Orlando Planchart M. Alucinaciones paralelas.
 
Monique J. Lemaitre
Ensayo
 
 
     Pocas veces se da el caso de que un primer libro de poesía presente la cohesión y unidad de concepto y de trazo que el libro del joven poeta matemático venezolano, Orlando Planchart, residente en Ponce, Puerto Rico, nos ofrece dentro de su diversidad de imágenes.

     La unidad conceptual se da a través del empleo de un léxico frecuentemente inspirado en las matemáticas. Las imágenes visuales que emergen de la conjunción de una geometría erótica con verdaderas alucinaciones de paisajes caribeños son finamente captadas por las ilustraciones, muchas de las cuales se deben a la esposa del autor, ella misma escritora, Beatriz Navia. Se trata de dibujos en blanco y negro reminiscentes de algunas pinturas de Joan Miró con microscópicas y danzarinas formas solares y meteóricos filamentos.

     En el excelente prólogo, debido a la pluma de la Dra. Carmen Ana Figueras, se menciona a algunos de los poetas más leídos y admirados por Planchart y cuya huella podría detectarse en algunos de sus textos: Borges, Vallejo y Octavio Paz.

     El hecho de que los poemas no lleven título y sí números romanos como los de Trilce, de César Vallejo, son ya una indicación de uno de los vértices de la tradición a la que pertenecen los textos del poemario, como lo son la abundancia de cifras y de figuras geométricas, al igual que en Trilce.

     Sin embargo también, y desde el primer poema, está presente la idea paziana de "poesía en movimiento" así como el énfasis en la paradoja como paradigma de los tropos poéticos, al igual que en la obra de Paz:
 

I
 
Tres vértices
intactos
amplíase el cuerpo
rojo el alma
inconcluso
confuso el centro
no hay soltura
no te destrozas
te conviertes
eres figura movible
mutante y sólida

     Como para Vallejo, el tres, parece contener, en potencia, todas las posibilidades de mutabilidad de número impar, pero, a diferencia de Vallejo, el cuatro es para Planchart símbolo de refugio, de protección: "(...)/cuando quieres/regresas/a tu primera vida/al cuarteto de las esquinas", nos dice en su poema "II", y en el "XXXVI" nos habla de "(...) la mano/espejo del silencio/ gravedad del reflejo La inmensidad digna/de un cuadrado sin vértice ( ... ) ".

     Recordemos que para Vallejo el cuatro simboliza los cuatro muros de la celda que ocupara en la cárcel de Trujillo, además de ser uno de sus odiados números pares. Nunca hubiese podido Vallejo escribir los dos versos que inician este poema: "Cuatro vértices/ sin angustia". Para él cuatro vértices habrían sido la plasmación gráfica de la angustia.

     En cuanto a Borges, éste se hace presente desde el inicio del volumen, ya que Planchart lo cita directamente:
 

1964
 
Ya no seré feliz tal vez no importa
hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar.

     Son precisamente esas otras cosas las que el poeta va a explorar en su libro. El título del poemario parecería anunciar alucinaciones, o sea visiones que se acompañan sin jamás intersecarse, como las líneas paralelas. Sin embargo, en los poemas encontramos el símbolo borgiano del espejo, de la amada como reflejo y espejo del amado y, a veces, con el horror de los espejos borgianos que como la paternidad multiplican a los hombres. "Siempre el espejo/imágenes en plural/similar al punto/donde la evidente locura/arropó la conciencia" leemos en "IX", mientras que en contraposición en "III” leemos:
 

Imágenes de frente
aquel lado
este otro
mano tu mano
locura inocente
dos confundidos
unidad que sorprende
a lo monolítico
a través de ella
la transparencia
el lente de mí mismo

     Una palabra clave para entender la estética de Orlando Planchart es "transparencia". Esa trasparencia que tanto anhelara Mallarmé y que sería la plasmaci6n misma de la ausencia, su huella, la música del silencio, en otras palabras aquello que es indecible, aquello tan breve y pasajero que solamente experimentamos quizás como alucinación durante los instantes más profundos y diversos como el mar de la cita de Borges antes mencionada.

     El mismo Planchart nos lo dice en IV: (…)/y nos dijimos silencio/entre mar y espejo de sombra/anclamos en tu piel tibia/ único lugar de encuentro/donde acude el mar con su sombra".

     Los espejos de los poemas de Planchart son también espejos órficos que nos permiten ingresar en el reino de Alicia que si bien es el de las alucinaciones, también es el de las pesadillas apocalípticas:
 

XI
 
Los seres partieron
de sus rincones
a lo largo
de sus diagonales
oyeron el galope
las ondas misteriosas
vieron los rectángulos
en los espejos circulares
concurrieron en el punto
de la distancia en el tiempo
visibles indicios

     El tema del tiempo también está presente en los poemas de Alucinaciones paralelas y está relacionado con el concepto Heraclitiano de la vida vista como río, como fluir continuo de momentos que tratamos de asir mientras se nos disuelven en las manos: "( ... ) la lluvia cálida/inundó el espacio/y/ese tiempo/ esta vez huyó como siempre" ("XXII”). El agua, lluvia o mar, mar y lluvia parece ser el catalizador que ayuda a que el paisaje adquiera momentáneamente cuerpo. Lluvia con "sus cabellos con sus voces de palma/y sus cuerpos inquietos/cubiertos de magia/locura en la tormenta", "( ... ) una gota de lluvia/fragmentada en tu piel/la tomé y/ encontré lluvia mujer", o aquella "corriente de agua" que 'anuncia asunción" del poema "XXVI".

     En otro memorable poema, las gotas de lluvia le permiten al hablante lírico crear la presencia de una ausencia, la de la mujer amada:
 

XX
 
Noche de lluvia
sin luna
y sin ti
De la lluvia
te hice
al sentir tu ausencia
una gota, tu boca
dos gotas, tus ojos
y tus senos
infinitas tu cuerpo
tu aroma de¡ aire
fresco de la lluvia
tu palpitación
golpe suave de ella
lluvia por el patio sin luna

     Casi todos los poemas de Alucinaciones paralelas presentan una pluralidad de niveles interconectados en donde lo erótico y lo telúrico se entrelazan en caleidoscópica metamorfosis. Bellísimo ejemplo de este fenómeno es el poema “XXVIII” y los cuatro siguientes que están ínterrelacionados y fueron inspirados por el devastador huracán Hugo que desoló partes de la isla de Puerto Rico en 1990:
 

XXVIII
 
En el eclipse
desnudé tu sombra
impulsiva
la gravedad
de anillo lunar
me atrajo
como otro canto
y giré elíptico
sobre el brillo
del cautivo punto

     Se trata de un eclipse real y metafórico a la vez.
     Debido al eclipse real el amante solamente ve la sombra de su amada, la sombra de su cuerpo el cual desnuda, pero así como al desplazarse el sol, al "desnudar su sombra" nos permitirá volver a ver el brillo de la luna cuyo anillo es lo único perceptible durante el eclipse, así al desnudar a su amada el amante se ve atraído por el brillo del cautivo punto que es aquí el sexo de la amada. Así como el autor explora la fugacidad de un presente que cesa de serlo en cuanto se le menciona, también lo ve como un "continuum", como una dimensión en la cual ciertas vivencias casi alucinatorias nos permiten rescatar jirones del pasado o andar hacia nuestros antepasados y al desandar el camino de éstos sólo dejar huellas.

     El brevísimo regreso a la infancia es traducido por el verbo "roza? en el poema "XII":

Ayer
rocé la infancia
volví a los caminos
un cabello cerró mis ojos
crecí en el día
y la tarde sacudió mi nombre

     Quizás de todos los poemas del volumen reseñado centrados en el tema del tiempo el poema "XXXVIII" sea el más explícito. Este concluye así: “( ... ) Horas:/ lentas/llenas de pesados infinitos/donde piel en una piel pasa/queda la espiga/y ya fue ayer ... /El sol con su luz deja sombra".

     Pero, por encima de todas las imágenes emerge una y otra vez el mar, el-mar-amor-, el amor- mar, lo que se encuentra al otro lado de aquel espejo que el poeta nos dice haber cuidado por años en el poema “XL”.

     Alfa y omega, principio y fin que lo contiene todo y todo lo renueva, aquel que disuelve y crea todas las geometrías y en cuyo fondo viven los misteriosos erizos que, como nos dice en otro poema, ni tienen la culpa quizás de nada. "Era el mar y no lo sabía/inundó el espejo/que cuidé por años/Este mar era cabellos al viento/ pájaros revoloteando sin prisa/sus aguas tibias como la luz(...)"

    Habiendo leído otros poemas sueltos de Orlando Planchart no incluidos en este brillante primer libro podría vaticinar sin duda alguna de mi parte que nos encontramos frente a uno de esos talentos excepcionales que mucho darán de hablar a los críticos en el futuro y que dentro de una tradición poética sólida y reconocible aporta su toque único e individual en donde se alía hermosamente la sobriedad del matemático al cálido lirismo del Caribe.