Conversación con Isabel Allende

Conversación con Isabel Allende

ADELAIDA BIDOT/SARA RIVAS/BEATRIZ NAVIA


En estos tiempos dominados por la tecnología y por un estilo de vida impersonal, encontrar espacio y sosiego para practicar el milenario arte de la conversación se ha convertido en un lujo de privilegiados. Conjugar, así mismo, la espontaneidad y el sencillo y correcto uso del lenguaje con el genuino interés de compartir ideas y vivencias, constituye en nuestros días una experiencia atesorable, como hacía el personaje de Clara con la caja de los recuerdos. Una mezcla de todo esto, unido con la satisfacción personal de ver el producto de un esfuerzo solidario, significó para nosotras el encuentro con Isabel Allende.

La frescura y honestidad de su palabra apareó perfectamente con nuestra cálida recepción. Así, lo que estaba programado como una entrevista intelectual, académica, se convirtió, mediante el aura de la confianza, en una fluida conversación. Los quince minutos acordados previamente se tradujeron en más de una hora de cuentos, chistes, confidencias y añoranzas. Lo que estaba destinado a convertirse en un artículo formal, literario, se transformó en un intercambio y cruce de voces femeninas, así como viejas amigas charlando durante "las horas del té".

Queremos compartir algunos de los temas que preparados o surgidos durante la marcha, discutimos. Por la extensión de la conversación hemos suprimido algunas partes y, a petición de la escritora, excluímos segmentos de confesiones muy personales.(AB)

BN: Nosotros amamos la literatura; este es nuestro punto de partida. Así que vamos a intentar enfocar esta conversación hacia lo literario. Unas afirmaciones que Ud. dijo hace poco, nos han recordado a Marguerite Duras, quien aseguraba que el hecho de escribir es en sí mismo un acto gozoso y que más allá de los personajes y temas, el mero contacto con las palabras en una página en blanco es ya un placer y una experiencia difícil de escribir. Por ello, queremos pedirle que, utilizando símbolos o analogías, nos aproxime a algunas sensaciones que experimenta en ese encuentro casi sensual con la palabra escrita.

IA: Voy a tratar de responderte más bien de una manera práctica. Yo tengo una amiga a quien quiero mucho, que hace joyas artesanales, como los zarcillos que tengo puestos...

SR: ¿Como Carmen?...

IA: Sí, es la amiga que me sirvió de modelo en El Plan Infinito. Ella viaja por el mundo comprando piedras, huesitos, pedacitos de marfil, pedacitos de plata, en fin... Tiene un taller donde hay miles de cajitas con miles de cosas de diferentes colores y formas. Para hacer uno de estos zarcillos, los va poniendo pelotita a pelotita: la mira, no le gusta; la quita, pone una, pone otra. Muchas veces me invita para que vaya a su taller (soy la única persona que ella admite en su lugar) y durante horas hago collares o pulseras y me pierdo completamente en la maravilla de escoger la piedrecita que voy a poner allí. Y después que he tanteado mucho, resulta que no me gusta y cuando la cambio se me desequilibra y tengo que recomenzar. Ella dice que me pierdo completamente; que me hablan o suena el teléfono y no oigo. Que soy la compañera ideal, porque es como si yo no estuviera. Bueno, eso mismo me pasa cuando escribo. Voy poniendo una palabra y otra, y esta no me calzó y puse un adjetivo y entonces me quedó toda la frase demasiado larga o me quedó descompensada o desbalanceada. En defintiva, lo que hago con las manos es similar al trabajo artesanal con la palabra.

BN: Es artesanal, pero en el momento que se funde todo, se convierte en creación artística. Es más que algo manual, más que habilidad...

IA: Sí, es una especie de instinto que te dice qué es lo adecuado, qué es lo que vas a colocar o cómo lo vas a colocar. Un instinto que muchas veces se equivoca, pero uno aprende a confiar en el instinto cada vez más. Al principio había muchas dudas, más de las que hay ahora con respecto al lenguaje. En este momento tengo otro tipo de inquietudes, pero ya no tantas respecto al oficio artesanal de la escritura.

AB: ¿Entonces, cuando Ud. concibe una novela, no piensa necesariamente en la totalidad de la historia, sino que esta se va entretejiendo según su propio ritmo?

IA: Yo nunca hago un guión previo. Si me preguntas al principio de qué trata la novela, no te lo puedo decir. Podría decir vagamente que creo que va a ser una novela histórica, situada en tal parte y nada más; porque, la verdad, yo misma no lo sé. No hago el guión, porque las pocas veces que lo he hecho, soy incapaz de seguirlo. Los personajes se lanzan en su propia aventura, solos. Yo he aprendido con el tiempo a respetarlos, a dejar que ellos mismos se manifiesten, que hablen por sí mismos, que sigan el curso de su propio destino. Cuando interfiero para tratar de organizarlos a mi manera, no resulta. Por ejemplo, en Eva Luna, tenía más o menos planeado algo: los personajes son dos niños de la calle, huérfanos, pobres y sin educación. Ellos van a crecer en vidas paralelas y, en algún momento de la novela, se van a juntar para ser compañeros. Pero cuando coincidieron en la página 160, el tipo no me gustó nada y pensé: "bueno, si yo fuera Eva Luna, no me quedaría con este señor"...

SR: ¿Huberto Naranjo?

IA: Sí, él mismo. Me quedé a la mitad de la novela trancada, porque se me perdió el personaje masculino. Entonces necesité de alguien que viniera a rescatar a Eva Luna de ese callejón sin salida, y aparece el árabe Riad Halabí. Yo no conozco a nadie como él. Cuando apareció en mi imaginación ya venía con un nombre, con una presencia física y con un labio leporino. Era un personaje secundario que sólo iba a venir a salvarla, pero fue creciendo hasta que se convirtió en un personaje protagónico y después, incluso, reapareció en Los Cuentos de Eva Luna. Fue más fuerte que yo. Me ganó por cansancio o por presencia.

AB: Aun sin ese Plan, como Ud. dice, encontramos en sus novelas un orden tan lógico, que de momento reaparecen eventos o personajes que a lo mejor ya ni recordábamos. Específicamente en la novela La Casa de los Espíritus, aparece el episodio cuando Ana Díaz está despidiendo a su hermanito en el Colegio y le dice: “daría la vida por ti, Miguelito", y luego la voz del narrador interviene: “... no sabía que algún día tendría que hacerlo".

IA: A veces hago “trampas”. Por ejemplo, en un caso como ese, es posible que al terminar la novela, cuando Ana Díaz ya "haya dado la vida por el hermano", como recurso de suspenso, yo vuelva atrás y lo incluya. Pero, muchas veces, la organización se va dando sola, casi intuitivamente y cuando pasa lo que mencionas, escribo en un papelito la frase y lo pego con una chincheta en la pared, para que no se me olvide.

BN: ¿Requiere mucha memoria y además un ingenioso oficio de armar a fin de unir coherentemente los hilos de su obra?

IA: Sí, y como mi vida es complicada, porque tengo que viajar y hacer muchas cosas, esto es muy importante, pues tejer o bordar una novela supone manejar muchos hilos en la mano sin perderlos de vista. Fíjate que yo conocí a una escritora que colgaba los capítulos en un hilo de colgar ropa, con “perritos”, para no confundirse y los iba mezclando de una manera completamente visual.

BN: Ud. ha mencionado muchas veces que todas sus novelas han surgido de emociones profundas, en muchos casos de situaciones dolorosas, de nostalgias y de angustia frente a experiencias personales o colectivas de la realidad social latinoamericana. Por ello todas tienen muchos sesgos históricos, -inclusive con referencias explícitas a lugares que uno reconoce como Venezuela, Chile... Sin embargo, creemos que, felizmente, sus obras evitan ser solemnes, lúgubres, excesivamente realistas o meros instrumentos de crítica social. Lo que hace posible, a nuestro entender, que vayan más allá del periodismo o crónica literaria y que se imponga lo literario es que hay elementos estilísticos y enfoques temáticos propios de una buena literatura. Sobre esto vamos a hacerle algunas preguntas.

AB: Por ejemplo, ¿en función de qué aparece el humor: como sátira, como una crítica social; o es una manera de representar a los latinoamericanos que recurrimos al humor para salvarnos, como un mecanismo de defensa?

IA: Cuando yo era periodista tenía una columna humorística todas las semanas, la que mantuve por diecisiete años, primero en Chile, más tarde en Ve-nezuela. Cuando tú escribes humor en forma regular, se te entrena la mente para ver siempre las cosas "por detrás". Si todo el mundo está mirando la situación desde un ángulo, el humor consiste en verla desde otro ángulo inesperado. Es un entrenamiento. Yo lo aplico permanentemente en mi propia vida. Me sale natural, no lo pienso. Aun en situaciones muy dolorosas siempre hay momentos en que uno se ríe. Mira, en el hospital de Madrid, donde estaba mi hija tan grave, en la sala común del Departamento de Neurología, donde había seis camas, se daban algunas escenas realmente cómicas entre los locos del piso. Escribí sobre estas, porque son extraordinarias, son temas de color como en un cuadro de Fellini. Claro, es doloroso pensar que mi hija estaba en coma, pero, por otra parte, es maravilloso todo el enriquecimiento que eso me trajo. Entonces, en cada situación de la vida, salvo tal vez en la tortura, o en cosas de ese tipo, hay cosas que se prestan para el humor y a mí me sale en forma natural.

AB: Es una manera de abstraerse. Mirar en perspectiva, como si se vieran las cosas detrás de otra persona...

IA: Sí, te da una especie de desprendimento de la situación. Yo creo que es una reacción ante el dolor muchas veces, porque hay ocasiones que se da una situación muy dolorosa y la gente se ríe. Por ejemplo, en el cine hay, de pronto, una escena que es terrible y no sabes qué causa la risa. Es, seguramente, una reacción casi nerviosa.

BN: Además el humor es una manifestación de inteligencia. Refleja un sentido de percepción especial y puede ser un excelente medio para interpretar los aspectos más sencillos o los más trascendentes. ¿Tal vez por ello, cree Ud. que no es nada fácil escribir con recursos humorísticos?

IA: Yo creo que con humor se pueden decir cosas de una manera más eficiente. A veces un chiste de tres líneas cala más profundo que una columna de seis líneas. Es difícil escribirlo, porque es muy sintetizado; es como la poesía, que es síntesis, contraste.

BN: Qué bueno que el humor le surja espontáneamente, porque es una aspiración frustrada de muchos escritores. Ud., sin embargo, en un párrafo donde está narrando algo muy serio, de pronto, con gran desenfado, inserta una oración que hace trastabillar el tono del mismo...

SR: Justamente hace poco comentábamos algunos pasajes de Eva Luna cuando la niña hala la peluca a una de sus amas y se aterroriza al arrancarle el cuero cabelludo...

AB: O cuando Elvira compra el féretro y juega con Eva al espectáculo de llorar la muerte...

BN. Y lo más célebre, para mí, se da en La Casa de los Espíritus con lo que acontece en diferentes capítulos a la cabeza de Nívea ...

IA: Todas esas cosas son ciertas y para que Uds. vean que no hay nada nuevo bajo el sol, lo de la cabeza de Nívea está inspirada en una experiencia en Chile, en el año 1972. Mi mejor amiga era de una familia de catorce hermanos. Los padres tuvieron un accidente en un automóvil; se mataron los dos y la cabeza de la madre se perdió. Salí con todos ellos a buscar la cabeza a lo largo de la carretera Panamericana, hasta encontrarla. Me quedó siempre esa impresión. Diez años después, cuando escribí La Casa de los Espíritus, volvió esa imagen. Hoy he terminado de leer el libro Crazy in Alabama de un escritor norteamericano. Es la historia de una mujer que le corta la cabeza a su marido con un cuchillo eléctrico de la cocina, la pone en un recipiente para secar lechuga y cruza todos los Estados Unidos con esta. La cabeza empieza entonces a hablarle. Es un libro extraordinario. Me pregunté: ¿dónde he visto yo esto? Ya se me había olvidado La Casa de los Espíritus. Tú ves, un tema recurrente.

BN: Recurrente, como el caso de Lorena Bobbitt...

IA: ¡Una maravilla como tema literario!

SR: Sin duda, lo cómico está presente en sus trabajos, por ello quisiera que abundáramos sobre un aspecto que me interesa mucho. Es posible que le hayan comentado anteriormente que en sus novelas se pueden reconocer algunos elementos de la Picaresca. Según María Casas de Faunce, hay tres categorías comunes a todas estas obras: la visión de la realidad (tendencia de algunos personajes a degradarse en un mundo degradado), el tono reflexivo, y las observaciones relacionadas con ciertas clases sociales, esto, unido a un elemento de comicidad. ¿Cree Ud. que en la historia familiar de los Reeves y en Eva Luna, se cumplen estas características?

IA: Me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero cuando salió publicadada Eva Luna, lo primero que se dijo en España es que era una novela picaresca. Yo no había leído jamás una novela picaresca. Me eduqué en un colegio inglés, en el que nadie había oído hablar de ello, porque fundamentalmente estudiábamos a Shakespeare, no literatura Española. Inmediatamente me puse a leer como loca para ver de qué trataba. Hoy día te podría decir que sí, hay estos elementos, pero cuando escribí Eva Luna no estaba pensando en este género, pues desconocía su existencia.

SR: Creo que influyó en algo ese conocimiento cuando elaboró El Plan Infinito, porque aquí, sí, se reconocen algunos rasgos de la picaresca. Pienso, por ejemplo, en el personaje de Carmen, quien va de un lugar otro, cargando una vida tan difícil...

IA: Tampoco en ese caso pensé en la picaresca cuando lo escribí, sino que tomé las vidas de estas personas (de mi amiga la que hace las joyas, por ejemplo) y las conté de una manera muy natural y en orden cronológico. Te habrás dado cuenta que en lo que yo escribo no hay experimento con la forma. A veces cuento cosas del pasado o introduzco otra voz narrativa, pero no hay experimentos; es muy sencillo de leer. En ese sentido, creo que todas mis novelas se parecen un poco, son historias contadas de una manera muy sencilla y cronológica de la vida de alguien. Pero también, si tú lo piensas, muchas novelas tienen elementos picarescos.

SR: Se ha dicho que cuando una sociedad está en crisis es cuando florecen las artes, en este caso la literatura. En su caso específico, ¿surge la literatura como una necesidad de proyectar esa realidad, de reflexionar sobre ella, o como un escape?

IA: Yo diría que lo que determina es la represión. Las artes se duermen, esconden la cabeza y, cuando cambia la situación, resurgen con nuevo vigor. Es lo que está ocurriendo en Chile, lo que sucedió en España después de Franco y lo que sucede cada vez que hay un gobierno represivo donde hay censura. Los escritores y los artistas o se van, o se esconden, o se callan. Pero durante ese periodo han acumulado una gran fuerza creativa que después se manifiesta como un Renacimiento. En mi caso, me fui de Chile y no viví el largo periodo de represión. Pero, sin duda, yo he repetido que mi vida se marcó el día del golpe militar. Fue una crisis tan brutal que fue como un hachazo que cortó mi vida en dos partes. La escritura, la ficción, nació después, como una necesidad de recuperar lo perdido. Ahora que miro para atrás, digo: eran las raíces que buscaba. Buscaba un territorio seguro que yo pudiera llevar conmigo, donde plantar las raíces, como un pote de tierra donde meterme. Eso fue la escritura; ahí he ido plantando recuerdos, memorias, pensamientos; todo lo que yo soy como ser humano se ha ido volcando en esas páginas que escribo, que son muchas ya, desde entonces. Siempre digo que la escritura es para mí un ejercicio de sobrevivencia. Es lo que me salva a veces de la locura, a veces de la depresión, a veces del suicidio. Cuando Paula murió, lo único que quería era morirme, lo único... Me he demorado dos años en salir de ese estado de ánimo. Y me ha salvado el ejercicio cotidiano de escribir.

AB. Es lo que sostenía Freud: que lo que a una persona la convierte en neurótico a un escritor lo convierte en artista. Esto, que se ha señalado como una función "liberadora" de todas las ansiedades y sensibilidades, ¿podría también hacerse extensivo a una especie de función catártica y creadora de la literatura hispanoamericana?

IA: Creo que sí, y además pienso que la literatura latinoamericana ha tenido una función copérnica, desde hace mucho tiempo. Desde Sor Juana Inés, quien fue la primera feminista, nuestra literatura ha tenido esa función de narrar Latinoamérica hacia el mundo y de “narrarnos nosotros a nosotros". Es decir, al poner en palabras quiénes somos, entonces, somos. Me es difícil explicarlo...

BN: ¿Algo así como construir la realidad con la literatura?

IA: Sí, efectivamente, se construye en la literatura. Esa es una función que ha tenido la literatura latinoamericana desde hace mucho tiempo. Pienso que esto pasó con el “boom": creó un coro de voces diferentes pero armoniosas que contaron quiénes y cómo somos. Porque hasta entonces teníamos la visión que el europeo nos quería poner como un espejo. "Uds. son estos salvajes", nos dijeron. Y desde el interior de nosotros nació esa voz que dijo: "No, nosotros no vamos a contarnos con ese lenguaje, ni con esas imágenes. Somos otra cosa". Establecieron así quiénes somos para nosotros primero y luego para los demás. Esto se ha ido repitiendo en lo que ha venido después del “post-boom" y en la literatura actual siempre hay como un adelanto de lo que va a ocurrir. Es casi profético.

BN: Es en esta especie de "caos lógico" de América Latina, en este maravilloso y complejo cosmos, mezcla de fatalidad y de alegrías donde se funde la tradición con lo nuevo, de lo hecho y de lo que está por realizarse. En fin, lo que con tanto acierto el “realismo mágico" o “lo real maravilloso" ha podido representar y reconstruir ¿Cree Ud. que A.L. sigue siendo una veta o una materia prima inagotable para un escritor, o podrán en un momento agotarse estos recursos?

IA: Yo he comprobado que actualmente se ha agotado un poco el interés por la literatura latinoamericana. Se saturó un poco el mercado de lectores. Sin embargo, hay un interés nuevo por lo que escriben las mujeres y eso abre nuevas puertas. Aún así, pienso que nuestro continente es una fuente inagotable de creatividad. Fíjate que cuando viene un turista y regresa a su país de origen con un montón de fotografías, ni siquiera se acuerda si esas fotos son de Bolivia o del Paraguay o de México. Todo se le revuelve en la cabeza, como en una gran bolsa. Es un poco como Africa para nosotros. Yo creo que algunos factores explican esto: hay una gran consistencia; es asombrosa la continuidad de nuestra cultura y tú lo encuentras como un hilo conductor del inconsciente colectivo y de la historia, de las leyendas y de la geografía que se manifiesta en todas las artes, no solamente en la literatura. Esta magia ya la vieron los conquistadores cuando llegaron aquí. B.N: En relación al reciente aporte literario de las mujeres, apreciamos en su obra el particular manejo del amor; del amor de parejas, del amor erótico, presentado unas veces con humor, otras, en su estado más instintivo, otras en un marco más sublime. Antes las escritoras no se atrevían a lanzarse por estos terrenos de la presentación del erotismo con espontaneidad, sin prejuicios.¿Ud. forma parte de la generación que empezó a hablar sin miedo?

IA: Nos educaron en colegios católicos. Las mamás eran unos personajes importantes que había que respetar. El erotismo me sale fácil en la literatura. No tengo ningún problema al escribirlo. He descubierto una especie de fórmula que me funciona muy bien tanto para el erotismo como para la violencia. Utilizo más o menos el mismo mecanismo: no entro en detalles, sino que creo la atmósfera de lo que está ocurriendo. Por ejemplo, en una escena sexual, nunco digo exactamente qué le hizo quién a quién, ni quien le metió qué a quién. Creo un ambiente en el que se sienta la textura de la sábana, en el que se huela el sudor, en el que se perciba el calor, en que los sentidos del lector penetren en la atmósfera de esa escena y que el mismo lector cree la escena y se quede con la impresión de que ha leído una escena profundamente erótica, pero la verdad es que no lo es. Es más sensual que propiamente sexual. En las escenas de gran violencia, por ejemplo, de tortura o de violación, creo también una atmósfera de terror, de miedo, en la que no digo exactamente qué le hacen, sino que solamente describo el sonido, lo que se oye y el lector imagina todo lo que está pasando.

BN: Con esa manera de sugerir o simbolizar logra que en algunas escenas de amor, por ejemplo, se cree un ambiente poético ...

IA: Hay una especialmente: la escena entre Francisco e Irene en De Amor y de Sombras. La citan mucho en antologías y en otras partes. La persona que hizo la película sobre este libro dijo que se enamoró del mismo por esa escena y esto la motivó a realizar el filme. Cuando llegó el momento de filmarla, echó a todo el mundo afuera, se quedó sola con los actores y les tocó música para que pudieran hacer la escena como ella la imaginaba. Resultó muy bella, porque Antonio Banderas está desnudo, pero la chica no. Ella está con camiseta y calcetines. Fue filmada por una mujer y es la sensibilidad femenina la que se proyecta.

SR: Vemos también encuentros amorosos inesperados, por ejemplo, el de Samantha, una mujer frívola, con Greg. ¿Por qué los unió siendo tan diferentes?

IA: Porque en la realidad así fue. Mi marido tuvo dos mujeres antes. Una es Samantha que, en la vida real, tiene otro nombre y la otra es Sharon. Están descritas en la novela tal y cual son en la realidad.

AB: En ese sentido, su literatura podría considerarse una literatura testimonial...

IA: Me siento con la libertad de darle la vuelta y de convertirla en ficción, pero la verdad es que tomo las historias de la vida real. Mira la carta que me llegó el otro día, con una historia como "regalo". Quien cuenta es la recepcionista de un hospital de rehabilitación de alcohólicos en Western Colorado y dice que una noche recibe a una mujer borracha y casi inconsciente con el vestido de novia hecho girones y un bouquet de flores todas marchitas. de los detalles. Yo le contesté que no me averiguara nada. Hasta ahí era suficiente. Por donde lo agarres es un relato maravilloso en términos literarios: si es ella la novia frustada que terminó haciendo el amor con un desconocido sobre los rieles, ya esa es una historia; si se encontró el vestido en la basura, hay otra novia que lo tiró y es otra historia.

BN: Vuelve la idea de los "sucesos encadenados", de que todo es cíclico....

IA: Es extraordinario... Esto es Estados Unidos, no es Bogotá, no es Macondo.

SR: ¿Corresponde su visión del mundo con la filosofía de predestinación que aparece en su narrativa?

IA: En parte, sí. Yo no soy tan fatalista como aparece a veces en las novelas, con esa sensación de destino inexorable. Yo creo que exite el destino, pero que uno lo puede más o menos manejar y convertir una situación en positiva o en negativa. El destino hizo que mi hija Paula muriera y yo no pude cambiarlo. Durante un año luché desesperadamente por salvarla, llegó un momento en que empecé a rezar para que muriera. Eso yo no lo escogí. Eso me cayó encima. Ahora, puedo morirme de la desesperación o transformarla en una experiencia creativa y de aprendizaje. No todo lo que le pasó a Paula fue negativo. Nosotros, como familia, nos unimos mucho más; todos somos más fuertes y aprendimos una lección. Yo perdí para siempre el miedo a la muerte y una vez que esto sucede le pierdes el miedo a casi todo lo demás. Soy fatalista en ciertos aspectos, y creo que hay cosas que están escritas. Es determinante, en tu biografía, dónde naces, cómo naces, en qué familia; si eres hombre o mujer, si eres sano o enfermo. Todo está predeterminado en tus genes y uno no tiene ninguna elección. Pero de ahí al fatalismo literario que aparece en mis novelas, no.., no tanto.

BN: En su trabajo novelístico está presente el problema de la migración, de la identidad, del sentido de pertenencia y de la pérdida de raíces. Varios de sus personajes, como Greg, Esteban Trueba u otros se sienten insatisfechos con el lugar donde viven, están divididos por una especie de esquizofrenia. Este conflicto de la vida del migrante y del exiliado, de alguna manera está tan generalizada que todos somos un poco desterrados, todos, en cierta medida, hemos perdido el centro, aunque no necesariamente es siempre fatal. Me gustaría que Ud. me dijera qué pierde y qué gana una persona que se aleja de sus raíces.

IA: Para mí, y creo que para mucha gente, el exilio fue una experiencia positiva. Me obligó a encontrar, dentro de mí, fuerzas que no sabía que tenía; me enseñó a usarlas. Me obligó a abrirme al mundo y sentir que no pertenezco a un lugar, sino a una región más amplia; a integrar en vez de desintegrar, a incluir en vez de excluir. En ese sentido, fue muy positivo. Me obligó a plantar raíces en la literatura, en la memoria y a llevarlas conmigo. Hay una frase de un personaje de Bertold Bretch que es muy linda. El dice: "Yo soy un hombre que va con un ladrillo bajo el brazo para mostrarle al mundo cómo es mi casa". Mi ladrillo es La Casa de los Espíritus, tiene el tamaño y hasta el peso de un ladrillazo. Este es el universo que yo he creado para mí y todas mis novelas posteriores lo van conformando. De manera que no ha sido negativo. Trabajo mucho con la comunidad latina en California. Son los últimos de los últimos, los más olvidados de los olvidados, los más pobres de los pobres, en gene-ral, indocumentados. Ahora hay un sentimiento anti-inmigrante muy parecido al peor fascismo y muy peligroso en Estados Unidos, sobre todo en California, especialmente hacia el migrante latino. A mí me toca hablar con la gente que está desesperada. Les digo que no todo es malo, que no tienen necesariamente que perder sus raíces, sino que van a tener otras más que plantar; que sus hijos van a tener la riqueza de las dos culturas. Vamos a integrarnos, vamos a tener dos lenguas, dos culturas. De esto se trata: de no perder. En fin, no creo que perdemos, sino que ganamos.

BN: Intentemos conectar el tema de la fatalidad con el del amor que se mencionó anteriormente. En sus novelas se traduce cierto fatalismo en el amor; por ejemplo, muchas de las parejas protagónicas no pueden eludir el cerco destructivo de su contexto socio-cultural. Pienso en el amor clandestino de Blanca y Pedro Tercero al margen del patriarcardo, ejemplificado por Esteban Trueba; o en los fracasos encadenados de Judy y Gregory. Luego Eva Luna y Huberto Naranjo, cuyos encuentros transitorios muestran unas vidas sujetas a las circunstancias guerrilleras. Alba y Miguel, también, se presentan como víctimas de una dictadura .... ¿Es esto un destino latinoamericano o un destino universal.? ¿Será que el amor tiene demasiadas dificultades para desplegarse? ¿La felicidad dura un instante, como se dice comúnmente?

IA: Creo que el amor viene así como chispazos. Siempre he creído en él y por ello he estado toda mi vida enamorada de uno o de otro. Pero, en mi caso, no se ha dado el amor eterno, salvo por mis hijos o por mi madre o por amigos. Pero el amor pasión nunca se da de una manera eterna, aunque a veces puede ser prolongado, porque mi primer matrimonio duró casi treinta años. Sin embargo, creo que el amor pasión contiene en sí mismo la semilla de su destrucción. Es como que la naturaleza provee esta fuente de pasión para que uno pueda reproducirse y después ¡paf!, como que se apaga. Y si uno tiene la inteligencia y la capacidad y la complicidad de transformarlo en otra cosa, perdura, pero el amor pasión no creo que se mantenga por mucho tiempo.

BN: Es posible también que haya un mito de la felicidad, del amor...

IA: Un mito del amor romántico, sí, lo hay.

BN: Precisamente ayer comentabamos que también hay un mito sobre las entrevistas...

IA: ¿Por qué un mito de las entrevistas?

AB: García Márquez escribió un ensayo que titula ¿Una entrevista?No, gracias, en el que expone su eterno temor a las entrevistas, a las que por ética -siendo él periodista- no puede negarse. Dice sentirse desolado al comprobar que en cada una de ellas se repiten las mismas preguntas (para las que trata cada vez de inventar nuevas respuestas). Lo peor de todo, según él, es cuando concluyen con: "Hay algo, que usted hubiese querido que le preguntaran?"...Mientras tanto, dice él, sigue esperando al entrevistador de su vida...como al amor.

IA: Qué lindo. No lo conocía, pero fíjate, yo no encaro la entrevista como el amor, sino como una conversación. Siempre me planteo, sobre todo cuando es una periodista mujer, que estamos conversando como a la hora del té en una cocina. Se me olvida de que es una entrevista, por eso a veces digo cosas que no debería decir.

AB: ¿Espera Ud. Esa Pregunta que explique su obra o que contradiga o afirme lo que ha dicho la crítica? ¿Cree que el autor necesite explicarse más allá de la novela?

IA: No, además dudo que a alguien le interese lo que uno tiene que decir. Yo siempre pienso que Uds. están perdiendo el tiempo. Al lector no le interesa realmente esto, a él le interesa leer el libro o ver la película, pero leer entrevistas ...yo no sé..

BN: A mucha gente le gusta leer entrevistas y si se trata de alguien a quien se admire, se le escucha. Es posible, por ejemplo, que su respuesta a la pregunta que le vamos a hacer inmediatamente sensibilice a más de un lector. Esta es la siguiente: Lamentablemente, por diferentes causas, muchos sectores ven el oficio y la producción literaria con indiferencia, consideran que al no ser este campo "rentable", carece de importancia y, en el peor caso, la literatura es vista con desdén. ¿Qué argumentos utilizaría Ud. para intentar revalorizar en estas personas el poder creador de la palabra escrita?

IA: Yo creo que la humanidad tiene necesidad de historias. Tan antigua como la humanidad misma es la necesidad que tenemos de la historia que nos explica a nosotros mismos. Hay muchas clases, pero algunas perduran, se repiten y se transforman. Es como un mito que se expresa a través de ellas. Yo creo que nuestros tatarabuelos, sentados alrededor del pueblo, en esos inviernos eternos de la Edad de Piedra, ya estaban escuchando historias. Las historias son a la sociedad lo que los sueños son al individuo. Si nosotros como seres humanos no soñamos, nos volvemos locos. El sueño despeja la mente, el ruido, ordena simbólicamente; revela secretos, nos enseña sobre nosotros mismos. El cuento, la historia, la narración, tienen el mismo efecto a nivel colectivo. Eso se puede hacer de muchas maneras: a través de la poesía, de forma oral o del cuento repetido que pasa de una generación a otra desde épocas donde no existía la palabra escrita. O, también, con las formas más elaboradas de la literatura más sofisticada. Pero en el fondo, es la misma necesidad que el hombre tiene de escuchar. En ese sentido cumple un fin primordial para la sociedad. Es la función de explicar un tiempo, un momento, un evento, un sentimiento para el colectivo. Y se convierte en obra perdurable o trascendente cuando explica algo que interesa a muchas personas. Cuando Kafka escribió La Metamorfosis, parecía una pesadilla de un hombre que vivía neuróticamente. Pero esta novela contemporánea toca un momento del alma colectiva y se erige en símbolo de un tiempo. Solamente el tiempo puede probar qué es una obra de arte. Es curioso, porque a pesar de que hay, como tú bien dices, ese desprecio a la literatura, siguen existiendo libros, sigue habiendo gente que lo único que puede y quiere hacer es escribir, aunque se muera de hambre. Yo siento que el escribir es una celebración de la vida. Son las ganas de contar, de contar las historias de los demás, de comunicarse. Gabriel García Márquez dijo una vez que "escribo para que mis amigos me quieran más". Yo pienso que yo escribo para que la gente se quiera más. Como una celebración de la vida.