Recordando a Raúl Juliá Arcelay

Recordando a Raúl Juliá Arcelay


RAUL JULIA. Actor de cine y de teatro. Nació en San Juan el 9 de marzo de 1940. Se inició como comediante en un espectáculo en el Hotel El Convento y fue miembro del coro de la Universidad de Puerto Rico. Obtuvo el grado de Bachiller en el Recinto de Río Piedras (UPR). Se trasladó a Nueva York, en 1964, dispuesto a dedicarse al teatro. Estudió arte dramático con Wynn Handman. Debutó con éxito en las tablas con la interpretación en La vida es sueño de Calderón de la Barca. De ahí en adelante fue comisionado para papeles importantes en obras como Blood Wedding, No Exit, A Servant of Two Masters, Othelo, Man of rhe Mancha, Your Own Thing, Two Gentlemen of Verona, entre otras. En diez años logró consolidarse como actor profesional en el exigente ambiente de los Estados Unidos.

Su participación en el cine fue intensa. Actuó (muchas veces en papeles protagónicos) en las siguientes películas: El beso de la mujer araña (compartió los roles estelares con William Hurt, premiado este último con un Oscar), Romero, One from de Heart, The Escape Artist, The morning after, La Gran Fiesta, Tango Bar, Onassis, Havana, Presume Innocent, The Burning Season, The Adams Family, Street Fighter, entre otras.

Falleció en la ciudad de Nueva York el 24 de octubre de 1994 y sus restos mortales fueron trasladados a Puerto Rico. En la sede del Instituto de Cultura Puertorriqueña y en el Colegio San Ignacio de Loyola, donde estudió sus primeros años, se le rindieron los merecidos honores.


Nancy Rosado Camacho

Una vez más queda burlado aquello que dice "nadie es profeta en su propia tierra". Luego del fallecimiento del actor puertorriqueño Raúl Juliá Arcelay, acaecido en la ciudad de Nueva York en una fría madrugada de octubre, se demostró profusamente -a través de homenajes, de opiniones y elogios de sus compañeros de la pantalla y de las tablas y de cientos de manifestaciones de duelo- que este artista sí fue querido y respetado en su propio país. Palabras sinceras y hermosas, que salen del fondo del alma, se desplegaron a través de todos los medios de comunicación, proyectadas de todos los confines de la tierra que lo vió nacer. Todo un pueblo dijo Presente en el capítulo final de la vida del ilustre actor, y siguió con devoción los momentos críticos previos a su muerte. Cuando el inevitable deceso aconteció, Juliá fue acompañado por una impresionante y filial guardia de honor que lo condujo hacia su última morada, donde lo esperaban su padre y su hermano.

Desde el momento de su partida, hasta el presente, el nombre de este actor ha ocupado insistentemente los titulares de los principales rotativos, tanto de Puerto Rico como del exterior. A pesar de todo lo publicado, hay mucho más que decir. En este escrito hemos querido, a manera de un sencillo homenaje, reunir las voces de sus amigos más queridos, quienes lo conocieron y compartieron etapas claves de su vida. Ellos destacaron estampas fundamentales de su trayectoria y nos relataron lo que para ellos significó este gran hombre. Las voces de su entrañable amigo de la adolescencia, el líder político Rubén Berríos, de los cineastas Marcos Zuriñaga y Jacobo Morales, la congresista Nydia Velázquez, el escritor Luis Rafael Sánchez, la crítica de teatro Ileana Cidoncha, el actor Eduardo Jaime Olmos, los periodistas Rubén Arrieta, Andrea Martínez, Gloribel Delgado, Mel Gusow, Leonor Mulero y Carmen Millán, la actriz Miriam Colón, el publicista Angel Collado Schwarz y otras importantes figuras del Gobierno y del ambiente académico y cultural, se han ponunciado para dar testimonio de amor a quien fue compañero y entrañable amante de la vida.

Todos presentaron a un Raúl Juliá con un alto sentido de justicia hacia nuestros pueblos latinoamericanos. Ejemplo de esto fue su participación como observador en un proceso electoral en El Salvado y su apoyo incondicional a "Hunger Project", mostrando solidaridad y fe hacia estas personas interesadas en aliviar el problema de la hambruna. También, en el 1988, decidió formar parte de la campaña de la Compañía de Turismo de Puerto Rico, pese a que sus asesores le recomendaron lo contrario, pensando en que se podría afectar la imagen de aquel boricua que subía "como la espuma". Esta determinación le valió una vez más el epíteto de patriótico al ser un puertorriqueño con un alto espíritu de compromiso con su pueblo.

Sus amigos describieron a un Raúl Juliá valiente, atrevido e independiente. Todos valoran los méritos de aquel joven que, teniendo suficientes recursos económicos provenientes de su familia, renuncia a ellos para forjarse a sí mismo y lanzarse a los prestigiosos y competitivos escenarios neoyorquinos. Valerosa autarquía que fusiona sus ansias de superación con su necesidad vital de sobrevivir en un país desconocido; poderosa voluntad de alcanzar Broadway. Su debut teatral con la obra de Calderón fue punto decisivo de empuje y arranque.

Sus compañeros destacan a una persona que se había comprometido con la misión de transformar el modelo del artista hispano, proyectado hasta entonces. Se esforzó, sin descanso, por trazar una imagen dignificante del latino. Fue marchando firmemente hasta la consecución de sus metas más entrañables y, lo que es mejor aún, abrió puertas para que otros pudieran pasar. Su primera ovación, luego de la interpretación en "La Vida es Sueño", no fue en manera alguna, razón para endiosar su ego. Supo mantenerse en el umbral de la humildad y sencillez, porque entendía que era el preludio de su jornada. También nos relatan sobre su importante colaboración para fundar la organización "Visiones Luminosas" que brindó una invaluable oportunidad para promover a escritores de cine y televisión.

También coinciden en que había en Juliá una innata vocación para el teatro y el cine, talento que se consolidó por la disciplina, rigor y sentido de sacrificio que imprimió a sus etapas de desarrollo profesional. Recuerdan sus amigos, cómo, después de aquellos largos días de búsqueda de empleo, pasaba frías noches de desvelos, mientras pulía su dicción del idioma de Shakespeare, para interpretar perfectamente los personajes encomendados. ¡Y lo hizo tan bien! Lo dicen los que saben. Yo solamente he visto lo de la pantalla grande. ¡Cómo olvidar al poeta de La Gran Fiesta! Calíope, musa de la poesía épica, lo aplaudía delirante mientras realizaba la escena. ¡Cómo no pensar en Onassis y en la extraordinaria interpretación de este magnate griego! Aunque, a mi entender, la mejor actuación la plasmó en la película Romero. No puedo apartar aquella escena en que el obispo con su gentil parsimonia, caminaba junto a un pueblo esperanzado para rescatar su Iglesia de la que, momentos antes, había sido expulsado. Toda una procesión que culminaría con el fatídico asesinato. Como Homero Addams, dio rienda suelta a sus travesuras de hombre enamorado, embriagado, por la belleza de su amada. Delicioso elixir, mágica poción de amor. ¡Y hasta exploró el Nintendo junto a Jean Claude Van Damme! ¡Cuán perverso fuiste General Bison! Implacable destructor, pero distinguidísimo militar. Los principales rotativos de Nueva York, de México y de muchos lugares del mundo, resaltaron la versatilidad y valía como actor. CNN, al anunciar su deceso por todo el mundo, reiteró que el cine mundial había perdido a un gran artista.

En fin, no solo sus allegados -quienes ser refieren a él como un gran padre, esposo y amigo- extrañan a Juliá. Aquí, en Puerto Rico, el pueblo no ha dejado de lamentar y llorar su partida. Por eso, desde Ponce, le envíamos a la Eternidad más mensajes de agradecimiento por haber sido tan exquisito ser humano, tan talentoso actor, tan extraordinario embajador de su Isla del Encanto. ¡Un eterno aplauso para Raúl Juliá y, como Rubén Blades le cantaba a Arnulfo Romero, que "suenen las campanas para un hombre bueno.."!

Fotos cortesía del periódico El Nuevo Día