Una noche con Carlitos Colón
Por: Max Resto




Mi amigo Gracián, filósofo silvestre venido a menos en nuestra Isla del Encanto, es un ávido incondicional de la colorida lidia televisada. Confiesa mi amigo que él, al igual que yo, es producto del desaparecido evento dominical de “Los Titanes del Ring” y, al igual que yo, un fanático furibundo de Martín Caradagián “El Armenio”. Poca gente se puede explicar cómo dos individuos como Gracián y yo, viciosos de pasatiempos tan sublimes como son la literatura postrenacentista, la poesía bisantina, los cantos gregorianos, la horticultura oriental, la levitación recreacional y la fabricación de vinos caseros; cómo dos seres como nosotros, producto de las turbulentas décadas de los sesenta y setenta, que vivieron los opulentos años de los ochenta y que envejecen con gracia en los apocalípticos noventa, podemos ser gente que se enfrasque en dar un juicio tan solemne sobre un deporte que ningún cronista deportivo de respeto se atreve reseñar en la revista central de los lunes en el periódico.


Gracián posee la mejor respuesta para uno de esos indiviudos que dudan de nuestro sentido empírico al tratar un evento de esta índole. La lucha libre, al igual que el antiguo paseo de La Marginal, es un fenómeno social que él, como investigador antropológico “amateur”, debe revisar en su esencia.


La lucha libre puede prescindir de justificaciones porque es un evento de tales proporciones de violencia sin sentido y dramas humanos tan profundos, que el sentarse a explicar su trascendencia a una persona que no esté relacionada estrechamente con él carece de fundamento. Esos sangrientos encuentros de “riña”; los “técnicos” que, en un momento de debilidad terrenal perniciosa, deciden traicionar a su compañero a cambio de glorias pasajeras (debe haber aquí, y no duden de mi pericia en el caso, algo tramado por el manejador de los “rudos”); El Invader, dueño, y especialista en su aplicación del mortal “puño al corazón”; luchas de revancha, sin descalificación, sin límite de tiempo, rodeados de alambre de púas, a una altura de quince metros, encadenados y con el manejador de los “rudos” enjaulado en el estacionamiento; Chiquie Star, hombre que con su nombre ha acuñado la expresión boricua para designar al que no se comporta como se debe (porque, es de hacerse notar la importancia de faena tan honrosa, cuando en sus largas décadas de vida y, tras ilustres generaciones de astros de la lucha, ya es de uso y costumbre añadir jerga propia al sacro recinto del marcial arte para designar lingüísticamente nuestra realidad cultural); los encuentros memorables que se habrán de repetir en la televisión por los siglos de los siglos; la culminación de feudos del ring que se ha gestado tras años de sangrientas luchas, inverosímiles y colosales duelos, encuentros tortuosos y de violencia extrema; Carlitos Colón “El Acróbata de Puerto Rico”, hombre que simboliza el orgullo patrio hecho maroma, hombre de frente estriada inmisericordemente por el heroismo boricua que no le permite abandonar un encuentro a pesar de cualquier desventaja que se le presente, hombre que ostenta con donaire el título de campeón universal (eso hasta el momento que le toque enfrentarse al monumental alienigena de los 20 tentáculos venido de Nebulón 7, aunque, quién sabe, nuestro Carlitos tiene cría); Abdula, “The Butcher”, grotesco ser del Medio Oriente, hombre de raras costumbres y hábitos alimentarios poco cristianos (para él comerse las moscas es cosa de chiste y su carne se le sirve tan tierna que cuando la muerde todavía hace ¡muuu!). No quepa duda de que, a pesar de que Gracián y yo estamos como rodilla de cabro y que viajamos con Fernando, estas carteleras de lucha son de las que Gracián (artífice de la lengua que no deja de deslumbrarme) se refiere como un “moust”, merecedoras de cualquier sacrificio para contarnos entre el público presente.


No puedo dejar de preguntarme, ¿por qué los encuentros que valen la pena son siempre en un lugar más allá de nuestro código de área? Atravesar más de cuatro municipios para poder presenciar este magno evento es cosa de común usanza. ¡Ah!, pero en el camino salen a relucir detalles que son siempre tema de los acólitos de este deporte incomprendido. Los “técnicos” son buenos; los “rudos” son malos, pero muy buenos luchadores. Se ha visto el increíble caso de un luchador “rudo” que se convierte en “técnico” (lo que significa que ahora esté con los buenos y se deja coger de pendejo por los “rudos” con trucos que se supone que él sepa). Otro detalle importante es que el “refe-ree” nunca está mirando para donde debe cuando al “técnico” lo están estropeando y que el Comisionado de La Lucha Libre es el único oficial de gobierno no designado por el Señor Gobernador.


Este deporte es uno que sólo pueden disfrutar un grupo selecto de individuos dentro de una sociedad dada. Pendencieros de barra, asesinos a sueldo, promotores de bailes de graduación, borrachines, sicóticos, oficiales bancarios, mariachis mejicanos, vendedores de seguros y gente de la industria publicitaria serían los sórdidos tipos que uno relacionaría con este sencillo, pero cautivador deporte. ¡Incorrecto! Los ávidos de esta sacrificada práctica atlética son seres más comprensibles y de cándida naturaleza. Vendedores de pinchos, tímidos, fanáticos de los gimnasios, las pesas y los esteroides, ancianos descontentos con su forzada desocupación, ancianas belicosas y malhabladas, adolescentes impetuosos que practican el deporte sacro sobre el césped de los centros de enseñanza, damitas taciturnas que asisten para ser testigos de la belleza física de estos modernos guerreros que son capaces de proezas increíbles a tres cuerdas de altura y con el torso desnudo. Esos son los verdaderos fanáticos. Todos ven novelas televisadas; todos leen la prensa amarilla para sorprenderse con la capacidad morbosa de los periodistas de este tipo; todos desconocen quién es el vice-presidente de la nación norteamericana, quién es su representante en el senado, cómo se deletrea habichuela (¿con ache o sin ache? Qué bruto, diría uno de ellos, si la escriben sin ache dice “abicuela”). Gente soberbia; gente que entiende el sentido de lo que es la dignidad, la lealtad y el valor.


La Lucha Libre no es, en su caso, un tipo de religión. Es una forma sencilla para que la sicosis colectiva de nuestro pueblo se mantenga en perfecto balance. Es un tipo de anarquía contenida. Hercúleos guerreros, parecidos a las mutaciones que uno espera encontrar en un planeta devastado por un holocausto nuclear, se enfrascan en desigual contienda donde el bien y el mal se juegan la última ficha. Fieros contendientes que lavan el honor con sangre, rodeados de tres cuerdas y que no tienen inconveniente de que todo un pueblo sea testigo de su enfrentamiento. De encuentros como los que se dan en una buena cartelera sólo pueden salir dos tipos de espectadores: los atribulados, aquellos que no se explican cómo, después de diez minutos de continuo castigo con un objeto contundente, uno de los luchadores, inspirado por la emoción del público desconcertado, se puso en pie y ganó la corona del Caribe o el codiciado título de campeón de la televisión o, los complacidos, aquellos que ven la lucha como un medio para ventilar sus frustraciones y ven en aquellos trofeos de sudor y sangre esa gloriosa fantasía de violencia y protagonismo que tanto ansían impersonar, pero temen ver realizada.


A nuestra mente vienen con placer nombres que antaño tuvieron encuentros monumentales, magníficos momentos, sólo posibles gracias a estos famosos monarcas del cuadrilátero: José Miguel Pérez, antiguo contendiente que nos legó su prole para el deporte; Huracán Castillo, que también hizo lo propio; Antonino Roca; Martín Caradagián, “El Armenio”, adorado por grandes y chicos y la enigmática Momia. Los ilustres de la época de oro de la cinematografía mexicana de post-Cantinflas: el Santo, Blue Demon, Mil Máscaras. ¿Quién puede ser capaz de olvidar al Tigre Pérez, a Víctor Jovica, a Hugo Sabinovich “El hijo de Doña Nélida”, a Isaac Rosario, a los demoníacos Hermanos Martel, a los Invaders, a los Super Médicos, a los samoanos que se comían sus propios piojos, a Rick Flair, etc., etc., etc....




Gracián dice que la lucha cumple en el día de hoy la función que cumplían en su tiempo el Coliseo Romano, la cacería del búfalo, la conquista del mundo y las loterías municipales. La sociedad nos destruye, se nos quita la esperanza, nos roban el dinero y nos echan a los leones con la sutileza que sólo la edad moderna permite, pero al final de una semana de arduas labores nos podemos dar a la sosegada práctica de observar a un par de bárbaros haciéndose pedazos por “dame acá estas pajas” y nos tranquilizamos con esa fácil tendencia a lo violento y lo extremadamente desordenado de una picada de ojos, una llave cuatro, una vuelta de carnero con la doble invertida, un ala de pollo, una tijerilla al cuello o una patada de canguro. Nos olvidamos de los guantes protectores, las copas para salvaguardar las valiosas joyas familiares y la descalificación por razones humanitarias. Nos reímos con ganas de la femenidad de un gancho cruzado al hígado, un “jab” a la quijada, un “upper cut” y demás paterías que se le ocurre a la gente cuando suben a un “ring” con miedo. La Lucha Libre es un evento prístino, tan diáfano como la piedra preciosa mejor cortada y pulida.


La Lucha Libre en Puerto Rico adquiere un matiz diferente a encuentros similares en otras partes del mundo, lo que nos da un espejo en el cual reflejar nuestra realidad como pueblo y nuestra propia idiosincracia. En ningún lugar del mundo se ha visto encuentros de Lucha Libre donde se derramen cantidades tan blasfemas de sangre como lo hacen nuestras super estrellas en la fiesta luchística semanal. En nuestra Lucha Libre abundan los objetos contundentes, las manoplas de plomo; los golpes al cráneo con sillas, mesas, campanas, espectadores de mediana estatura, barras de acero y cocos de agua; la utilización impune de polvos cegadores, alambres estranguladores, bates cargados, escupitajos pegajosos en zapatillas recién ilustradas, antorchas quemadoras y demás parafernalia dañina al saludable desempeño de los miembros del clan “técnico”.


La belleza de un encuentro de Lucha Libre está en la actitud del espectador mismo. Un espectador no diestro podría decir que la lidia es una sólo sugerida por sus protagonistas, una ilusión más que nos obsequia el sistema para mitigar un poco una realidad que es violenta de por sí. Esta consideración podría recibirse con seriedad si fuese hecha en otro contexto, el contexto de un individuo no creyente presenciando la contienda misma; en el momento mismo cuando la contienda es más feroz y su culminación se presenta como lo más ominoso para el desdichado que resulte derrotado. Entonces, y sólo entonces, podremos creer en tales aseveraciones, si el que las hace no se deja arrastrar antes por el rugir de un público enardecido por lo cruento de lo que se desdobla ante sus ojos. Mucho no creyente he visto visitar una cartelera por vez primera y terminar la noche corriendo como un bendito detrás de dos luchadores que obviaron el ring para escenificar su encuentro, buscando ser testigo cercano de la masacre o trepando sobre su asiento, lanzando blasfemias y urgiendo a Carlitos Colón a matar a su contrincante.


Lo importante de la Lucha Libre es que está ahí hoy, estuvo siempre ahí y, sin importar los embates del tiempo, seguirá ahí por “secula seculorum”. Cuán inmortales resultarán ser nuestros ídolos de hoy, es algo que está por verse. Gracián y yo sólo tenemos la esperanza de entregar las armas sabiendo que Carlitos Colón sigue incólume como campeón de todo el universo; que sigue en el cuadrilátero tocándose las puntas de los pies de un salto, haciendo las acrobacias de siempre, comandando al clan “técnico” con orgullo y dignidad, gastando su bien ganado dinero en trajes elegantes para que venga un bandolero a rompérselos encima, y pateándole los fondillos a cuanto gamberro venga de infiernos viejos a difamar nuestra tierra y nuestra gente.


Hay que recordar que la Lucha Libre no es algo en lo que necesariamente se tiene que creer. Que es algo que se disfruta sin importar el qué, el cómo o el por qué. Solamente se requiere entregarse con la multitud en la sonora manifestación de una euforia incontenible y gritar a todo pulmón: ¡“Mátalo, Carlitos”!



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