. Y desde luego, divertido. Pero llegan a la Universidad por centenares los jóvenes que no pueden construir y menos analizar una oración.
En condiciones excepcionales se puede enseñar a los niños desde el primer grado otra lengua. Podría citar una escuela privada, muy costosa, que enseña sólo en inglés desde el kindergarten. La mayoría de los estudiantes son americanos cuyos padres quieren que sus hijos dominen su lengua materna y la hablen sin acento extranjero porque piensan que eventualmerte regresarán a su país y no quieren verlos sufrir las dificultades que entorpecen la vida al inmigrante, y por otras razones de más peso como es el apego y el respeto a la cultura propia.
Pero el efecto sobre los niños de tales escuelas es desnaturalizante. Los niños puertorriqueños que acuden a esa escuela terminan hablando inglés sin acento. Pero ¿a qué costo? Muchos desarrollan un español con acento inglés. Y casi todos son plenos poseedores de una muy poco envidiable pobreza de vocabulario. Los giros de su propia lengua les son ajenos y muestran apreciable deterioro de la sintaxis y de la capacidad expresiva.
Uno de los resultados de tal extravagancia es crear ciudadanos con carta de extranjería. Rara vez llegan a posiciones destacadas en el campo intelectual. Y ninguno ha contribuido a la cultura de su país con una obra de mérito ni en inglés ni en español. La ambivalencia lingüística les atrofió la capacidad para ahondar.
Para cualquier país es motivo de alegría la discusión sobre el aprendizaje de una segunda lengua. Entre nosotros, es motivo de honda preocupación. Hay que estarse enfrentando siempre a motivos políticos asimilistas. Para muchos poder hablar inglés sin acento es la máxima aspiración cultural. Y acaban "hablando" dos lenguas y sin tener nada que decir en ninguna.
Cumplimos con señalar dos peligros de bajar la guardia frente a este problema. Podemos crear los inválidos del habla de los que nos habla Pedro Salinas en su Aprecio y defensa del lenguaje. Por ese camino cualquier sistema de instrucción nos llevaría a convertirnos en híbridos de la cultura y de la política; en entes despersonalizados; en caricaturas de nosotros mismos.
Es demasiado íntima la relación entre pensamiento y lenguaje para que pueda pensarse que la desnaturalización de la lengua no acabaría por desnaturalizar al hombre.
"Hay lenguas nobles y lenguas siervas" nos dice Weill. "Las últimas son el testimonio de las nacionalidades vencidas". El más elemental instinto de conservación nos manda a protegernos de lo que puede destruirnos. Es el secreto de la perpetuación de las especies. Y cuando a un hombre se le mata el orgullo de su lengua, se le está disminuyendo por lo que distingue al hombre de la bestia y que va más allá de la razón: por el espíritu.
Implicaciones

Implicaciones políticas del bilingüismo

No soy lingüista, ni he tenido la fortuna de dedicar largos años de mi vida al salón de clases. Me acerco a la lengua desde la vertiente literaria y política; no como gramático, como escritor. Algo similar ha dicho recientemente el Dr. Laín Entralgo, recién nombrado Director de la Real Academia de Madrid, en una interesante entrevista a raíz de su nombramiento, "no soy filólogo, sino más bien, logófilo, un enamorado de la palabra".
Ese amor no es en mi pasión tardía que se me despierta de pronto como se le despierta a algunos viejos un romance de última hora en lo que el vulgo llama la edad del pataleo, siempre peligrosa. Hace unos treinta y cinco años escribí en un artículo titulado "Palabras sin argumento", estas que puedo repetir hoy:

Cuando se ama una lengua como cuando se ama a una mujer nos regodeamos en el juego que ha de llevarnos al acercamiento y a la posesión; hay placer en el juego de palabras como en el juego del amor y hay placer cuando hay pasión.

Cuando escribimos la frase gira sobre sí misma, y cobra transparencia, y cambia de apariencia y de tono, y continuamente por buscarle mayor claridad, le desechamos la luz que nos trae con cada giro.

En la búsqueda de esa luz que nos llega por todos los recodos misteriosos del idioma he gastado los pocos años de mi vida que he podido dedicar al quehacer literario que es mi vocación, empujado a otros menesteres del negocio y la política que me robaron el recogimiento y el ocio, el ocio noble de los griegos, tan necesario para la creación artística. Pero sí me he valido de todo medio lícito para poder mantener la pluma libre de coacciones. Por eso pude escribir en una ocasión: "Se escribe con libertad o no se escribe; el escritor es la pasión por la verdad", y esa libertad hay que defenderla con uñas y dientes o el escritor acaba escribiendo al dictado.
Antes de seguir adelante, permítaseme decir dos palabras sobre las academias, o más bien sobre la nuestra. Hay solamente 22 academias de la lengua española, una en cada país de nuestra lengua, y una en Estados Unidos aceptada condicionalmente en el reciente Congreso de Academias de Lima, a la que están ingresando maestros hispanos o hispanistas, profesores y autores en Estados Unidos.
Son múltiples los propósitos de estas academias. Las componen 29 miembros, uno por cada letra del alfabeto, y el Director. Honran a personas que se han distinguido por el estudio de la lengua o por su contribución a la literatura, a la interpretación histórica o social, a la creación artística. Tan vasto es el campo que incluye estudiosos o creadores de las más diversas manifestaciones del idioma desde el lingüista y el filólogo al dramaturgo, el novelista, el ensayista o el poeta. Hay pues, en las Academias, especialistas en el estudio de la gramática y la semántica a los que jamás les pediríamos un poema, y poetas a los que no se nos ocurriría encargarles un curso de gramática. Pero une a sus miembros a lo largo y lo ancho del enorme mundo hispánico la preocupación por mantener la lengua dentro de los límites de la corrección y, respetando su diversidad y la inevitabilidad de los cambios que se producen en su evolución, por contribuir a preservar su unidad.
La información que circulan entre sí estas instituciones pone en contacto a investigadores y creadores con el estado de la lengua y de sus problemas en los enormes territorios en los que la lengua española continúa su desarrollo milenario.
Todos los días nacen y mueren palabras. Todos los días surge una nueva acepción de un antiguo vocablo o se incorpora una palabra indígena o se difunde un extranjerismo, y esta información debe registrarse y darse a conocer.
Hay tendencias centrífugas y tendencias centrípetas en la lengua. Y si es digna de respetarse su diversidad no lo es menos el esfuerzo que se ponga en mantener su unidad. Si permitimos que esta gran lengua se fragmente como se fragmentó el Imperio, poco quedará de nuestra América en un siglo más. Es suerte que todavía las corrientes hacia la unidad sean más fuertes que las tendencias a la dispersión.
Lo que ese enorme agregado cultural supone como estímulo a la creación literaria puede ilustrarse con un solo dato. La crónica de una muerte anunciada de García Márquez había vendido un millón de ejemplares antes de que el primer libro saliese de la imprenta.
En pequeños países de mercado interior raquítico, Puerto Rico entre ellos, la mayor parte de las obras no pasan de un tiraje de dos o tres mil ejemplares.
El mundo está lleno de pueblos que alcanzaron un alto grado de civilización y la perdieron. Lo que a un pueblo "le pasa" determina lo que viene a ser. Lo que le pasa no pasa de largo, deja sedimentos como los ríos en los valles que cruza, o los arrasa como las grandes inundaciones. Nosotros estamos a tiempo para impedir que la creciente del asimilismo político se convierta en catastrófica inundación cultural.
Siguiendo la concepción de Toynbee, podemos decir que de la respuesta a cada reto dependen la preservación de la identidad y la continuidad de un grupo humano. Y la respuesta a los retos que nos ha presentado el destino tiene que empezar por la palabra, que es pensamiento y raíz del acto. Una sociedad incapaz de verbalizar su realidad se liquida. Hay que inocularle -palabras de Toynbee- "el germen indispensable del poder creador".
Es un lugar común que de pronto adquiere categoría de ciencia, que las lenguas cambian por fuerza de leyes internas contra las que nada puede la voluntad del hombre. Es un concepto fatalista al que no puedo adherirme incondicionalmente. Existen leyes internas, pero unos idiomas están más sujetos que otros a esas tendencias. Por ejemplo, la lengua inglesa ha cambiado tanto que para leer a Chaucer hay que tomar un curso, como si se tratase de una lengua diferente. En cambio, con muy poca instrucción, cualquier hispanohablante puede leer el Cantar del Mio Cid y, más fácilmente, el Romancero.
La mayor parte de los lingüistas y literatos españoles sostienen, en cambio, que el estudio de la lengua no cae bajo el concepto de ciencia natural, obligado como lo físico a seguir leyes inexorables; el lenguaje es objeto de una ciencia cultural y el hombre puede influir deliberadamente sobre el destino de su lengua.
La escuela puertorriqueña, por ejemplo, ha desterrado de la lengua campesina infinidad de arcaísmos. La lengua de los conquistadores y de los colonizadores ha perdurado en todas las regiones que quedaron aisladas de las corrientes que fueron modernizando la lengua española y que se difundían en el libro, la cátedra y el periódico desde los centros urbanos importantes. Esas palabras que abundan en Cervantes, en Quevedo, en Gracián, las encontramos en Nuevo Méjico, en Colorado, en los llanos de Venezuela, en remotos parajes de Colombia y el Perú, en los montes de Puerto Rico. 'Trujo', 'asina mesmo', 'agora', 'ide', 'vide', se encuentran diseminadas por toda América, pero marcan a la persona que las sigue usando con sello de incultura.
Si eso pudo hacer la escuela con el arcaísmo, no hay razón para que no pueda hacerlo también con la fonética. Yo me preocuparía de aquellas tendencias que nos apartan de la lengua general de nuestro mundo, y sobre todo, de las que afean la lengua. Me preocupan dos vicios fonéticos erradicables: la horrible erre velar y la neutralización de r y l. Cuando oigo a un poeta, recitando sus versos con unas erres que parece estar haciendo gárgaras o a un ilustre miembro del gabinete diciendo el "placel", el "dolol", me erizo. Con esa clase de lengua no pasa la aduana del mundo intelectual hispánico por más pasaporte americano que lleve en el bolsillo.
También ha de ser motivo de honda preocupación que lleguen a la Universidad profesionales bien preparados en diversas disciplinas y sigan diciendo "habían tres", "han habido", "habemos", "hacían meses", y en este renglón incluyo a gobernadores y legisladores.
Motivo de preocupación ha de ser también el descuido del aula, más notable en los casos de estudiantes que no llegan a los niveles universitarios. En las recientes vistas del Senado en el caso del Cerro Maravilla hemos oído nada menos que a oficiales de "Inteligencia" decir "íbanos" , "veníanos", "lo veí". Si no lo hubiese veído no lo hubiese creído.
Se le está dando más importancia a la caligrafía que a la prosodia. Llegamos a la escuela y nos ponen primero a hacer palotes y círculos. Con el tiempo, al salir del octavo o del duodécimo grado, la mayor parte de los estudiantes tienen una letra inteligible y fluida, pero en muchas escuelas, no sé por qué extrañas influencias, no se corrige la manera de pronunciar. Y en ese estado que he descrito podemos oír todos los días en los noticieros, a deportistas que le dan gloria a la patria con sus medallas y desprestigio a su cultura con su habla primitiva.
Y lo más extraño es que se pone gran empeño en que se pronuncie el inglés con la mayor corrección posible, y se deja que cada cual pronuncie su español a macha y martillo. El resultado final es mal inglés y mal español. Con la lengua materna empobrecida no se puede aspirar a dominar una lengua ajena. Esa realidad es parte del drama de nuestra cultura y de nuestra identidad.
Otro gran motivo de preocupación ha de ser que, como resultado de una política que desde comienzos de siglo intentó suplantarnos la lengua, se utilizaron en Puerto Rico los métodos más violentos de enseñanza con funestos resultados. El motivo no era pedagógico, era político. Se creyó, como informó Víctor S. Clark a McKinley que "sería tan fácil enseñarnos a hablar inglés como enseñarnos a hablar la elegante lengua de Castilla". Forzados a aprender una lengua que apenas entendíamos, ni el estudiante ni el maestro le pusieron atención alguna a la pronunciación en toda materia que no fuese el inglés. Aprendimos a hablar inglés con fonética española. Y esos vicios de dicción, una vez adquiridos a lo largo de la vida escolar, son prácticamente incorregibles.
Desde 1948 cambió el régimen en la escuela pública, pero el 50% del tiempo se invierte en la enseñanza del inglés y el español en detrimento de otras materias, especialmente la historia, las ciencias y las matemáticas. Algo anda mal en el sistema y hay que enderezarlo.
Pero las escuelas privadas, la mayor parte de ellas, continúan la práctica de enseñar en inglés, porque los padres, y el 80% son nuevos ricos, tienen como suprema ambición que sus hijos hablen "inglés sin acento".
Por mi parte me adhiero a la gran frase del gran escritor Eça de Queiros, "Hay que hablar todos los otros idiomas patrióticamente mal".
Útil es la adquisición de una segunda lengua, o de varias. Son avenidas hacia la riqueza de otras culturas. Pueden ser también indispensables instrumentos de trabajo. Pero sacrificar la lengua propia por cualquier lengua ajena sólo puede llevarnos a la enajenación.
Nos han disminuido en este siglo el orgullo de la propia historia, y el fervor por la lengua propia. Y dice George Uscatescu en su ensayo sobre la fenomenología del lenguaje, "el lenguaje que no se quiere, no se puede, no se sabe decir".
El tiempo es lenguaje. El espacio es lenguaje. La vida, la lucha, el amor, la muerte, Dios, la Eternidad, la Nada, son lenguaje. Estamos hechos de palabras. ¿Y qué es la palabra? "Nada" -dice Ortega- "un poco de aire estremecido que desde la primera madrugada del Génesis tiene el poder de la creación". Un viejo indio le dice a Louis Hars, "la poesía es cuando las palabras se encuentran por primera vez"; y Pascal nos dice que "el pensamiento hace el ser del hombre"; "el hombre no es más que un débil junco, pero un junco que piensa".
Esos frívolos que andan con sus superficialidades pedagógico-políticas sacrificando los conocimientos que el niño ha de adquirir si ha de llegar a hombre en nombre de conceptos utilitarios o pseudo-científicos, están convirtiéndonos en masa amorfa dócil a la mano ajena.
Aprovecho el día de hoy para decir claramente que si el sistema de instrucción de Puerto Rico no puede hallar los medios y maneras de despertar en cada puertorriqueño el orgullo de sí, de su cultura, su lengua y su historia, en una generación más aquí habrá un pueblo roto, vuelto contra sí mismo, y se habrá sustituido su voluntad de ser y de permanecer por los paraísos artificiales de la droga o el tranquilizante de los cupones de alimentos.
De los múltiples argumentos que se han esgrimido en apoyo de la enseñanza en inglés, que aún mantienen casi todas las escuelas privadas, podemos decir como en la canción:

Tres, eran tres las hijas de Elena,
tres, eran tres y ninguna era buena.

Además del estrictamente pedagógico de la aptitud receptiva del niño, hay otros puramente utilitarios que, repetidos machaconamente, han influido en disminuir la resistencia. Uno es que por ser el inglés una especie de lengua franca, ha de ser gran instrumento del que la posea, para moverse con más facilidad por el mundo. Y aunque no hay duda de que el inglés facilita entendernos con gente de muchos pueblos, no se diseña un sistema de educación para la preparación de turistas. España recibió el año pasado cuarenta millones de turistas, el doble que Italia y cuatro veces más que Francia, y la mayor parte eran alemanes, suecos, holandeses, noruegos, ingleses, que no hablan una papa de español, y no les preocupa mucho. Con saber decir torero, paella y museo, ya tienen todo lo que necesitan para echarse a tostar en la Costa del Sol.
Otro argumento aduce que es sumamente importante para los negocios. Y eso es verdad. En la banca y en cierto tipo de industrias tiene importancia. Pero para comprar y vender pinturas o bacalao basta con unas minucias de inglés comercial que cualquier estudiante se aprende en seis meses.
Y otro argumento es que nuestros emigrantes podrían desenvolverse mejor en Estados Unidos con un buen dominio del inglés. Pues una de las conclusiones del Grupo de Educadores Europeos que estudió nuestro sistema de instrucción es, taxativamente, que la política educativa de un país no se diseña para emigrantes. Para emigrantes pueden establecerse cursillos especiales de tres o seis meses de instrucción intensiva y ponerlos a la disposición de los que crean poder valerse de ellos. Pero también les digo que para recoger tomates, manejar ascensores, conducir un taxi, o servir en un comivete, basta con saber decir "how do you do". Y los que se van, si tienen un promedio mediano de inteligencia, en dos o tres años aprenden todo el inglés que necesitan para trabajar y vivir.
Son tres argumentos espurios, demagógicos y atentatorios contra la unidad cultural y lingüística de nuestro pueblo, que han contribuido a impedir una clara definición de la política educativa que, para mí, ha de consistir primero, en enseñar más en menos tiempo; segundo, en educar al puertorriqueño a ser puertorriqueño; y tercero, preparar al puertorriqueño para ser útil al mundo dentro del cual está obligado a vivir. Y todo lo que sea podarle a un hombre el orgullo de sus raíces históricas y culturales y atrofiarle con su lengua la capacidad para pensar y para crear es disminuirlo, empequeñecerlo.
Como cualquier política que le diga al puertorriqueño que se expone a perder su identidad no tendría nunca, en el horizonte visible, la menor oportunidad electoral, el asimilismo se ha inventado unas patrañas como son el estado jíbaro, y la noción de que dentro del estado federado no tenemos que sacrificar ni nuestra cultura, ni nuestra lengua, ni nuestra identidad. Y eso es falso. Es un engaño a los puertorriqueños y un engaño a los norteamericanos.
Como ha dicho Oscar Hamlin, de Harvard, "para ser americano hay que olvidarse de todo lo que uno ha sido", y esto significa estar dispuesto a ser algo diferente con todas sus consecuencias.
Eso no se nos puede decir a los puertorriqueños colectivamente. Hay que recurrir a otros medios, como son, asegurar que la lengua y la cultura están a salvo, y ofrecer consignas utilitarias que hieren la sensibilidad del país.
Hay que hablar con más claridad. Si el país quiere ser americano, que lo sea plenamente. Pero que sepa que su asimilación es inevitable; es sólo cuestión de tiempo, y con ella, el rompimiento con su historia, su cultura y su lengua.
En las audiencias del Senado sobre el proyecto de ley que establecía la Administración para el Fomento de las Artes y la Cultura, que algunos han llamado las leyes de la incultura, una abogada, en representación del Festival Casals, a la pregunta, ¿cómo concebiría usted, como definiría usted la cultura puertorriqueña? contestó, "un jíbaro ñangotao tomando café en una dita". Que sepamos, la licenciada no ha perdido el título.
Si la cultura puertorriqueña se identifica con el mofongo, la alcapurria, la piragua o el cuchifrito, como hemos oído decir a algunos grandes líderes, no hay que preocuparse. Pero quienes repitan semejantes interpretaciones gastronómicas vienen a confirmar que el hombre es el único animal que sabe hacer el ridículo.
Se sostiene también que nada grave le ocurriría a nuestra lengua. Pero en Filipinas el inglés se tragó casi totalmente el español. En Hawaii, apenas hay hawayanos. Lo que llama Toffler el "culture shock", se tragó la gente y la lengua. No quedan 30,000 del cuarto de millón de habitantes que allí disfrutaban de una vida de égloga a mediados del pasado siglo.
El choque cultural que se inicia en el 98, aunque ha sido violento, no pudo tener aquí el mismo efecto destructor. Estaba demasiado arraigada en nosotros una vieja y noble historia capaz de haber forjado en dos milenios de lucha una cultura recia y una lengua viril, apta como pocas para la creación y para el mando.
Creen algunos que aquí no le ocurriría nada grave a la lengua, sea cual sea a fin de cuentas el status político. Rechazo la opinión que en mi criterio no resiste el análisis. Estudios que ha emprendido la Academia Puertorriqueña reflejan que hoy, aún en el estado autonómico vigente, hay una influencia muy marcada del inglés sobre la lengua en uso.
Del libro editado por José de Onís, que me envió recientemente, y que fue publicado en 1976 por la Comisión del Centenario del Estado, The Hispanic Contribution to the State of Colorado, se desprenden hechos sumamente instructivos.
En un examen administrado por el profesor Charles Stanfield a 177 estudiantes de primer año de la Universidad de Colorado, el resultado fue el siguiente: Dominaban bien su lengua el 15%. Podían comunicarse, aunque trabajosamente, 40%. Tenían un conocimiento pasivo -lo entendían pero no lo hablaban-, 20%. Y eran monolingües en inglés, el restante 25% (p. 205). Y añade el ensayo de Antonio Girard Lozano, que se conserva bastante bien el español en las comunidades aisladas, aunque es en esos casos un idioma anquilosado, pero en los pueblos, donde la lengua choca con la población anglosajona, el prejuicio racial y cultural que rodea al chicano desarrolla en los jóvenes una actitud de rechazo a su lengua. Y añade que en muchas regiones el español no ha desaparecido por el flujo constante de nuevos inmigrantes mexicanos.
Y en otro de los ensayos, "Hispanic Folklore in Colorado", Arthur L. Coma, nos dice:

The young generation of Hispanos...have become so accultured to the Anglomerican life that they know virtually nothing of Hispanic lore. The Spanish language, if used at all, has become the language of the hearth. (p. 93)

Esta es, inevitablemente, la suerte que le espera a toda minoría que entra en una entidad política mayor, poderosa y absorbente como es Estados Unidos, que sabe, además, lo que quiere.
No hay un "American Purpose"; coexisten muchos propósitos nacionales en esa gran nación a la que ya no podemos llamar "la joven república", y el primero de ellos es asimilar a todos los que ingresen en ella dentro de la cultura y la lengua anglosajona. Y tienen razón en querer que así sea.
Las trece colonias tenían, en el momento de su independencia, la población actual de Puerto Rico, tres millones de habitantes. Con certera visión, con lo que llama la geopolítica alemana, concepto espacial ascendente, soñaron extender su dominio de costa a costa. Y lo lograron. Pero era un continente casi vacío. Y se encargaron además de vaciarlo para reconstruirlo a la imagen y semejanza de sí mismos; el indio fue inmisericordemente desplazado primero y exterminado después en 37 guerras indias, la última de las cuales terminó en 1892.
Para dominár tan extenso territorio Estados Unidos recibe en un siglo, hasta 1920, cuarenta millones de inmigrantes europeos principalmente. Para forjar la nación había que asimilarlos. Y fueron asimilados. Los padres de la patria no quisieron correr el riesgo de perpetuar minorías culturales y lingüísticas que debilitan la cohesión a la que una gran nación debe aspirar. La teoría del "melting-pot" no ha fracasado. Y recientemente el New York Tines advertía en un editorial que no creyera nadie que los programas de educación bilingüe se establecían para crear enclaves culturales minoritarios, sino al revés: para facilitar la asimilación de las minorías e incorporarlas más rápidamente a la vida nacional, a los patrones anglosajones de la nación.
Es una deslealtad pedir a la nación de la que se quiere llegar a formar parte que altere sus propósitos nacionales para acomodarlos a una realidad política, histórica, cultural, lingüística y racionalmente, diferente.
Y es desleal hacer ver a un pueblo que seguirá siendo lo que es cuando, como cuestión de hecho, tendría que vaciarse de sí mismo para ingresar en otro mundo. Ese vaciamiento, que puede fácilmente producirse en el individuo aislado, es imposible pedírselo a un pueblo entero. Lo que ajena a un pueblo de sí mismo lo enajena. No es extraño que como resultado de la confusión creada por este choque cultural sea Puerto Rico un pueblo con uno de los índices más elevados de anomalías psicológicas, con un índice de alcoholismo que lo coloca en tercera posición después de Rusia y Polonia. Estamos gastando $161.00 per cápita en bebidas alcohólicas y $8.00 en libros; por cada 100 dólares en alimentos, $23.00 en alcohol. Estamos gastando más de 1,500 millones en juegos prohibidos, legales e ilegales. Y sobre la droga, el panorama es tétrico. El 75% de los jóvenes recluidos en prisiones son adictos.
En Estados Unidos, que es tal vez la sociedad más violenta de nuestro tiempo, en el período 1982-83 se produjeron 22,500 homicidios. Las cifras de Puerto Rico fluctúan entre 400 y 500 al año. Una operación matemática nos permite ver que estamos superando en términos de por ciento esa carnicería. ¿Por qué?
En Japón, en Israel, la droga es prácticamente inexistente. La sociedad tiene ante sí unas metas trascendentes que importan más que la vida. ¿Es que hemos perdido ese fervor, esa solidaridad, que la comunidad cultural y la voluntad de participar en un programa común de porvenir colectivo proveen?
Hago esta pregunta que nada tiene que ver con métodos y con teorías puramente pedagógicas, y tal vez desentone un tanto de los propósitos profesionales relativos a la enseñanza de la lengua materna y de otros idiomas a nivel universitario. Pero es el hecho que a la universidad corresponde formar a los maestros de cuyas manos han de salir las nuevas generaciones puertorriqueñas que tendrán tan graves retos ante sí.
Y más allá de los métodos y las teorías, sin disminuir su importancia, está el problema de la filosofía educativa, el propósito de la universidad que, como dice Ortega, ha de formar el tipo de hombre que una sociedad requiere.
Y me corresponde decir que más allá de cualesquiera métodos que se adopten importa fundamentalmente la preservación del vernáculo y la conciencia de la importancia de la preservación de nuestra afinidad con el enorme mundo de nuestra historia, nuestra cultura y nuestra lengua.
Una sociedad no permite que sus leyes se promulguen a la buena de Dios, que sus ciudades se construyan de cualquier manera, que la medicina se ejerza sin responsabilidad, que la industria pueda destruir el ambiente. La vida social no se concibe sin normas. No puedo concebir una lengua sin normas. La ausencia de normas es la anarquía. Y no hay razones válidas para que sea la lengua -el máximo quehacer de una cultura- la única actividad humana que tenga derecho a creerse superior y por encima del hombre que la crea.
No entiendo de métodos. No tuve el privilegio de ser maestro. La vida me llevó por otros caminos. Pero a pesar de ello me aventuro a veces a dar consejos "que no se deben dar aunque se pidan".
Para el desarrollo de la lengua propia no hay método que supere a la lectura. Pero no cualquier lectura. Si la escuela no fue capaz de estimularla, difícil tarea tiene la Universidad en las manos. Pero no hay otro remedio que intentarlo ayudando a leer y a entender a los grandes maestros de ayer y a conocer los valores de hoy.
Más que los métodos me importan las actitudes. Método puede ser el sistema que se sigue para buscar la verdad y enseñarla. Lo que importa es la actitud frente a los retos que la lengua encuentra frente a sí.
La Naturaleza nos enseñó a hablar. Pero como la cultura es el resultado de la lucha del hombre contra la Naturaleza, el hombre sigue acrecentando lo que a la Naturaleza le arrancó. Y si el hombre hizo el lenguaje, después de hecho, el lenguaje se ocupa de hacer al hombre. Wadsworth habla de "man-making words". Por eso nos preocupa tanto. Cuando se corrompe sentimos la sensación de que se pierde lo que nos dio el ser. Y cuando un pueblo se corrompe, lo primero que se corrompe es su lengua.
No llamo corrupción al cambio inevitable. Pero se cambia desde algo que permanece constante. Y esa constante hay que mantenerla.
Método es camino para alcanzar un fin propuesto de antemano como tal. Y han sido tan diversos los fines propuestos a nosotros, que podemos decir sin exageración metafórica que en Puerto Rico lo único que está bien definido es la confusión.
Me parece haber leído hace tiempo en un libro de Muñiz Souffront que se habían ensayado en el sistema de educación de Puerto Rico veintisiete métodos hasta 1940. Hemos sido pues un país de imitación. Y cabe preguntar ¿cuánto, en ese camino, hemos añadido por nuestra cuenta? Y otra pregunta: ¿existen la aspiración y la imaginación para enfrentar los retos que nos lanza la realidad, nuestra propia e irreemplazable realidad?
Si nos escapamos de la abstracción para enfrentarnos a lo concreto, tenemos ante nosotros este hecho: pertenecemos a una historia mayor, a una cultura mayor, a una lengua mayor. Cualquier tipo de enseñanza que nos aparte de ese destino nos estará creando un vacío espiritual de vértigo.
Por otra parte, la circunstancia en la que nos ha colocado la historia, o más bien la geopolítica, nos impone por razones políticas y económicas principalmente, que nos esforcemos en adquirir la lengua inglesa. Es conveniente y es necesario. Pero sin perder de vista que una segunda lengua es una segunda lengua, y que no hay razón para que el aprendizaje de otra lengua lesione la propia hasta el punto de llegar a desfigurarla. Cuando se alcanza el dominio de dos lenguas, no se mezclan. Hay que mantenerlas juntas pero no revueltas.
Les voy a dar solamente unos ejemplos de las ambivalencias que produce el juego indiscriminado de dos lenguas.

1. Mi favorito libro.
2. ¿En qué piensas? Estoy reminizando.
3. Se rebildean motores.
4. No soy ebanista, soy escrinero.

Y una joven directora de televisión, cuando grabábamos un programa, ordenó al electricista que ajustaba las luces, "¡Diméalos!"
El que inventa bautiza, y es evidente el predominio económico y político y la inventiva del mundo anglosajón en los últimos ciento cincuenta años. No me quita el sueño el anglicismo inevitable. Y a cualquier lengua viva le corresponde absorber cualquier vocablo que le falte y acomodarlo a su propia índole. La Academia de Madrid ha abierto las puertas de par en par y ya son español 'coctel', 'control', 'controversial', etcétera.




Diversas clases de bilingüismo

Voy a dar varios ejemplos para demostrar que hay diversas clases de bilingüismo. Cataluña. El catalán no es un dialecto, es una de las lenguas romances derivadas, como el francés, el italiano, el portugués y el español, del egregio tronco latino. La mitad de la población no habla catalán. Pero los que lo hablan, pronuncian el español con marcado acento extranjero.
Y el otro, Suiza, donde se habla alemán, francés e italiano. Cada grupo habla principalmente su lengua materna, y para entenderse con los demás, aprende las otras lenguas. Según su procedencia, puede observarse, un suizo hablará español con acento francés o con acento alemán, descubriendo así la naturaleza de su lengua materna.
También hay que distinguir entre vocabulario y acento. Los puertorriqueños, en su gran mayoría, sólo hablan español. Una parte considerable habla tambien inglés, porque lo aprendió en la escuela. Tiene a su disposición un vocabulario más o menos rico, dependiendo de su escolaridad, o de su facilidad para aprender lenguas, pero su acento es marcadamente español.
Por otra parte tenemos al emigrante. Si llegó a Estados Unidos ya formado, hablará toda su vida el inglés con acento español. Si se formó en Estados Unidos, hablará inglés sin acento, pero hablará el español con acento inglés. Y cuando puede, si puede, finalmente dominar el acento español, le quedan generalmente formas sintácticas inglesas con lo cual su español, aunque no tenga acento, suena extraño, suena a lengua aprendida, y pierde espontaneidad y soltura.
Las personas cogidas en esta ambivalencia lingüística caen casi siempre en la vacilación, o en el tartamudeo, o en la imprecisión en el uso de la terminología y la adjetivación.
Los casos de Canadá y de Bélgica también son ilustrativos de que la coexistencia de dos lenguas en un solo país no significa bilingüismo. Los flamencos de Bélgica que hablan flamenco, estuvieron a punto de revolución hace pocos años, por la imposición del francés por el aparato oficial. Y en las provincias francesas del Canadá estamos viendo hoy mismo cómo se mantiene el francés después de doscientos años y cómo se conserva con la lengua el espíritu nacional.
Ahora bien. Vamos a hablar del bilingüismo aquí y ahora. Y se me ocurren de inmediato varias preguntas.

1. ¿Es Puerto Rico un país bilingüe?
2. ¿Puede convertirse Puerto Rico en país bilingüe?
3. Si pudiera ser ¿sería deseable?
4. Debe enseñarse una lengua extranjera desde los primeros grados -o debe esperarse a que la facultad para construir pensamientos lógicos esté desarrollada?
5. ¿Deben enseñarse todas las materias en lengua ajena?
6. ¿Entorpece o acelera este sistema el conocimiento?
7. ¿Están reñidas las razones políticas con las razones peda-gógicas?
8. ¿Cuál sería la manera más aconsejable de enseñar una segunda lengua?
9. ¿A qué edad sería más apropiado?
10. ¿Qué requisitos previos deben tenerse en cuenta?

Hace 19 años la Legislatura obtuvo los servicios de tres de los más distinguidos educadores europeos para examinar el sistema de instrucción de Puerto Rico. El trabajo y las recomendaciones están recogidas en un estudio titulado: El sistema educativo de Puerto Rico, por Christian Caselmann (Heidelberg), Lamberto Borghi (Florencia), Morten Bredsdoeff (Dinamarca). De ese estudio recogemos las siguientes citas:

Tanto el contenido como el método de enseñanza se cimentarán en las
urgencias básicas del niño: emocionales, sociales e intelectuales. Por
eso es que la parte principal del currículo para los niños en el primer
ciclo (1º a 3º grado) debe limitarse a la enseñanza en español, arte,
estudios sociales y matemáticas, dejando el inglés para el segundo
"ciclo" (4º grado en adelante).

Reconoce que un número sustancial de estudiantes abandonarán el país forzados a la emigración por la presión demográfica, pero afirma taxativamente:

Esto no quiere decir que el sistema escolar puertorriqueño deba
transformarse en un simple curso preparatorio para migrantes a
Estados Unidos continentales.

A los observadores del exterior les parece evidente que a los niños de
este país de lengua española, con sus nobles e inequívocos rasgos
culturales hispanoamericanos, habría que darles un dominio muy
sólido de su propio vernáculo, tanto en sus formas orales como en sus
formas escritas. La mayoría de la gente sólo se siente a gusto, en su
elemento, en un solo idioma.

Esta es la condición previa para el mejor desenvolvimiento posible
de las cualidades personales e intelectuales. Al dar instrucción a los niños
pequeños en dos idiomas al mismo tiempo puede correrse el riesgo de
producir, no lo que se procura, o sea, una persona bilingüe con un cabal
dominio de dos idiomas, sino una persona semilingüe, con escaso
dominio no sólo del segundo idioma sino hasta de su propio vernáculo.

El Consejo de Educadores europeos ha encontrado que a menudo
entre un 20 y un 50% de los niños de cuarto grado en Puerto Rico son
incapaces de leer su propio idioma.
................................................................................................
Los niños que no saben leer están impedidos de proseguir toda otra
clase de aprendizaje.

Entre los diversos motivos a que se debe esta muy seria deficiencia está la razón muy importante de que nunca hay bastante tiempo para aprender a leer cuando dos idiomas se enseñan en el primer grado.





Notas sobre el bilingüismo



1. El anglicismo

El anglicismo es inevitable. Dondequiera que dos lenguas entren en contacto, o se fertilizan recíprocamente o chocan y se destruyen.
Como algunos pueblos de Europa central donde nos encontramos a grupos que hablan croata con palabras eslovenas, o eslovenas con palabras croatas; lo mismo puede pasar a cualquier pueblo. En Filipinas, cuando se redactó la Constitución de 1935 eran lenguas oficiales el español y el inglés. Luego el tagalo ha desplazado al español, pero de las 25 ó 30,000 raíces del tagalo, 10,000 son españolas. El español fue condenado a muerte en la década de los '20. Y hoy los filipinos no hablan ni buen español, ni buen inglés, ni buen tagalo. Donde la lengua no está histórica y culturalmente bien asentada, cede. ¿Y qué pasó en Hawaii? En Hawaii se terminó una de las lenguas más bellas del mundo. Cinco vocales y las consonantes más musicales de la lengua: m, n, l, k h. Honolulu, Waikiki, Sinaloa, Hawai, Aloha...
Los hawayanos se acabaron con su lengua. Había 265,000 hacia 1850. No quedan 30,000. Se tendieron a morir a la orilla de los caminos o se tiraron, tribus enteras, por la boca de los volcanes. Cómo podría un hawayano, con esa lengua bellísima, pronunciar cosas como estas: "How much wood could a woodchuck chuck if a woodchuck could chuck wood? Why. He'd chuck as much wood as a woodchuck should if a woodchuck could chuck wood". ¡Hombre, no! ¿Cómo se le podrá pedir tal cosa a unos hawayanos?
Pero a nosotros nos pidieron lo mismo que a los filipinos y a los hawayanos ¿Y qué dijimos nosotros? ¡Nacarile!

2. Bilingüismo y anglicismo

Tenemos hoy en esta mesa lo que ha de ser, sin duda, un buen menú. Tanto el bilingüismo como el anglicismo ofrecen comidilla suculenta al paladar del lingüista y del bilingüista. En algunos centros de estudio es posible servirse de ambos platos bien adobados por una sazonada sin que entren en su preparación ingredientes extralingüísticos. Difícil será siempre en Puerto Rico, donde tanto el anglicismo como el bilingüismo son platos tan obligados como el arroz y habichuelas, acercarnos fríamente a unos temas que otros pueden degustar sin prejuicios que enturbien su objetiva apreciación.
Hay un bilingüismo natural que se produce cuando dos pueblos de lenguas diferentes conviven por largo tiempo en un territorio común. En ese caso la necesidad de comunicarse llevará a los unos y los otros a aprender la lengua del vecino.
A lo largo del tiempo ambos grupos, conservan su lengua propia y aprenden la ajena sin violencia. Pero se da con frecuencia un fenómeno poco común: que una lengua retenga su sintaxis y adopte el vocabulario de la otra.
Pero hay un bilingüismo artificial que se produce cuando se trata de suplantar la lengua de un pueblo para imponer la lengua del pueblo dominante. Tal es el caso de Filipinas y Puerto Rico.
En Filipinas, donde la lengua española no estaba generalizada, en cincuenta años la lengua española se esfumó. En Puerto Rico, donde el español estaba firmemente establecido, la lengua española ha resistido. El bilingüismo no existe. Hay unos miles de personas bilingües. Pero el país es monolingüe.
También hay un anglicismo natural. Una cultura dominante en un lapso de tiempo prolongado influirá en la lengua de todos los pueblos con los que entre en contacto. Tal ha sido el caso de la lengua inglesa en los últimos cien años. Ha sido extraordinaria la capacidad para la invención del mundo anglosajón y, como era natural, nos ha impuesto sus inventos verbalizados en inglés. Los nombres de esos inventos, de infinidad de productos nuevos, la nomenclatura de los deportes y la terminología de la ciencia económica y de los negocios internacionales han difundido vocablos ingleses en todos los países de Occidente.
Muchos, por su formación grecolatina entran en nuestra lengua como en casa propia, como 'telégrafo', 'teléfono', 'televisión', y le cambiamos el sexo al computer a 'computadora' sin el menor esfuerzo. Estos vocablos son absorbidos simultáneamente por muchas lenguas, o por muchos países de la misma lengua como es el caso de los países hispanoamericanos. Enriquecen las lenguas receptoras y no entorpecen la comunicación.
Pero hay también lo que podríamos llamar el anglicismo artificial Que entra a contrapelo o por desidia imperdonable del país receptor. Algunas profesiones no se ocupan de exigir, como parte de la revalidación de los títulos de medicina, abogacía, ingeniería o economía, un examen de vocabulario en español. Y a las nuevas fábricas, y son miles, tampoco se les ha impuesto la obligación de traducir los nombres de los equipos, materiales y procesos que entran en la elaboración de un producto. Como resultado la intrusión demasiado rápida del anglicismo está entorpeciendo la comunicación y la enseñanza. Y cuando no tenemos al alcance de la mano las palabras, cuando no podemos estrujarlas entre los dedos, cuando no las tenemos en la punta de la lengua, el juego de palabras que es el más serio de los juegos pierde su alegría, su espontaneidad, su encuentro feliz en el símil y la metáfora, y su capacidad para ahondar en la misteriosa entraña de las cosas.
El problema es grave y están equivocados los que le restan importancia amparándose en teorías, que, como en la ciencia, se alteran o se superan en cada generación. Podemos actuar sobre el destino de nuestra lengua. Y no hay razón para darle carta de naturaleza a cualquier excrecencia del lenguaje.
No tiene un pueblo tesoro mayor que su lengua. Impedir que se mengüe debe ser parte de la agenda de cada día. Me decía una española, y me lo decía sin indignación, cuando le pregunté:"¿Qué pasa en España?" Me contestó: "Ya nada es pecado". Y yo les digo, sin sermonear, el pecado fue el gran secreto del triunfo de Occidente! Creó una ética. Y cuando se vive sin ética se vive en régimen animal. La ética y la razón van juntas y la palabra es el medio de su transmigración. En las palabras está lo que durante milenios hemos pensado; es la alcancía de los sentimientos humanos.
Todo idioma carece de vocablos o términos que otros idiomas pueden suplir en abundancia. En tales casos el purismo es una rémora. Una lengua viva los absorbe sin mucho remilgo. Hemos hecho bien en adoptar un sinnúmero de palabras que no tienen equivalencia en español y el Diccionario de la Real Academia de Madrid ha hecho bien en aceptarlas. A lo que hay que objetar es al extranjerismo innecesario que contribuye a la ambigüedad, dificulta y entorpece la comunicación.
Los préstamos excesivos, incurridos indiscriminadamente, pueden llevar una lengua, y de paso, la cultura, a la quiebra Y para estos casos no hay Título XI. El daño puede ser irreversible.
Los calcos también son peligrosos, aunque el uso, en ocasiones, los haga inevitables, pero son más difíciles de distinguir. Natural es que una misma palabra de origen griego o latino, al pasar a dos idiomas diferentes, cobre con el tiempo significados distintos a veces contrarios, a veces multiplique sus significados en una lengua y no en otra. Por ejemplo, en español 'arrogancia' puede ser 'altanería', 'altivez', 'insolencia', o puede ser 'gallardía', persona de hermosa presencia. En inglés es simplemente 'altanería'; orgullo mal fundado.
En español 'galantería' es una acción obsequiosa, o cortesana. En inglés gallantry puede ser también cortesanía, pero su uso generalizado es bravura, heroísmo.



3. Problemas del bilingüismo

El tema del bilingüismo es demasiado amplio, y en ciertos lugares como Puerto Rico, demasiado apasionante, para pretender que pueda agotarse en una sesión de análisis. De análisis y no de confrontación.
Pero al mismo tiempo debo aclarar que, por la carga emocional que envuelve, mucha gente se cree bajo ataque tan pronto tropiezan con una teoría o una posición que choca con sus ideas, con sus juicios o con sus prejuicios.
Nuestro propósito es presentar las ideas, estén o no de acuerdo con las que yo personalmente sustento, de dos técnicos de la lengua, dos doctores en filosofía y en linguística, dos académicos de nuestra Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, con el propósito de poner el tema sobre el tapete, que es mucho lo que está en juego en la comprensión del problema antes de aplicarle fórmulas que, si son erradas, sólo pueden llevarnos a dar en soluciones incorrectas y perjudiciales
El bilingüismo es, para el Diccionario, el "uso habitual de dos lenguas en una misma región". Y bilingüe es "uno que habla dos lenguas".
Aprender una segunda, o varias lenguas, debe ser motivo de satisfacción espiritual, de contentamiento cultural. Sólo debería dar lugar a estudios objetivos y desapasionados de los métodos mas adecuados para facilitar el aprendizaje. Ahora bien ¿por qué en Puerto Rico hemos hecho del bilingüismo un problema?
Entre nosotros, la política creó el problema.
PRIMERO: porque el primer propósito fue la suplantación de nuestra lengua.
SEGUNDO: porque ante el fracaso de ese intento se prosiguió una política escolar dirigida a convertirnos en un pueblo bilingüe, artificialmente.
TERCERO: porque para lograrlo se impuso una política agresiva: el intento de impartir la enseñanza del inglés desde los primeros grados, y del cuarto en adelante, de casi todas las materias, en inglés.
CUARTO: porque este sistema reñido con la pedagogía sirvió para retardar el aprendizaje, y para atrofiar la capacidad expresiva del educando, y para desfigurar las dos lenguas objeto del experimento. Este sistema se arrumbó, para la escuela pública, en 1948.
QUINTO: vuelve a asomar como problema porque ya hemos visto, por ciertas informaciones periodísticas, y ciertas teorías que van aflorando, que se pretende regresar al viejo sistema rechazado y desacreditado.