Prólogo a las Cartas Inéditas de
Julia de Burgos

(años 1943 y 1945)
Realizado por: Sara Rivas y Adelaida Bidot

(Véase las Cartas en la revista impresa; para mayor información ir a la sección de suscripción.)

Hay veces... que sentimos el ansia de escribir a una alma oculta
en las lejanías y que esa alma escuche nuestro llamamiento de amistad.
(Federico García Lorca)

Julia de Burgos es "la más viva entre los grandes poetas puertorriqueños que ya han muerto", ha concluido muy acertadamente Efraín Barradas. Añade que un aire de misterio y fatalismo rodea la vida y la obra de esta escritora. Es posible que esta sea una de las razones de la fascinación que provoca el estudio de esa relación, biografismo-literatura, tanto en los especialistas como en los lectores para quienes la poesía es un goce vital y no materia de estudio. Su personalidad cautivante, esa mezcla de melancolía y lucha constante, la sensibilidad que desbordan sus poemas con matices de tristeza y esperanza, hacen una verdad contundente las palabras de Manuel de la Puebla cuando afirma que en ella se ha mirado la condición de millares de puertorriqueños alejados de la Isla y que sea, como sostiene Edgar Martínez Masdeu, quien nos une y hermana como pueblo, en sentido de la devoción colectiva hacia ella.


Con enorme satisfacción tenemos, en esta edición especial, el privilegio de compartir cuatro cartas inéditas de Julia de Burgos y un poema que acompaña una de ellas. Tres fueron escritas en 1943 y una en 1945 y se presentan transcritas de manera fiel y completa. Estos valiosos documentos fueron generosamente prestados para su publicación por la Sra. Magaly Simons Marín, quien reconociendo su valor histórico supo resguardarlos durante mucho tiempo. Llegaron a nuestras manos gracias a la desinteresada mediación del ingeniero ponceño Ramón Rivas Marín, nuestro querido Moncho, quien además ayudó a reconocer a algunos de sus parientes aludidos en las misivas. A ambos nuestro mayor agradecimiento.


En esta introducción nos atrevemos a hacer algunos comentarios y dar algunas informaciones complementarias que, esperamos, ayuden a contextualizar y a conocer un poco más de la vida de esta poeta que murió hace cuatro décadas y que hoy es considerada una "leyenda, una presencia", según palabras de María Sola. Se observará que nuestro enfoque intenta mostrar algunos aspectos poco aludidos de la vida de la escritora de cuyos últimos años se ha resaltado sobretodo sus aspectos conflictivos, debilidades personales y trágica muerte.


Edgar Martínez Masdeu es, sin duda, uno de los críticos que más ha trabajado en la recopilación y estudio de la vida y obra de la poeta que nació el 17 de febrero de 1914 y murió en julio del 1953. Gracias a su esfuerzo fue posible que el año 1992 se celebrara en San Juan el Congreso Internacional Julia de Burgos. En este, escritores, especialistas y admiradores de su trayectoria literaria expusieron amplia y documentadamente el valor trascendental de su calidad poética que, según Juan Bosch, no ha sido superada por ninguna poetisa hispanoamericana. A pesar de que Martínez Masdeu reconoce que la obra está marcada por unas constantes- la búsqueda y afán del amor, la preocupación o conciencia social, la pureza interior y la muerte- hay unas variaciones de intensidad en distintos momentos marcados por los traumáticos acontecimientos personales que atravesó. Por ello, para efectos de su estudio, ha dividido el proceso creativo de Julia en cuatro etapas que corresponden a su movilidad biográfica en tiempo y espacio. Estas son: "Puerto Rico o la búsqueda afanosa (1914-1940); Reencuentro en Nueva York (enero a junio de 1942); Cuba o la plenitud (junio de 1940 a junio de 1942); y Nueva York otra vez o el descenso a las tinieblas (1942-1953)." Las cartas que estamos presentando corresponden a este cuarto y final ciclo que, según el crítico, se ha caracterizado por la inestabilidad de movimientos y estados anímicos. En 1942, tras su fracaso y desilusión en la relación con Juan Isidro Jimenes Grullón (médico y sociólogo dominicano residente por un breve tiempo en P.R.) llega, por segunda vez, a Nueva York procedente de Cuba y comienza ese proceso de decadencia hacia "las tinieblas". Para esos años -explica- su personalidad poética ya había alcanzado su culminación y es tabla salvadora a la que se aferra continuamente. Produce poco (catorce poemas conocidos), pero "en esa luz de poesía salva su esencia vital, y queda finalmente "redimida en sus versos".



Dentro de un marco de desgracias sucesivas que se describen de esta etapa signada por desórdenes emocionales, alcoholismo e inestabilidad laboral, entre otras, solo un par de oraciones dentro de este estudio de Martínez Masdeu aluden a lo que en este momento pretendemos ampliar: que en esta etapa Julia deseaba reorganizar y estabilizar su vida íntima y que hace unos fuertes intentos de superación hacia la búsqueda de nuevos horizontes. Las cartas que hoy mostramos son una prueba de que no fue una aseveración vacía y sin fundamento. En ellas no encontramos a la Julia en penosa observación de sí misma, ni reflexionando obsesivamente sobre problemas existenciales. Todo lo contrario, sin caer en la trivialidad, son noticias de su cotidianidad que nacen, tal vez, de la necesidad de compartir la alegría de un nuevo intento de felicidad y la esperanza de que perdurara. Sobresale el afán de unirse con su destinataria, Doña Celestina Nieves de Marín, madre de Armando Marín, con quien se casara en 1943 en segundas nupcias. Decidida a iniciar la correspondencia en la carta primera le dice: "hoy, ya se impone la palabra escrita". Aquí estamos en presencia de una Julia con la ilusión de un rehacer su vida, proyectada en la armonía que le brinda este nuevo matrimonio: "porque llegué a su Armando con el alma un poco lascerada por la vida, igual que él me llegó a mí y a fuerza, más de lágrimas que de sonrisas, hemos construido una emoción sin adjetivos, capaz de la más grande puerilidad de un niño y de la más potente resolución de hombre."(Carta I). Son cartas sencillas con un fuerte tono amoroso que, incluso, describen un paisaje físico neuyorquino a lo largo del río que les provee una gran dosis de belleza, una "sensación de eternidad". Informa que ha encontrado empleo; resurgen los planes, entre ellos uno que se menciona varias veces: "nuestro primer plan será volar a Puerto Rico a abrazarlos" . Se da, en fin, una especie de tregua y de saldo a su favor que le permite comunicar con optimismo: "entre nosotros la vida es más dicha que nubes". (Carta III)


En esta nueva relación la poeta encuentra, no sólo la posibilidad de reivindicarse como mujer, compañera y amante sino que la comunicación que comienza a establecerse con su suegra -Doña "Celes"- viene a llenar necesidades afectivas mayores. Tal vez porque ella misma ha necesitado y amado mucho, vemos lo importante que es sentirse necesitada y amada como lo demuestran sus palabras: "Es lo único que he sido para su hijo: el alma que ha descubierto su verdadero ser, a quien él se da todo, tal cual es, sin temor a incomprensiones o pequeñeces que sólo surgen de almas disímiles por eternidades"(Carta III). Es una relación cíclica: mediante el hijo quiere llegar a la madre y a través de ella conocer nuevamente al hijo. Es el deseo que expresa tanto en las cartas como en el poema Ofrenda, donde se reitera su intento por obtener las más tiernas imágenes elaboradas al hilar las anécdotas de la niñez de Armando y de sus hermanos: "...conozco ya en mucho la niñez de mi Armandito. He podido dibujarla en mi emoción de entre todas las hazañas que me han contado de él. Lo veo con una aureola de trenzas rubias, voluntarioso, anarquista, viviendo su propia vida desde que tuvo movimiento, loco por la belleza desde que tuvo ojos, y hambriento de justicia desde que tuvo espíritu." (Carta III) Podría afirmarse también que en la figura de la madre de su esposo desea reencontrar a su propia madre muerta años atrás, sin que Julia la hubiese acompañado en su agonía, según revelan las cartas escritas a su hermana Consuelo. Quizá por ello en todas las líneas que corresponden al destinatorio le llama madre, madrecita y llega a confesarle: "..hay en Ud conjunción de la madre ausente y de la madre presente; una en bendito recuerdo y otra en sediente esperanza". (Carta I).


Esa inquietud por darse, esa necesidad por aportar, trasciende a nivel social y político. En 1943-44 entra a formar parte del equipo de redacción de Pueblos Hispanos, periódico fundado y dirigido por Juan Antonio Corretjer en Nueva York. En un artículo que escribiese el poeta, el 26 de marzo de 1944, presenta a Julia como nacionalista por razones de historia y de vergüenza; una joven que ha vivido mucho, sufrido mucho, aprendido mucho y visto más. Auguraba para ella una aurora poética: "el fenómeno risueño de un amanecer rojo sobreponiéndose al alba de oro". Así estaban, entonces, las cosas para nuestra Julia, esta "hija de los años de entreguerras", como la llamó alguna vez Lydia Vélez. Precisamente sobre las guerras Julia hace varias menciones en sus cartas y también sobre las injusticias y dificultades sociales. A la manera nerudiana hay una simbiosis de amor-pareja/amor-humanidad. Por eso, refiriéndose a Armando, no sólo dice que está "hambriento de justicia" sino de su unión afirma: "Nos amamos sencilla y bellamente, más para la humanidad que para nosotros..." (Carta I)



No tenemos cartas de 1944, en apariencia el intercambio epistolar con su suegra se ha reducido, posiblemente porque para ese año se muda con su marido para Washington en busca de mejorías económicas, no tiene éxito y regresan en 1945 y la readaptación no les "ha dejado momentos libres para escribirles con sosiego a nadie", como dirá en la misiva escrita en papel timbrado desde la factoría donde trabaja Frank, un hermano de Armando. En ésta vemos cómo se acentúan sus preocupaciones materiales y económicas. Lo que en otras cartas parecían comentarios a los que restaba importancia, aquí aparecen como primordiales. La situación de desempleo que le afecta tanto a ella como a sus allegados, la distancia insalvable de su patria, el silencio que provoca la separación de los seres queridos por la guerra y la inestabilidad de estos años críticos tiene mucha fuerza en estas misivas.


A través de este material vemos, a una Julia de Burgos aferrada a la vida, al amor pasional que la conduce a "un supremo deseo de comunión espiritual". Desea materializar, mediante la promesa constante de su regreso a la Isla un abrazo fraternal; abrazo que se vuelve más cercano cuando recibe la aceptación del "tú"por parte de Doña Celes: "Ahora, mi más dulce emoción: el tú decirme 'tú'era ya necesidad orgánica mía. Cuando me lo dijiste, la vida me acercó por siglos a tu alma". Justamente, se ha identificado el elemento de intimismo como una de las características esenciales y particulares de la poesía de esta auténtica poeta.


Como se sabe estos impulsos vitales y deseos de reafirmación predominantes en el contenido de estas cartas no tuvieron en la realidad la permanencia que la poeta aspiraba. No continuó una producción poética prolífica que ni pudo regresar a su patria. Su relación con Armando Marín se truncó, sin embargo, aun cuando ya estaban separados en esos últimos años en que la esperanza parecía despedirse definitivamente de las intenciones de superación de la poeta, él permanecerá solidario a su compañera hasta el final de sus días.


En fin, cuando apreciamos sus obras poéticas -Poemas en veinte surcos (1938), Canción de la verdad sencilla (1939) y El Mar y tú (1954)- y revisamos su legado epistolar, queda claro, una vez más, esa eterna relación entre su creación y sus vivencias. A la vez, resulta inevitable conjugar a la poeta con la mujer porque, como dijera Josemilio González, en ella "es solo posible la verdad íntegra, insobornable, que no da tregua, ni la pide: la desnuda espontaneidad de un ser que no transige."



Créditos de las pinturas:
Dennis Mario Rivera. "Julia en tres tiempos" (tríptico)


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