Luis Sepúlveda:
El "viejo" que escribe novelas de amor

Por: Josefina Ribalta y Fernando Cross


N.d.R: La entrevista que presentamos a continuación fue realizada en el mes de febrero de 1995 en ocasión de la visita de Luis Sepúlveda a Puerto Rico. Durante esos días estuvo invitado por la Universidad Metropolitana; realizó, además, una serie de presentaciones de su libro "Nombre de torero" y concedió varias entrevistas a diferentes medios de comunicación social y a nuestra revista.




F.C: ¿Cuándo comienza a escribir?

L.S: La verdad es que comencé a escribir bastante joven. Publiqué mi primer libro de poemas cuando tenía diecisiete años. Luego, entre los dieciocho y veinte años, ya tenía muchos relatos; un buen amigo los ordenó, y se transformó en mi primer libro de cuentos que se llamó Crónicas de Pedro Nadie. En el año 1969 ganó el premio "Casa Las Américas."



F.C: ¿Y no se le hizo difícil cambiar del relato al poema lírico o hacer el otro recorrido, del poema lírico
a la narración?

L.S: No, la verdad es que estaba buscando una forma de expresión más acorde y armónica con las cosas que quería decir y expresar. Realmente la poesía que escribía y que continúo escribiendo, mantiene todavía un tono bastante narrativo; digamos que es una poesía casi con argumento.



F.C: ¿Y entre sus primeros textos narrativos cortos y su primera novela ya conocida a nivel hemisférico
-"Un viejo que leía novelas de amor"- nota usted que hay un hilo conductor, o se han producido cambios
significativos en su manera de sostener el relato?

L.S: Sí, indudablemente. La verdad es que cuando empiezo a escribir los primeros relatos lo hago bajo una influencia muy fuerte de un gran narrador chileno que se llama Francisco Coloani y que es un coloso de la literatura de aventura, prácticamente desconocido en el resto del Continente. Coloani es un hombre que ahora tiene 84 años; es autor de una veintena de formidables novelas y varios volúmenes de relatos. También estuve bajo la influencia de los grandes autores de la novela clásica de aventuras como Jack London, Robert Louis Stevenson y Emilio Salgari. En mi trabajo de esa época, siento que hay una decantación hacia una forma de escritura muy latinoamericana; hay proceso de madurez narrativa que permite mantener esa saludable influencia de la literatura anglosajona, por ejemplo, pero el tratamiento se va tornando netamente latinoamericano. Hay un peso del ser latinoamericano que se va haciendo cada vez más fuerte y se acentúa a medida que más conozco el continente. En 1977 tomé la decisión que, creo, fue voluntaria, pero muy importante: salir al exilio. Deambulé por muchos países y eso realmente me fue dando la identidad que me faltaba.



F.C: ¿Y antes de adquirir esa identidad en el sentido más amplio -es decir, su identidad latinoamericana-
se dio la oportunidad de viajar por Chile extensamente?

L.S: Había viajado extensamente por Chile. También recorrí Argentina, Uruguay, un poco de Brasil, pero no se podía considerar como viajes que me hubiesen permitido embeberme de aquellas sociedades y realidades. Esto se da a partir de 1977 y también influye el proceso de ir juntando años (no creo en la palabra madurez, pero creo en eso de juntar años, juntar experiencias). Esto sí significó una decantación bastante grande. Y, sobre todo, que se da a partir de una determinación: evitar mi participación como autor en las cosas que escribo; me propongo ser simplemente una especie de cronista de lo que hacen los personajes, un cronista de las situaciones y de los entornos en los cuales ellos tienen sus aventuras.



F.C: ¿Cuál fue la idea que generó esta novela que ha sido leída por todos nosotros,"Un viejo que leía novelas
de amor"?

L.S: La verdad es que yo tuve la tremenda suerte de poder convivir, durante siete meses, con los indios shuar en la Amazonia ecuatoriana. Fue una convivencia muy intensa que significó una completa transformación de mi concepción del mundo. Hay un montón de esquemas que se fueron al carajo. Entendí, por ejemplo, que aquella frase que decía “el hombre es el supremo transformador de la naturaleza” allí no tenía validez plena. Entendí, incluso, que ciertos análisis respecto a la forma de vida “primitiva” eran absolutamente desacertados en su apreciación de cómo es la gente y por qué es de esa manera. Bueno, salí de allí con la idea de escribir un gran canto de amor a la Amazonia, pero un canto de amor a esa Amazonia trágica, y devastada, que se desarrollaría a través de las peripecias y vivencias de un personaje. Esa fue la idea central y durante casi diez años esa novela estuvo dando vueltas en mi cabeza, puesto que tenía mucho miedo de escribirla. Miedo no en el sentido de no ser fiel, sino que temía que el producto final resultara una suerte de invitación para que intrusos, que nada tienen que ir a buscar a la Amazonia, se fueran a meter allá. No quería ser una especie de agente de turismo que invitara a futuros depredadores a una zona que es tremendamente frágil. Realmente la fragilidad del entorno amazónico es increíble; basta, a veces, con un mínimo accidente o una intromisión de agentes externos para que todo el equilibrio ecológico se desmorone.



F.C: ¿Qué tipo de relación recuerda haber establecido con los shuar. Por ejemplo, se proveía su comida; era un sujeto
autónomo dentro de la selva, o no?

L.S: Para ellos fuí primero un absoluto estorbo. Llegué como parte de una expedición de la UNESCO que tenía como fin “hipotético” determinar el impacto de los procesos de colonización en la población shuar. Pero en realidad era un miserable eufemismo, porque la expedición, si bien es cierto estaba patrocinada por este organismo, la financiaba TEXACO. Entonces, en el fondo era un miserable censo que había que hacer para determinar cuántos indios quedaban y cuál sería la mejor forma de expulsarles de allí, porque se suponía que en ese territorio había mucho petróleo. Pero la misma selva se encargó de defenderse; todos los miembros de la expedición sufrieron picaduras de insectos y enfermaron. Y no sé por qué, inexplicablemente, yo fuí el único que se quedó allí sin sufrir daños de consideración; no sé por qué no me pasó nada. Pude haber regresado a Iquitos o a Guayaquil, pero pensé que tenía la única oportunidad de mi vida para conocer realmente ese mundo, pensé ¡qué diablos!, ya estaba ahí... Decidí, entonces, quedarme y las primera fases de la relación, te repito, fueron de una absoluta indiferencia respecto de los shuar hacia mí y de una dependencia total.



F.C: ¿Lo ayudaban por algún tipo de conmiseración, de pena... ?

L.S: Exacto, un forma de caridad. "Si a este tipo no lo alimentamos se va a morir, porque no sabe cazar, no sabe pescar, no sabe seleccionar los frutos comestibles de los otros". Me dejaban de comer, me dejaban de beber... Y lentamente se fue dando una forma mínima de comunicación, hasta que finalmente me aceptaron, pero siempre como a un minusválido. Hubo un cambio real cuando ya empecé a aprender los rudimentos del idioma shuar y fuí capaz de comunicarme en su propio idioma. Recuerdo que fue una experiencia inolvidable por su capacidad transformadora. Ellos son grandes contadores de historias. Todos los días, en las tardes, en torno al fogón, hay una rememoración de la historia y de las experiencias que va de generación en generación. Las mismas historias se vuelven a repetir, se van completando y ritualizando.



F.C: Como parte de la memoria del pueblo...

L.S: Como parte de la memoria colectiva. Llegó el momento en que fui capaz de decir en su idioma shuar: "yo también quiero decir algo". De ahí vino una aceptación más plena, me incorporaron al grupo social. Pero siempre dejándome muy claro que yo no era de ahí y que algún un día tenía que irme. Fue una experiencia muy rica y determinante en mi formación personal.



F.C:¿ Su relación con Chico Méndes le ayudó, de alguna forma, a valorar la experiencia con los shuar y, en consecuencia, la posiblidad de escribir una novela como “Un viejo que leía novelas de amor”?

L.S: A Chico Méndes lo conocí circunstancialmente. Yo era el corresponsal de una revista alemana y un día me mandaron a cubrir un gran evento de sindicalistas que se realizaba en Brasil, después de largos años en los que el movimiento sindical estuvo prácticamente paralizado. A dicho encuentro llegó Chico Méndes. Congeniamos desde los primeros días; me interesó el trabajo que realizaba con los seringueiros(1); intercambiamos muchas opiniones, me gustó su punto de vista: defendía la posibilidad de una convivencia entre indios y blancos en la selva, y hablaba de un frente común de los habitantes amazónicos contra las transnacionales. (Y entre los habitantes amazónicos él incluía a los indios y a los blancos que también eran capaces de vivir valiéndose armónicamente de los recursos que la selva podía entregar). Chico empezó también a levantar un proyecto que era muy político; que era incluso atentatorio contra los Estados existentes en América Latina y en la región, amazónica. El sostenía la necesidad de que la humanidad reconociera que los pueblos de esa zona debían ser considerados como preservadores de esa enorme riqueza natural y que como tal merecían un trato especial. Recuerdo acompañarle a Nueva York, sede de la famosa reunión del Banco Mundial, en donde un discurso muy improvisado de Chico logró torcerle la mano a los banqueros, a esa gran mafia y, por primera vez, condicionaron un préstamo al gobierno brasilero a que se detuviera la construcción de la Transamazónica, a que se detuviera, por lo menos parcialmente, el proceso de deforestación de la selva. Con Chico hablé mucho de esta novela; le contaba mis miedos. y del temor que tenía de que el producto final fuera como una postal...



F.C. Que fuera “plástica”, que fuera falsa...

L.S: Exacto. Chico era un tipo muy elemental, pero tenía una enorme sensibilidad. Era el clásico ejemplo del autodidacta que se forma de manera multidisciplinaria. Chico era un gran lector de poesía, aunque era incapaz muchas veces de leer racionalmente un periódico. Era un extraordinario lector de poesía, capaz de comprender la sutileza de un poema. En ocasiones, sin embargo, había que explicarle veinte veces lo que era un documento redactado en jerga técnica, pero era un tremendo lector, por ejemplo, de la obra de Hemingway.



F.C: Tengo entendido que esta novela se publicó primero en una editorial española, en Jucar, antes de publicarse en alemán, como traducción.

L.S: Sí, la novela dió una vuelta muy curiosa. Primero, obtuvo un premio muy importante en España, el “Tigre Juan de Novela”. Es de mucho prestigio y el jurado que lo otorga es muy riguroso (cosa muy rara en los premios literarios). Parte del premio era la publicación en una editora asturiana que es Jucar, pero no pasó absoltutamente nada, porque en España el centralismo es muy fuerte y lo que no ocurre en Madrid o en Barcelona, simplemente no ocurre. Hubo un par de críticas en prensa local (gallega, austuriana, del país Vasco), pero fuera de eso, nada. Luego aparece una edición chilena en el año 1990; es curiosamente es muy mala, son libros que se desarman enteros apenas uno los abre, pero un par de ejemplares fueron a dar a manos de un editor alemán, uno de los grandes -Fischer Verlag- quienes se pusieron en contacto conmigo para ver como era la situación de derechos de publicación. La tradujeron y de ahí empezó todo, porque obtuvo unas extraordinarias críticas en Alemania. Se transformó en un fenómeno de ventas, lo que significó mi incorporación a un mundo que yo desconocía absolutamente.



F.C: ¿A qué cree se deba que,- en diferentes mercados, con diferentes tradiciones literarias, con variadas visiones de lo que es Latinoamérica- la novela tenga ese impacto tan avasallador que arropa y crea contínuamente nuevos lectores?

L.S: Creo que los lectores que no son de habla de hispana encontraron por fin una novela que les estaba hablando de una Latinoamérica que no es solamente papaya y salsa. Que estaba mostrando un entorno, no desde un punto de vista de la referencia histórica, sino que les contaba una historia de hoy y les estaba mostrando un ambiente amenazado, un mundo como es.




F.C: ¿Y no habría también un poco de nostalgia de un mundo mucho más sencillo, mucho más vivo, mucho más real frente a unas culturas que son en muchos sentidos asfixiantes, limitantes...?

L.S: Indudablemente, en algunos lectores hay una búsqueda del “paraíso perdido”. En la novela se le permite acercarse a un paraíso perdido pero en peligro de extinción, le permite reencontrase con una forma muy simple de vivir que es la que tiene el personaje, quien basa su existir simplemente en una cosa que es fundamental: el respeto al otro. Me parece que es un personaje dotado de una gran tolerancia y muchos de los personajes que le rodean retribuyen aquella tolerancia que el viejo entiende que es un leit motiv para poder vivir ahí. No sé.., supongo que los que no son hipanohablantes encontraron todo aquello y comenzó a funcionar un poder de seducción.



F.C: Usted estuvo mucho tiempo en el exilio; cuando regresa a Chile por primera vez, ¿qué cambios encontró, aparte de la situación política inmediata?

L.S: Yo creo que fueron muchos los cambios. Estuve catorce años en el exilio y cuando regresé lo que más me asombraba era ver la existencia de otro Chile. Yo sabía que iba encontrar un país diferente, pero, por lo menos, deseaba encontrar una gran cantidad de detalles que retrataran ese país que se quedó viviendo en mi memoria. No esperaba encontrar a Chile enteramente cambiado; ya no tenía el hermosos tejido social que caracterizó a los chilenos. Se había transformado en un país individualista. Se había perdido la solidaridad. Se transformó en un país de “triunfadores”; en definitiva, en un país de “yuppies”, con un centralismo odioso. En realidad en Chile todo ocurre en Santiago. Las provincias simplemente dejaron de existir. Hay mucha gente con un desconocimiento espantoso respecto de lo que es su propia realidad. El chileno de la clase media para arriba -que hoy día está disfrutando de un situación económica más o menos boyante no se toma la molestia de ir al Norte chileno o al Sur; no, va a Miami. En definitiva, que lo que antes hacía grata las relaciones sociales - era un país de grandes conversadores, de gran tertulia- hoy se ha transformado en un centro de consumo. Hay un consumo exhacerbado. El tema es: "¿cuándo vas a cambiar de marca de automóvil?"; el tema es: "¿cómo te las arreglaste para pasar las cosas que compraron en el último viaje a los Estados Unidos, sin pagar demasiado impuesto?"....



F.C: Una mezcla de consumo y maña. Y, respecto a sus novelas, ¿cómo es el proceso de seleccionar sus títulos? ¿Ud. titula antes, después de haber concluido la historia o tiene problemas para darle título a sus trabajos?

L.S: No, problemas no. La verdad es que tengo la historia primero. Me pongo a trabajar solamente cuando la tengo muy claramente definida. Esto no significa un esquema; tengo, digamos, un diez por ciento, y el noventa por ciento se va dando en el proceso de escritura. Primero hago una sinopsis y el proceso de escritura es el que la completa y la vuelve interesante o atrayente. Bueno, de pronto llega el momento de titular y la verdad es que siempre titulo en función de las características de los personajes. De pronto, es la lectura de revisión final la que pide: “bueno, ¿cómo diablos se va a llamar esta historia?”



F.C: Y en el proceso de hechura, aparte de la idea general, ¿de qué forma se va concretando y se va articulando el desarrollo de la trama?

L.S: La verdad es que escribo de una manera bastante anárquica. Tengo esa idea- una sinopsis argumental- que nunca respeto definitivamente. Y se que la historia está funcionando cuando, durante el proceso de la escritura, los personajes adquieren una autonomía muy fuerte. Lo percibo, lo siento, cuando ya se van al margen de la voluntad del “tipo” que está ahí, escribiendo. Cuando deja de ser la historia que yo estoy inventando para ser la historia que los personajes me están narrando.



F.C: ¿Ese proceso de autonomía y de concresión, se va dando a lo largo de la historia, hay como un relevo?

L.S: Sí; la verdad es que se da durante el proceso de escritura. Entonces llega el momento determinado en que los personajes cobran autonomía y dicen: “Ahora la historia es nuestra y tú no eres más que un cronista de lo que nosotros te vamos a decir”. Esto, sin duda, varía dependiendo del tema. Cada historia requiere una manera muy particular de ser contada, requiere su propio estilo. Es relativo, pero al final se da, y me doy cuenta en el momento que se está dando el proceso de relevo. Ya tengo tres novelas listas que van a ser publicadas cada ocho meses o cada año. Estoy trabajando en otras dos novelas más y me doy cuenta que cada vez se da más rápido, ese proceso de desligamiento de responsabilidad del autor y mi subsecuente transformación en cronista que sólo registra la acción de los personajes. Ha habido alguna ocasión en que no se ha dado ese relevo. He estado trabajando en un par de historias en que no se completó esta transformación y al revisar me daba cuenta de que era una odiosa intromisión desde el punto de vista autoral. Simplemente las dejé.




F.C: Usted me decía que al principio de su trabajo como narrador escribía -y todavía escribe- poemas de una forma privada, poesía lírica. ¿Qué poetas lo formaron o le dieron atisbos de lo que es la experiencia poética?

L.S: La verdad es que siempre tuve y tengo un poeta de cabecera que es Vallejo, también Allen Ginsberg. Luego, con el paso del tiempo, encontré unos fabulosos poetas alemanes que no se conocen porque no están traducidos, Erich Mühsamm, la poesía de Kurt Tucholsky y el encuentro definitivo con la poesía de de Alvaro Mutis. En verdad, Mutis es el poeta más importante de los poetas que yo leía. Fue el empujón para convencerme a mí mismo de que todavía era posible escribir poesía.



F.C. ¿Ha leído las novelas de Mutis? ¿Ve que hay algún tipo de cambio, o está ese Mutis de Macqroll funcionando?

L.S: Indudablemente que hay un cambio; yo le llamo un "glorioso desgaste". Hay un desgaste de ese muchacho que es Alvaro Mutis, que es perceptible en el temblor de sus manos, en una flojera que le va ganando espacio y que él ha transformado en una tremenda vitalidad literaria. Por ejemplo, el último libro que contiene tres maravillosos relatos: "Macqroll como custodio del hijo de Bashur". Esa es la serenidad que ha ido ganando Mutis y que se traslada necesariamente al personaje y hace de ello una historia formidable. O, el Mutis que se aleja un poco de la senda puramente macqroliana y se atreve a abordar la empresa de "El último viaje del Tramp Steamer", es aparentemente una historia paralela al universo que él mismo creo. No sé, no deseo que Macqroll muera. Soy de los que han firmado una carta para denunciar a Mutis, si alguna vez se atreve a matar a Macqroll.



F.C: Yo le he preguntado a Mutis sobre Macqroll, ¿en quién se encarnaba. El decía que era su alter ego, pero hay cosas en las que él no se le parece. Nunca se lo he dicho, pero se me ocurre que la persona que mejor podría homologarse con la figura de Macqroll era el pintor Alejandro Obregón, recientemente fallecido.

L.S: Sí, y gran amigo de Macqroll.



F.C: Sabemos que usted participó por un número de años en las actividades de Greenpeace. ¿Cuáles fueron los momentos más importantes en ese período? ¿Esas actividades abonaron, de alguna manera, al campo literario, específicamente en su producción novelística?

L.S: Primero, yo participé como un militante de la organización. Tenía experiencia marinera. Fui tripulante durante casi cinco años de la mayoría de los barcos de la flota y me tocó participar en acciones en todos los mares. Caramba, creo que lo más significativo fue el hecho de encontrarme con un puñado de personas que estaban decidididas a abordar de una manera muy militante y drástica el asunto de la preservación de ciertas especies y la posibilidad de salvar la vida en el planeta. Yo sí separo muy bien mi actividad como escritor, de lo que es mi actividad social. No intento moralizar a través de la literatura, pero esto me dió un tema. Llegó un momento que me dije: voy a contar una historia de nuestro tiempo y qué héroes más formidable que son los propios compañeros de una organización en la que yo he participado durante casi cinco años. Surgió entonces la idea de escribir Un hombre del fin del mundo. Fue una novela que requería una técnica especial, casi de reportaje.



F.C: Y ese respeto por la naturaleza, por el equilibrio del medio ambiente, ¿lo tuvo siempre o surgió a medida que fue creciendo, "juntando experiencias", haciéndose "viejo"?

L.S: No, la verdad es que existió desde siempre. Tuve la fortuna de tener un abuelo maravilloso. El era un anarquista andaluz; fue en Chile uno de los precursores ambientalistas que se metió en un montón de causas perdidas para la preservación de ciertos espacios. El “viejo” hablaba de ese derecho que llamaba “la recurperación de la dignidad ecológica”, el derecho que los seres humanos tenemos para decidir sobre la posibilidad de una convivencia armónica con el medio que nos rodea que, trasladado a términos políticos, significaba: ¿qué hacemos con nuestras materias primas, sin tener que hipotecar el futuro? Y, luego el tiempo me fue dando una racionalización mas científica de los problemas del medioambiente y de las terribles consecuencias que tiene para toda la especie humana, la profunda crisis ecológica de nuestro tiempo.



F. C: Muchas gracias

1) campesino dedicado a la extracción de látex del árbol de goma.

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